En el Imperio Romano decían que «la mujer del César no sólo tenía que ser honesta, sino parecerlo», y esto viene a cuento del Torneo Sudamericano Sub-20, donde un árbitro argentino va a dirigir Uruguay-Brasil y después un uruguayo lo hará en Argentina-Colombia. En los campeonatos mundiales, cuando llegan los ocho últimos equipos a los cuartos de final, los árbitros de sus respectivos países deben volver a sus casas.
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Eso mismo tendría que haber pasado en esta ronda final del Sudamericano, donde Argentina, por ejemplo, tendrá que enfrentar a Colombia sin dos de sus zagueros titulares (Gonzalo Rodríguez y Mauricio Romero) porque el brasileño Wilson de Souza los expulsó, en fallos injustos que -por lo menos-merecen el rótulo de «discutibles», ante Paraguay.
Esto viene a cuento de que Brasil llega a la última fecha con un punto menos que Argentina, pero con la ilusión intacta de ser campeón.
Los que defienden la honestidad de los arbitrajes dicen que Uruguay, siendo local, está al borde de quedar eliminado para el Mundial de Emiratos Arabes, pero quien cobró el penal a favor de Colombia el sábado pasado, que dejó en esta situación a Uruguay, fue un árbitro chileno, es decir de un país que ya no tenía nada que ver en el torneo. Esto se podría haber remediado solicitando para la ronda final árbitros europeos o de México, que fueran totalmente imparciales, pero la Comisión Técnica de la Confederación Sudamericana, que preside el paraguayo Carlos Alarcón y que compone por nuestro país Juan Carlos Loustau, prefirió este sistema, que va a crear suspicacias, resulte quien resulte campeón y clasifique o no Uruguay para el Mundial.
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