2 de enero 2002 - 00:00

Ahora es imposible aplicar plan BONEX para depósitos

Hace trece años, en febrero de 1989, la Argentina implementó un corralito financiero muy similar al que aplicó Domingo Cavallo un mes atrás. También imponía severas restricciones a las extracciones de dinero, estuvo vigente poco menos de un año y fue liberado el 1 de enero de 1990 con una medida que por entonces sorprendió a unos 200.000 ahorristas: se confiscaron los depósitos a plazo fijo mayores a 1 millón de australes (550 dólares, aproximadamente) y a cambio se entregaron bonos emitidos en dólares por el gobierno, a 10 años de plazo.

El programa se conoció como plan BONEX, ese mismo plan que Carlos Menem le recomendó en 1999 como un gran éxito al gobierno brasileño y éste se negó rotundamente a llevar el modelo a su país.

Hoy otra vez el plan BONEX volvió a la mesa de discusión. El corralito financiero y las escasísimas chances de abrirlo sin costo traen a la memoria ese fatídico 1 de enero de 1990, cuando el ministro Antonio Erman González les regaló a los argentinos semejante programa.

Pero hay un abismo entre la Argentina financiera de 1989 y la de hoy que hace inviable pensar en un nuevo plan BONEX, y que, además, generaría un gravísimo conflicto social si algo así volviera a suceder en la Argentina.

En primer lugar, los depósitos a plazos fijo de 1989 eran de apenas 4.600 millones de dólares. Pero durante los once años de convertibilidad ese monto creció 8 veces. Si algo similar sucediera hoy, habría que responder por unos 37.000 millones, que es el monto depositado a plazo fijo. La cifra se multiplicaría por 14 si se incluyeran todos los depósitos del sistema financiero, que ascienden a 64.200 millones entre pesos y dólares.

Pero con la sensibilidad justificada que hay hoy en la Argentina, una medida de esas características generaría quizás el más grave caos social de la historia del país. La Argentina de 1989 estaba sólo mínimamente bancarizada. En medio de hiperinflaciones, constantes devaluaciones, inestabilidad productiva y política, sólo unos pocos usaban el sistema financiero. El colchón era el lugar preferido para ahorrar en dólares de la mayoría de los argentinos (por entonces abundaba una clase media con cierta capacidad de ahorro).

Hoy el sistema está mucho más bancarizado y de una manera u otra alcanza a todos los sectores sociales.

• Cacerolazo

Y esto explica el éxito que tuvo el «cacerolazo» del fin de semana pasado contra algunos miembros del gabinete del ex presidente Rodríguez Saá pero especialmente contra el congelamiento de depósitos.

Según datos del Banco Central, hasta antes del Decreto 1.570 (que estableció el actual corralito), había cerca de 2 millones de titulares de cuentas bancarias (cajas de ahorro, plazos fijos, depósitos a la vista) y sólo en diciembre la cifra creció significativamente. En 1989 eran apenas unas 200.000 personas las que se manejaban a través de los bancos. De las cuales unas 20.000 no fueron afectadas ya que tenían depósitos por un monto menor al que entraba en el canje.
No es lo mismo entonces el ruido y el caos que pueden generar 180.000 personas acompañadas de unos pocos desempleados (en términos relativos) como había por entonces, que más de 2 millones de personas indignadas acompañadas, además, de buena parte de los 5 millones de personas con problemas de empleo que existen hoy en el país.

Hoy todas las empresas están obligadas a pagar sueldos a través de los bancos. En 1989 eso no existía, en todo caso las empresas depositaban su capital de giro a plazos fijos que se renovaban cada siete días. En los últimos años, los argentinos usaron el sistema financiero en forma creciente, tanto para preservar sus ahorros como para invertir en diferentes instrumentos o fondos. El gobierno impulsó voluntaria y forzosamente la bancarización.

Mediante el plan BONEX, fue el Estado el que respondió por los depósitos canjeándolos por lo que en un comienzo fue un depreciado bono.
Se confiscaron $ 3.300 millones de los $ 4.600 millones depositados a plazo. El monto restante se devolvió en efectivo. El plan BONEX estipulaba que de los depósitos a plazo sólo se podría cobrar hasta 1 millón de australes en efectivo (550 dólares ya que el tipo de cambio que se fijó para el canje fue de 1.830 australes por dólar). El monto restante fue devuelto en bonos externos, esto es, BONEX serie 1989. Por entonces el gobierno confiscó depósitos y usó el dinero para cancelar deuda de corto plazo. Eso fue posible porque los encajes eran elevadísimos, llegaban a 88%, con lo cual a través del Banco Central el Estado tenía acceso a esos fondos.

Pero actualmente el encaje bancario es de 20% (y buena parte de los mismos ya fueron girados a bancos privados y nacionales para enfrentar situaciones de iliquidez).
Si bien el Estado no es el que debe responder por los depósitos como lo hizo en 1990, sino los propios bancos, una gran cantidad de los depósitos las entidades los usaron para financiar al Estado que hoy está quebrado.

• Sin plata

Lo cierto es que los 64.000 millones depositados en los bancos (considerando todo tipo de depósitos) hoy no están. Como tampoco estaban los 6.800 millones de dólares que había depositados en plazos fijos y cajas de ahorro en 1989. No porque alguien se los haya robado, sino porque la misma lógica del sistema lleva a que, si todos corren a la vez a retirar el dinero, sea imposible afrontar las devoluciones. Los bancos usan la mayor parte de los depósitos para otorgar créditos, algunos a varios años de plazo; los billetes no quedan guardados en las arcas financieras esperando que el ahorrista llegue a buscarlo, sino que vuelven a la economía. Hay un cuarto factor que también diferencia a estas dos Argentina: la de 1989 y la de fines de 2001. Si se quisiera aplicar un plan BONEX, habría que modificar la Ley 23.758 que señala que «los depósitos y préstamos en moneda extranjera captados y otorgados de acuerdo con este sistema serán devueltos en la misma moneda en que fueron constituidos u otorgados». La ley fue lanzada apenas unos días después de aplicarse el plan BONEX y algunas entidades estimulaban nuevamente la confianza en el sistema bancario con anuncios del tipo «con la seguridad de que sus dólares son intocables, deposítelos».

• Licuación

La salida del congelamiento a través del plan BONEX empezó mal. Se paralizó el país durante varios meses, y no se logró contener la inflación. Y los títulos, que tenían dos años de gracia y pagaban un interés de 8%, se depreciaron muy rápidamente y llegaron a perder hasta 75% de su valor. La mayoría de los ahorristas se deshicieron de ellos antes de su vencimiento y vieron licuarse buena parte de su capital inicial.

Hay, sin embargo, algunas similitudes con la Argentina de hoy: como en 1989 no hubo un plan de económico que contemplara la baja de gastos del Estado y el reacomodamiento de las cuentas públicas. Por eso semejante costo ni siquiera encuentra justificación. Sí había promesas de medidas de estas características que no se concretaron.

El plan BONEX fue lanzado por el entonces ministro de Economía,
Antonio Erman González, pero la paternidad se le atribuye al propio Domingo Cavallo. Aunque en realidad algunos historiadores recuerdan que el plan BONEX fue una adaptación del plan que Erhard aplicó en Alemania luego de la Segunda Guerra Mundial, cuando se congelaron todos los depósitos y a cada persona sólo se le devolvieron apenas 150 marcos.

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