17 de mayo 2023 - 00:00

Lo esencial de Ferrari, del Pompidou a Bellas Artes

“Recurrencias” es una muestra antológica del talentoso artista, que con curaduría de Cecilia Rabossi y Andrés Duprat presenta casi 250 obras.

El Museo Nacional de Bellas Artes presentó ayer la muestra antológica “León Ferrari. Recurrencias” que acaba de llegar del Centro Pompidou de París. Curada por Cecilia Rabossi y Andrés Duprat, la exhibición, organizada con el aporte de la Fundación Augusto y León Ferrari Arte y Acervo logró reunir alrededor de 250 obras representativas de las distintas series que elaboró el artista entre 1960 y 2011. Y allí está, para comenzar, “La Civilización Occidental y Cristiana”, el más famoso ícono de la vanguardia argentina, ostentando un Cristo de santería clavado sobre un avión bombardero estadounidense.

A pesar del poderoso carácter político del avión, en la muestra del Museo de Bellas Artes se destaca la sensibilidad extrema de León Ferrari (1920-2013). Y surge de inmediato la comparación con la célebre y extensa exposición que inauguró el artista en el Centro Cultural Recoleta. Allí el acento estaba puesto en la provocación y la crítica a la religión católica. Si bien en el MNBA también están presentes los santos friéndose en una sartén o a punto pasar por un aparato para convertirse en puré, no son las obras más relevantes de la muestra. Además, basta conocer el contexto en el cual realizó sus obras, para comprender los motivos de sus denuncias y agradecer el humor.

Ferrari, hijo rebelde de un artista talentoso que pintaba motivos religiosos en las iglesias, padre de un hijo desaparecido durante la dictadura militar, vivió exiliado en Brasil desde 1976 hasta 1991. Hay obras feroces que condenan a la iglesia y la represión. En una pared se lee un mensaje del artista: “Nos pasamos la vida condenando los excesos humanos, pero al mismo tiempo no abrimos juicio sobre el campo de concentración más terrible que es el infierno”. No obstante, lejos estaba el artista de ser un torturado, amaba la provocación y consideraba la Biblia como “una antología de crueldades”.

Hay un espacio dedicado a la serie “Nunca más”, a los años de la dictadura y los posteriores. Los collages y recortes de diarios del artista ponen ante la vista lo aberrante, una crueldad y un cinismo desconocidos hasta entonces en la Argentina. Después están las imágenes del “Juicio final” de Miguel Ángel intervenidas con excrementos de aves.

En 2007, invitado por el curador Robert Storr a la 52 Bienal de Venecia, ganó el León de Oro. Allí presentó su célebre avión y la serie de collages e intervenciones con imágenes sobre las páginas de “L’Osservatore Romano”, donde utiliza con ingenio los titulares. Los dibujos como escrituras, casi o plenamente abstractas, exhiben sus rasgos redondeados de puño y letra; mientras en otros, los diseños enmarañados transmiten una obsesión rayana en la desesperación. En el “Cuadro escrito”, la imagen visual del abigarrado manuscrito atrapa al espectador que, intenta descifrar un significado que puede estar ausente o se le escapa, oculto en la maraña de trazos. Hay una extensa serie abstracta dedicada al Kamasutra, como acordes sinfónicos de la forma; hay, además, garabatos y arabescos enrulados o líneas crispadas donde se descubre alguna palabra. Ferrari juega con la seducción óptica que ejerce la oscilación entre lo visible y lo invisible. Resulta fácil deducir que en el despliegue que parodia la escritura subyace la intención subversiva de transmitir un mensaje. Pero, de ser así, las cualidades artísticas sobrepasan el objetivo. ¿Son reflexiones sobre el contenido de un texto? ¿o sobre su ausencia? Ferrari apela a la dificultad interpretativa y acentúa los enigmas. Sus experimentos fueron numerosos. En la serie “Braille”, perfora las imágenes sensuales de desnudos femeninos con textos de escritores como Borges e incluso de la Biblia. De este modo el artista propone que el espectador toque, acaricie los textos en braille y deslice sus dedos sobre esas figuras eróticas.

La muestra exhibe un capítulo dedicado a las “Ciudades y arquitecturas de la locura”, donde se analizan los planos y urbanizaciones irracionales. A partir de su exilio, Ferrari exploró técnicas y materiales diversos, creó las heliografías y utilizó signos Letraset. Allí experimentó con nuevos medios, sellos, planos, video texto, arte correo. Así pudo multiplicar las obras, abaratar costos y enviarlas simplemente por correo. Desde San Pablo a Buenos Aires viajaron sus muchedumbres, las autopistas sin salida, los planos y cartografías alucinadas.

Ya de vuelta en la Argentina, junto a otros artistas, envió dos cartas al papa Juan Pablo II solicitando la derogación del Infierno y del Juicio Final. Y no obtuvo respuesta. En la carta se alcanza a leer: “24 de diciembre de 1997, Papa Juan Pablo, Ciudad del Vaticano”. Las letras están adornadas y las palabras bailan sobre la página. “Club de Herejes, blasfemos, paganos”, dice casi al final.

Los curadores ponen ante el público las botellas intervenidas con alambre, tela, papel, tinta, y los mismos materiales reaparecen en el cuadro “Manos”. Ambos objetos escasamente conocidos configuran ya en la década del 60 el origen de sus conocidos cuadros. Las esculturas de alambre y las sonoras cierran la muestra y “Berimbau” se encuentra al aire libre, en los nuevos jardines del Museo. Ferrari murió el 25 de julio de 2013 a sus 92 años. Ese mismo día el MoMA que en 2009 exhibió “Alfabeto Enfurecido” junto a la obra de Mira Schendel le dedicó un homenaje, colgó un grupo de obras junto a un mensaje de condolencia.

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