Fray Mamerto Esquiú, uno de los padres silenciosos de la Constitución Nacional

“Los principios sanos resisten todas las enfermedades”.

Hoy me voy a referir a un sacerdote argentino. Se llamó Fray Mamerto Esquiú. Había nacido en el pueblo de Piedra Blanca, en la Provincia de Catamarca, en 1826 y falleció un 10 de enero de 1883 teniendo 56 años.

Fue mencionado con toda justicia, por su talento y patriotismo, como el Orador Sagrado de la Constitución del 53.

Fue hijo de humildes labradores, fervorosos cristianos.

Bastante joven, fue designado Obispo de Córdoba y en ese rol, conservó su humildad, su mansedumbre y por supuesto todas sus virtudes.

Fue elegido, con sólo 48 años, Obispo de Buenos Aires. Pero –hecho inusual- renunció indeclinablemente a tan honrosa dignidad y viajó a Ecuador, para estar al frente de una modesta parroquia de provincia.

Tenía un concepto que reiteraba:

-“Nada de violencias. –decía- Todo está en la Constitución y en la ley”.

Fray Mamerto Esquiú, quedó en las páginas de nuestra historia, por un célebre sermón que pronunció el 9 de julio de 1853. Finalizaba con estas palabras

-“Obedeced, Sres. Sin sumisión, no hay ley. Sin ley, no hay patria, no hay verdadera libertad. Y existen solamente pasiones, desorden, anarquía y males, de los que Dios, libre eternamente a la República Argentina”.

Su fama de brillante orador se había extendido.

Toda su vida –desde su infancia- un asma pertinaz lo persiguió.

Pasaba semanas en la cama. Sus crisis asmáticas después de los 40 años, se hicieron muy frecuentes.

El sacerdote había despertado la valoración de todos, católicos y no católicos.

Nicolás Avellaneda lo admiraba en el terreno oratorio. Lo comparaba con un orador español, famoso mundialmente: Emilio Castelar.

Lo invitaban permanentemente a disertar.

En una ocasión programó una gira por varios pueblos del interior de Catamarca, su provincia natal. No se había repuesto totalmente de una crisis asmática, que lo había postrado por un mes, en la cama.

Los médicos le prohibieron tamaña gira. Los desobedeció y el primero de enero de 1883 emprendió el sacrificado viaje.

Nueve días después, el 10 enero de1886 a los 56 años, de regreso de la gira, fallecía este santo sacerdote.

Y finalizo con una anécdota, que creo, revela mejor que los elogios, su noble condición humana.

Cursaba Fray Mamerto Esquiú, con 17 años el seminario que lo consagraría sacerdote.

Un condiscípulo, con el que precisamente no simpatizaba, había roto accidentalmente un valioso florero.

Sólo Esquiú, sabía la verdad porque accidentalmente, había pasado por allí en ese momento.

Indicios concretos sindicaban al verdadero autor como culpable.

El condiscípulo lo negó. Era más grave en ese ámbito, la mentira, que la rotura del florero. Pero como el seminarista culpable, tenía ya una sanción y con dos de ellas le correspondía la expulsión del seminario, su temor le hizo callar el hecho.

Fray Mamerto Esquiú no había sido sancionado jamás. Por el contrario, era un verdadero ejemplo.

Entonces tomó una resolución que lo define.

Pidió hablar con el Rector del seminario y se declaró culpable, obviamente sin serlo.

Con esa actitud salvó a su compañero empañando sus brillantes antecedentes que le iban a hacer acreedor al premio al mejor egresado, por sus notas y por su conducta ejemplar.

Creo que nada cabe agregar.

Sólo un aforismo final para Fray Mamerto Esquiú.

“La donación más valiosa, es la que el hombre hace de sí mismo”.

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