Se terminó la ilusión de Argentina en el Mundial de voley. Luchar ahora entre el 5º y el 8º lugares parece poco pretencioso, luego de lo hecho y demostrado. El culpable fue una impecable representación de Francia, que supo luchar contra todo lo que se le opuso: un set (el prime-ro) que ganaron los argentinos con una comodidad sorprendente, superar la adversidad en los momentos clave y buscar -con paciencia-todas las pelotas que llegaban sobre su campo para generar un juego simple, profundo y consistente. El que -en definitiva-lo llevó a ese claro 3-1 (14-25, 29-27, 25-23 y 25-18), que a la hora del balance surge como inapelable.
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Tal vez lo mejor (y lo peor) que le pudo haber pasado al equipo argentino fue el primer capítulo de esta historia, que trastrocó una posibilidad cierta en la amargura de una derrota. Ese parcial de 25 a 14 volcó el pase del partido sobre el lado de Argentina. Pareció que todo el equipo se quitaba la ropa de la responsabilidad y claro... comenzaron los errores.
Fue como si toda Francia se hubiese dado cuenta -de pronto-de que todo era posible, como lo fue. Simplemente porque, si los remates de Milinkovic se estrellaban en las manos adversarias para picar en su propio campo, si Weber pocas veces acertaba en el armado y si Meana era el único que se debía jugar en defensa, el esquema parecía sin remedio.
Francia tuvo la enorme virtud de saber aprovechar cada una de las circunstancias que se le presentaron. Primero Maquet, en su doble condición de gigantesco (por su juego) armador-definidor, luego la compañía de un equipo que sabe jugar como tal resultaron factores determinantes para que no fuera casual la escalada de este equipo de Francia, que llegaba como una sorpresa y terminó colocándose en las semi-finales.
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