En los últimos días, vimos un impresionante repunte en el precio y en el volumen de las acciones negociadas en la Bolsa de Comercio. Siendo una de las peores semanas económicas en la historia de la Argentina, nadie atinaba demasiado bien a explicar por qué, con el país en default, las empresas cotizantes alcanzaron a ganar en lo mejor de la semana 40% y el volumen operado, aun cuando estuviera en unos magros $ 37 millones, prácticamente cuadruplicó lo que se venía realizando una semana antes.
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La primera hipótesis que se manejó fue que se estaban empleando las acciones como medio de sacar dinero «cautivo» en el sistema bancario al exterior. Se compraban acciones locales, se creaba un ADR con ellas que era transferido a Nueva York, donde se vendían inmediatamente, aun con alguna perdida. Como contrapartida, quien realizaba la operación recibía un cheque girado contra algún banco norteamericano. La prueba de que esto estaría ocurriendo era para muchos la inversión en la prima de los ADR, que tradicionalmente cotizaban a un valor superior al de las acciones subyacentes y ahora lo hacían a uno inferior. Pero lo cierto es que, más allá de algunas operaciones circunstanciales en este sentido, no fue posible detectar una verdadera «operatoria» en el mercado, y la mayor parte de las compras de acciones que se realizaron estos días se quedó «en casa».
Mientras crecía el temor a que el gobierno anunciara algo similar al viejo plan BONEX, fue surgiendo la idea de que, como las acciones no eran incautables por el gobierno (al menos, no de la misma manera que los plazos fijos, ya que está por verse qué nuevos impuestos inventarán en Economía), muchos preferían arriesgarse con un papel líquido, pero de futuro incierto, a correr el riesgo de perder el poco control que les quedaba sobre sus fondos.
Los magros resultados que han estado obteniendo las empresas cotizantes desde 1998 y el gris futuro (por decir lo menos) que se vislumbra para los próximos cuatro o cinco años posteriores a que salgamos de la actual crisis hablan de que este argumento no es de los mejores, ya que, si las cosas van por el peor camino que imaginamos, sólo se cambia la expropiación del Estado por la expropiación que hará el mercado.
El último argumento que se escuchó -hay que aclarar que ninguno de los tres fue excluyente para los demás- fue el más viejo de todos y se encuentra asentado en el folklore bursátil: si bien no de manera perfecta, las acciones son capaces de protegernos contra la desvalorización. Como desde siempre en el mundo «civilizado» la inflación ha sido una preocupación mucho más grande que la desvalorización de las monedas, se creó todo un cuerpo en la literatura académica que sostiene que, en tanto y en cuanto las acciones representan partes de una empresa y, por lo tanto, una participación en activos reales, y los activos reales, más allá de su depreciación natural, no pierden valor por la suba de los precios, las acciones son una manera de inmunizarse frente a los picos inflacionarios.
• Curiosidad
Lo curioso de lo vivido la semana anterior es que el mix de papeles que lideraron la suba pareció hablar hasta cierto punto de que se estaban potenciando aquellas empresas que serían menos golpeadas con un desplome del peso: básicamente las empresas extranjeras, y aquellas con potencial exportador (ahora mucho más reducido por la eliminación de los planes de incentivo a la industria).
Revisando todas las devaluaciones mayores a 5% que experimentó el peso desde enero de 1976 o la instauración de la convertibilidad, parece ser que la idea sobre el poder «protector» de las acciones es razonable. La devaluación promedio en este período fue de 10%, y si bien la Bolsa (medida por el IVBC) cayó tradicionalmente 5,31% ese día, una semana después ganaba 2,97; un mes más tarde, 11,96% y luego de 3 meses, 80,72%; todo medido en dólares (tabla 1). Lo que es mejor, parecería existir cierta consistencia especialmente en el más largo de estos plazos, ya que en prácticamente 68% de los casos el saldo era ganador (gráfico 1).
Sin embargo, hay algunos factores que atentan en contra del argumento de que la suba refleje la búsqueda de cobertura ante una devaluación. En primer lugar, el rendimiento del mercado durante los 22 días previos a las devaluaciones fue perdedor sin importar demasiado la magnitud de la devaluación posterior (gráfico 2), y sin que sea posible identificar ninguna correlación entre lo que pasó durante la semana o el mes anterior y lo que sobrevino después (gráfico 3). Si bien estadísticamente apenas las devaluaciones en torno a 8,4% parecen estar asociadas a algún tipo de «efecto», lo cierto es que a través del tiempo la respuesta de las acciones a las devaluaciones no ha sido igual y, en alguna época, fue incluso negativa (gráfico 4). Lo único que se puede afirmar en todo esto, con alguna certeza, es que en 100% de los casos en que se devaluó más de 5%, las acciones terminaron del lado perdedor.
Un poco, el corolario de nuestro pasado es que, si bien a posteriori las acciones han servido en muchos casos para cubrirse de las devaluaciones, en general, no han servido como cobertura ex-ante.
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