30 de marzo 2006 - 00:00

Bajo sospecha

Con candor, sorpresa o suspicacia se observa hoy lo que sucede en el mundo sindical, donde el jefe de la CGT Hugo Moyano aparece como una víctima de otros dirigentes más arrebatados a la hora de pedir aumento de salarios. Hasta el propio hijo de Moyano, Pablo, se ha despachado contra su padre diciendo que no le va a hacer caso si éste le pide que morigere las demandas de camioneros (también, de paso, aseguró que no le interesa lo que piensa el presidente Kirchner al respecto). Extraña actitud filial, ya que la relación entre ambos es óptima. Los otros gremialistas, "gordos" o no, parece que también lo aíslan a Moyano por su escasa vocación para reclamar incrementos, en la seguridad de que éste obtiene beneficios personales del gobierno con esa actitud. O sea que hijo y colegas le exigen mayor presión para negociar. Entre los empresarios, esa escenografía sindical les parece conocida: creen que se fingen enfrentamientos, cuando en realidad son cómplices para sacar más provecho en la discusión de las paritarias que se vienen.

Hugo Moyano debió compensar a sus invitados de la Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres (CIOSL), Guy Ryder; de la Confederación Mundial de Trabajadores, Willy Thys; de la Organización Regional de Trabajadores, Víctor Baez, y de la Central Latinoamericana de Trabajadores, Eduardo García Bour. Como la recepción que les ofreció en la CGT fue un fracaso, debió llevarlos a la Casa Rosada para que se entrevistaran con Néstor Kirchner. Además, les ofreció una comida por la noche, en la sede de la CGT: «Es una cena sorpresa», aclaró, como si en el programa de la visita de estos sindicalistas internacionales no estuviera previsto invitarlos con un plato.

Ryder, Thys, Baez y García Bour fueron testigos de la cada vez más severa enemistad que se registra hoy en la CGT. Moyano los invitó para tener una reunión con todo el secretariado. Pero sólo contó con su propio grupo, el Movimiento de Trabajadores Argentinos, formado casi exclusivamente por gremialistas del transporte. Los tres capitostes gracias a los cuales el camionero consiguió quedarse al frente de la central obrera: el constructor Gerardo Martínez, el gastronómico Luis Barrionuevo y el estatal Andrés Rodríguez, no asistieron a la entrevista con los turistas.

Tampoco lo hicieron, obviamente, los titulares de los grandes sindicatos de servicios, los llamados «gordos»: Oscar Lescano, Armando Cavalieri, José Pedraza y Carlos West Ocampo.

Fue bueno para Moyano que Kirchner y Alberto Fernández (con la ausencia del ministro de Trabajo, Carlos Tomada) invitaran con un café a los extranjeros; gracias a eso pudo sentar a la mesa, pero en la Casa de Gobierno, a Rodríguez y a Omar Viviani, un taxista que desde hace un tiempo está despechado con el camionero. La ley de la calle: Viviani pensó que le tocaría un lugar en la «caja» de las obras sociales, la Administradora de Programas Especiales, pero Moyano lo defraudó.

La inasistencia de ese trío de consejeros directivos a la reunión de la CGT es una señal de lo que podría suceder el 6 de abril, cuando se reúna el Comité Central Confederal: un «faltazo» masivo que le demuestre al gobierno (y de paso a Moyano) que una cosa es acordar la «paz social» con los camioneros y otra distinta es hacerlo con los gremios del transporte.

  • Palabras extrañas

    «No queremos estar en una CGT subsidiada», se le escucha decir entre sus íntimos, de vez en cuando, al ácido Carlos West Ocampo. Extrañas palabras en un sindicalista: se refiere al auxilio fiscal que reciben el transporte de cargas (Moyano) y el de pasajeros ( colectiveros de Juan Manuel Palacios). Según los « gordos», ellos pueden pedir los aumentos de salarios que quieran ya que cuentan con que el Tesoro financiará a los empleadores con subsidios. El otro beneficiado con el tratamiento oficial al que se refieren los «gordos» es José Luis Lingieri: todo el sindicalismo -tal vez a sola excepción de él mismo- está convencido de que Kirchner lo premió entregándole Aguas Argentinas transformada en una nueva empresa pública (de hecho, ya que en los papeles, el Congreso todavía no aprobó la creación de la nueva sociedad).

    La recepción que se les dio a los turistas llegados ayer desde otras centrales sindicales fue también paradójica: esos gremialistas traían reclamos propios de la Central de Trabajadores Argentinos de Víctor De Gennaro. Es decir, libertad de afiliación y de asociación que permitan armar varios sindicatos por rama de actividad.

    Mientras Hugo Moyano trataba de ocultar los desaires de sus malhumorados socios, su hijo Pablo se enfurecía en el Ministerio de Trabajo procurando un salario 28% superior al actual para los conductores de camiones. La parte empresarial ofreció nada a cambio. Los Moyano prometen que habrá gresca: primero, trabajo a reglamento; después, paro general en el sector.
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