Desde Ámbito, el objetivo será no sólo reflejar las distintas formas de abordar la lectura y el análisis de la realidad, sino brindar un espacio para que se den los debates necesarios para la recuperación.
Pensar una Argentina para todos: el gran desafío que existe por delante
Si se lo piensa, los desafíos que estaban claros a comienzos de 2020 se han transformado ahora en materias pendientes de una urgencia contundente.
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Dicen que los comienzos importan. Lo que no dicen, es que tan importante como los comienzos son, siempre, los finales. Vale para la enorme responsabilidad que nos cabe a aquellos que protagonizamos, desde el periodismo y, en este caso, desde uno de los medios más gravitantes de la vida económica nacional como es Ámbito, este momento histórico. Vale, también, para el gobierno del presidente Alberto Fernández, que heredó una realidad económica y social compleja que imponía la toma de decisiones fundamentales, desafíos que si estaban vigentes al comienzo de 2020, probablemente es en el arranque de 2021 cuando han ganado mayor relevancia.
Por un lado, había que poner en marcha la economía, pero no de cualquier manera. Se requería un nuevo contrato social, y para ello la búsqueda de consensos. Era necesario ponerle freno al crecimiento de la pobreza, la emergencia alimentaria. Ese pacto debía tener implícitos el cuidado del trabajo y, sobre todo, el acompañamiento de las políticas de empleo que surge del sector productivo e industrial.
Es vox populi que la Argentina de las últimas décadas es producto de ciclos de auge y recesión y que a priori, lo que requiere para salir de esa condena es hacerse de una trayectoria sostenible de crecimiento, pero ese crecimiento es con desarrollo social. Por supuesto existen sectores que desde finales de 2019 venían reclamando “dureza monetaria y fiscal”, además de otras cuestiones que remiten a cierta impronta ortodoxa como avanzar la independencia del BCRA y llevar a cabo las famosas “reformas estructurales”.
Estaba claro que la gravedad de la situación social, y la remanida voluntad de aplicar políticas que ya habían fracasado en nuestro país hacían inadmisible llevar adelante cualquier “ajuste” y que en todo caso la fórmula a aplicar era otra: primero había que crecer. El resto ya se sabe. El 2020 comenzaba con algunos dilemas como, por ejemplo, tratar de establecer alguna estrategia sólida sobre una tasa de crecimiento del comercio mundial que auguraba apenas un incremento del 1,5% o que eso sirviera para poner en marcha el mercado doméstico. Los recursos estaban. Y están. Había sectores que aparecían dañados en el radar de los últimos años, pero también otros que lo habían hecho bien y se habían adaptado de forma contundente y beneficiosa a las políticas implementadas. Ganadores y perdedores.
La pandemia llegó y se posó sobre lo bueno y lo malo. Problemas como la fuga de capitales se hicieron más urgentes y la pobreza se transformó en un problema mayúsculo. En el medio, la cuarentena implementada puso exigencias para las que la economía no estaba preparada. La estimación es de un retroceso de 12% para el PBI en 2020. Y de un rebote de 5,5% según FIDE para 2021. La inflación, que en 2020 se ubicará en torno a 36%, podría tener un impulso alcista hasta el 50% en 2021.
Mirando en los primeros meses del año, se arrastraba un proceso de endeudamiento importante, que lógicamente impuso una fortísima limitación y que con una mirada a 2021, podría restringir aún más la soberanía para la toma de decisiones. El desafío será no convalidar las recetas tradicionales que ven al ajuste como única alternativa. A favor, el ministro Guzmán encaró una muy buena reestructuración de la deuda con los fondos de inversión e inversores particulares. Por supuesto, quedará la negociación con el FMI que el Gobierno aspira a cerrar en las próximas semanas y que debería cumplir con la condición natural de ser sostenible en el tiempo y no obturar las vías para el crecimiento. Casi nada.
Desde nuestro diario, junto a Ignacio Vivas, CEO del Grupo Indalo y Jorge García, director de Ámbito, nos tocó conducir el comienzo de un proceso que hoy ya evidencia grandes primeros resultados, gracias a la excelencia periodística de destacadísimas plumas que trabajan en el medio con dedicación, entrega, conocimiento y responsabilidad. La idea de un diario que no sólo sea el reflejo de la compleja realidad nacional, sino también un ágora de pensamiento y debate de naturaleza plural, jerarquizando las miradas y análisis en sus páginas, en el sitio web Ámbito.com, las redes sociales y hasta en el exitoso ciclo Ámbito Debate, protagonizado por empresarios, funcionarios, dirigentes, analistas, economistas, políticos, muchos de ellos con posiciones antagónicas a lo que se hizo en el gobierno de Cambiemos, pero también muchos otros, ahora mismo, con miradas divergentes de las grandes líneas de acción que propone el Frente de Todos.
Volviendo al plano económico, la Argentina de fines de 2020 sufre de una gran limitación para acceder a recursos financieros, que en el esquema que prevé el Gobierno resultarían imprescindibles para incentivar la demanda. En la misma línea, esos recursos también son los dólares necesarios (que aún faltan de las reservas del BCRA) para alimentar el salto de las importaciones de bienes industriales e insumos que tendrá lugar en 2021 en caso de operar una reactivación.
Con relación a lo fiscal, está claro que la cuarentena restó cualquier posibilidad de conseguir mayores ingresos públicos. Por el contrario, el déficit se alza como un tema a discutir con el FMI. La reforma tributaria, que deberá ser abordada en 2021, deberá retomar un derrotero progresivo, imponiendo y gravando en mayor medida las rentas extraordinarias y también los grandes patrimonios, algo que sí se ha puesto en marcha este año que concluye. Seguramente será esperable que el impuesto a los bienes personales sea parte de la reforma, lo que se constituye seguramente como algo polémico, pero habrá que entender que para salir de la crisis todos los sectores tienen que hacer su aporte.
Algo de esto ha pasado en estos meses. Los recursos llegaron y tuvieron como prioridad la cobertura de los sectores más afectados por la actual situación de emergencia, en particular la alimentaria. Fue un proceso largo, porque no sólo se necesitó un impulso inicial, sino también continuidad que se vio trascendida en distintos programas como el IFE y el ATP. Por ende, se trasladó para este 2021 el relanzamiento de un eje de la economía vinculado con el consumo interno.
Pero si algo quedó claro con la pandemia (además de la extrema profundización de la desigualdad imperante), es la necesidad de llevar a cabo un Acuerdo Económico y Social. Si se lo piensa, los desafíos que estaban claros a comienzos de 2020 se han transformado ahora en materias pendientes de una urgencia contundente. Reactivar la economía y atender la emergencia deben seguir ocupando un lugar central en las decisiones del Gobierno. Más allá de las renegociaciones de la deuda, habrá que discutir qué tan necesarias son las reformas previsionales, tributarias y laborales y en qué medida muchas de esas iniciativas no adoptan la forma de compromisos con sectores concentrados, mientras que otras se hacen sumamente indispensables para mejorar el acceso a una Argentina más igualitaria, productiva, eficiente que pueda garantizarle al acceso al mercado de trabajo a buena parte de los argentinos, ya que el trabajo es el ordenador social elemental.
Las herencias recibidas pero, sobre todo, la profundización de esas carencias en un año durísimo nos enfrenta a desafíos importantes. La historia argentina es rica en este tipo de cruzadas. Es necesaria la reconstrucción del tejido social, pero también es hora de relanzar las políticas tendientes a generar las condiciones para que el país pueda alcanzar bienestar.
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