12 de diciembre 2002 - 00:00

Una tentación para la tarde

Los pastores de la península ibérica descubrieron los churros por casualidad. En su vida nómade, llevaban consigo lo indispensable y, para hacer pan, carecían de algún horno portátil. Por eso, freían la masa. Hasta que un día a alguien se le ocurrió agregar azúcar a la mezcla.Tanto tiempo corrió debajo del puente que hoy en día tanto los argentinos como los mexicanos reclaman al producto como una de sus comidas típicas.

La maniobra no es muy difícil. Se hierve en una cacerola media taza de agua y media taza de leche a las que se agrega sal. Al romper el hervor debe sumarse a la mezcla una taza de harina, la que deberá ser revuelta enérgicamente hasta que se forme una masa.
A esa masa debe sumársele luego una clara de huevo, la que dará al producto una apariencia lisa. En ese estado se seca sobre el fuego, se retira y se vuelca en un bol.

La masa debe colocarse, según los entendidos, dentro de una churrera, con la cual los churros tendrán la apariencia de bastones o de roscas, según la voluntad del cocinero.

El secreto para que los churros queden crocantes es freírlos en abundante aceite caliente hasta dorar muy bien de ambos lados. A medida que se escurren los bastones, deben hacerse rodar sobre azúcar molido.

La idea de usar una churrera es preferible a la de bastarse con una manga común y corriente, ya que utilizando churrera se evitan las burbujas de aire en la masa. De lo contrario, al freír, los churros reventarían.

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