Por Gabriel Balbo *
La inflación, el invierno europeo y Taiwán
El mundo sufrió en 2022 el Covid, la guerra en Ucrania y el conflicto económico entre EE.UU. y China. Argentina, si bien arrastra su propio micromundo, se verá afectado por el contexto internacional en 2023.
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El mundo recibió al 2022 con los últimos grandes coletazos del Covid 19 y con el regreso después de mucho tiempo del efecto generalizado de la inflación. Mientras que en varias latitudes estaba madurando la variante Omicron del virus, se iba instalando globalmente un fenómeno inflacionario que hizo recordar a la Crisis del Petróleo de 1973 por su impacto extendido, aunque de inicio las causas fuesen diferentes.
Ya para fines de febrero estaba instalada la Guerra de Ucrania y junto con ella tomó protagonismo el gas ruso, como driver motorizador del impacto inflacionario. Lo que en principio se podía atribuir a una crisis de demanda generalizada de bienes -demanda atrasada que se disparó con el fin de las restricciones del Covid- ahora se transformaba en una cuestión de oferta, de granos y energética.
La acción en espejo de las restricciones que surgieron de Moscú al despacho de gas -que se le pagase en rublos y no en dólares- y las sanciones del universo OTAN hacia Rusia, hicieron volar su precio. Y ahora llega el invierno a Europa y… el final de la guerra en Ucrania?
Localmente, Argentina arrastra su propio micromundo inflacionario, nada envidiable: lo que para muchos puede ser una alta inflación anual, en estas tierras es mensual. Y a los (muchos) problemas vernáculos, la economía argentina en 2022 sumó al menos la mitad de la mochila global: como importador neto de gas debió afrontar precios significativamente mayores que en años anteriores. Como aliciente está finalmente en marcha el gasoducto Néstor Kirchner, que promete el autoabastecimiento energético en un futuro cercano.
Volviendo al resto del mundo, 2023 va a arrancar con altas probabilidades de foco en Europa, donde debería cerrarse el capítulo de la Guerra de Ucrania -con un final muy incierto en términos geopolíticos– y transcurrir el invierno con menos gas ruso (con fuertes restricciones al consumo y una ardua búsqueda de fuentes alternativas).
No obstante, a medida que las temperaturas suban en el hemisferio norte y el conflicto ruso-ucraniano se estabilice, las miradas deberán apuntar a Asia del Pacífico, esencialmente a Taiwán, que promete ser el tablado principal del año del Buey en China: cada vez son mayores los deseos de unificación por parte de Xi Jinping, quien no descarta ningún método para alcanzar el objetivo: sumar nuevamente a la Isla de Formosa dentro de una sola China. Y ahí anda Estados Unidos con su VII flota, dispuesta a que esto no ocurra.
Desde el punto de vista económico, la tensión entre Washington y Beijing puede llevar a profundizar los desacoples de las cadenas de valor globales: como ejemplo está Apple, que paulatinamente abandona sus factorías en el mainland para instalarse en la India, manteniendo su “design in” en California, mudando su “made in” hacia una potencia que contribuya a la contención del Reino del Medio. Sea con guerra de por medio o no, este proceso tampoco será de un día para el otro: la interdependencia entre China y Estados Unidos es actualmente –y a pesar de todo- muy profunda.
De regreso a Argentina, la sequía puede condicionar fuertemente el 2023 económico, que ya trae la carga inflacionaria creciente de estos últimos años y promete mucha turbulencia desde la política en vistas a las elecciones de octubre. Más allá de las pulsiones que polarizan este tipo de escenario, se dejan entrever algunos indicios de una posible concertación que, por menor que fuera, puede significar una bisagra hacia el futuro. El desafío de revertir el rumbo posiblemente resida en esta llave.
(*) Analista de relaciones económicas internacionales, tecnología y geopolítica. Autor del libro “5G, La Guerra Tecnológica del Siglo”, en twitter @G_Balbo. Director de ESPADE.




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