Entre lágrimas y euforia

Un repaso por la actuación de Argentina en el Mundial, el folclore que conquistó a la gente y las lesiones que marcaron al plantel hasta la final.

Llorando la derrota ante España, Leo Messi reflexiona sobre el final de su carrera en la Selección.

Llorando la derrota ante España, Leo Messi reflexiona sobre el final de su carrera en la Selección.

Gentileza FIFA

Enviado especial a EEUU.- Leo Messi mira como puede a la cabecera que apunta hacia East Rutherford, en el MetLife Stadium de New Jersey. Está llorando la derrota en la final de la Copa del Mundo ante España, pero, ante todo, llora porque cada día que pasa, cada partido que juega, lo acerca al final de su vida como jugador de la Selección Argentina.

Este Mundial fue un tanto extraño para nuestro equipo. No enamoró a la gente con un juego excelso, estuvo muy lejos de llevar adelante. Es más, la decepcionante actuación en la derrota clara y contundente ante España es un calco del pésimo partido que le ganó a Cabo Verde y de la pobre actuación ante Suiza. El cuadro nacional ya había jugado así de mal, pero nunca ante un rival de la jerarquía de España.

Sin embargo, la gente —la de los mundiales, que son los futboleros de los domingos más los que solos ven fútbol cada cuatro años— compró el paquete "argentino". A los hinchas, se los ganó siendo constante, atrevido, valiente y teniendo a la rendición fuera de su idioma. Fue así que le ganó a los entusiastas corredores de Cabo Verde, a los prolijos egipcios y a los indignados suizos.

Cuando el público no es el habitual y se embandera con la selección como si fuera un símbolo patrio, estos actos de heroísmo futbolero los representan, se sienten parte. Se dicen locuras del tipo "los argentinos nunca nos rendimos", "siempre hay un argentino que triunfa" y cosas por el estilo. Algunas de estas cosas las dicen los gobernantes, aunque parezca mentira.

Más allá de lo que pueda significar, en el fútbol estas cualidades tienen mucho valor. El reemplazo del talento o la técnica por el esfuerzo y el tesón a veces da buenos resultados. Acaso sea ese el principal argumento para explicar la presencia argentina en la final del Mundial. Lionel Scaloni estuvo siempre preocupado por el físico de sus futbolistas y fue armando el equipo conforme a como iban recuperándose. Julián Álvarez hizo un golazo infernal contra Suiza, pero su prestación no fue la misma que en Qatar por un problema en el tobillo que trajo desde su participación en la Champions. Montiel sufrió cinco desgarros entre junio de 2024 y era comienzo de la Copa del Mundo. Paredes se desgarró en el calentamiento del partido entre Boca y la Universidad Católica. Dibu Martínez llegó con un dedo fracturado. Molina se desgarró jugando para el Atlético de Madrid y llegó aquí a terminar la recuperación. Tagliafico sufrió una lesión muscular en un partido de preparación. Cuti Romero se lesionó la rodilla en un partido con el Tottenham y estuvo a nada de perderse el Mundial. Finalmente jugó, pero hubo algunos partidos que no pudo terminar, entre ellos la final con España. Nico Paz también llegó con una lesión en la rodilla. Así, Scaloni comenzó la preparación. A medida que el Mundial fue avanzando, fue recuperando futbolistas y le devolvió el lugar a los titulares, como Julián Álvarez, por ejemplo. Los jugadores le pusieron mucha garra, algunos hasta jugaron con dolor. Pero da la impresión de que esta situación física fue quitándole seguridad y nivel a algunos jugadores clave.

Rodrigo De Paul, Enzo Fernández y Alexis Mac Allister son el corazón del equipo. Ellos son los que respaldan a Leo Messi, manejan la pelota y disponen del armado del juego para que el genio resuelva cerca del arco rival. Pero ninguno de los tres tuvo un Mundial a la altura de lo que pueden jugar. Enzo Fernández tuvo un muy buen partido contra Argelia en el debut y un gran segundo tiempo con Inglaterra. En el medio, cayó en el panorama general. El desgarro de Paredes obligó a Scaloni a experimentar con Alexis de volante central, pero no resultó. Alejó al jugador del Liverpool del arco rival, dejó sin socio a Enzo y la recuperación de la pelota perdió calidad. Tampoco fue demasiado virtuosa la tenencia del balón. Fue lenta y previsible.

Me metí demasiado en temas técnicos porque hay que conocer algunas cuestiones que ocurrieron para sacar algunas conclusiones y entender algo de lo que ha ocurrido. Pero insisto con el amor de la gente con estos jugadores, a partir de su tozudez para unir voluntad, necesidad y compromiso para ir a buscar partidos que estaban casi perdidos. Faltando 15 minutos, estábamos perdiendo con Egipto 0-2. Irse de un Mundial, en Octavos de Final, eliminado por un equipo menor, hubiese sido un fracaso rotundo. Ellos lo supieron. La lucidez de Messi para ocupar una posición que creyó necesaria, el empuje hacia el arco rival, todo eso hizo que Argentina ganara. Después pasó lo de Suiza, el gran partido contra Inglaterra y la final, en la que Argentina no hizo remates al arco hasta el minuto 114.

El amor lo llevó hasta la final. Solo así pudo sostenerse y seguir adelante, en medio de problemas y carencias. La gente quedó embelesada con la versión luchona del equipo de Scaloni. El problema de la final fue el rival. España tiene un jerarquía tal, que no alcanza solo con el corazón, el alma, el amor y el compromiso. Hay que jugar bien. Y Argentina solo pudo hacerlo con cuenta gotas a lo largo de los ocho partidos.

Los ojos de Messi seguían húmedos mirando al vacío, acaso pensando en que fue el mejor del equipo, uno de los mejores del Mundial y se ahogó en la orilla. No solo nadie va a reprochárselo, sino que lo más seguro es que lo quieran aún más, si esto fuera posible.

Ya hizo demasiado por darnos felicidad. Se agradece de corazón.

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