Cuando un partido se define tan rápido, con tanta contundencia y con una diferencia tan abultada en el marcador, es difícil realizar un análisis profundo. Sin embargo, las explicaciones habrá que buscarlas por el lado de los «porqués». De lo contrario, será muy complicado encontrar los caminos lógicos para darle un poco de razón a tamaña goleada como ese 6-0 con que River le dio cifras al partido con Estudiantes, que a priori no daba la menor pista como para pensar en ese resultado. Por eso, habrá que parcelar motivos.
La gente de Estudiantes seguramente pensó que a River hay que hacerle sentir el rigor de un ataque sostenido. Se lo perdió Farías de entrada, cuando estaba sólo frente a Buljubasich. Tal vez, pensó que el camino más corto era agrupar gente en el medio y de ahí en más buscar espacios para el remate.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
River apeló a su oficio. Mantuvo a Garcé, Ayala, Demichelis y Rojas; junto a un bloque donde se sumaban Astrada, Víctor Zapata y González. Una aparente posición defensiva que tenía espacio ofensivo, cuando encontraban las espaldas de los medios de Estudiantes y las piezas necesarias para utilizar el contraataque a manera de estiletazos.
En una imagen óptima, parecía que Estudiantes no era menos que River, pero bastó que un remate de Domínguez llegara a la red, para dar comienzo a la hecatombe platense. Fueron cinco goles y llegó el sexto por una desafortunada jugada, cuando la pelota pegó en las espaldas de Quatrocchi y ganó la red.
Era lógico suponer que, luego de la diferencia y una incomprensible actitud de la hinchada local, River iba a manejar el partido para que las cifras no lleguen a diferencias mayores. En realidad, el partido había terminado mucho antes.
Dejá tu comentario