Néstor Kirchner se volvió antes de Brasilia, luego de cancelar la reunión que tenía prevista para ayer con Lula da Silva. El Presidente -igual que su ministro de Economía y hasta la Unión Industrial- sólo recogió fracasos en su incursión brasileña. La suspensión del encuentro entre los dos mandatarios debe atribuirse a las seguras negativas que recogería Kirchner a reclamos por el asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU y las asimetrías comerciales, entre otros. Lavagna reclamó «cupos» (salvaguardias con otro nombre) y le pidieron que no trabe la venta de Loma Negra. A la UIA no le fue mucho mejor.
La visita de Néstor Kirchner a Brasil estaba destinada a ser un fracaso. Este diario lo consignó varias veces, sobre todo en su edición de ayer: la agenda que instaló en sus operaciones de prensa Rafael Bielsa estaba prefigurada para que desde el lado brasileño no se pudiera hacer concesión alguna. Sólo el canciller podía suponer, como le explicó a sus amigos el fin de semana, que «ahora Lula estará obligado a ceder». En realidad, Bielsa llevó al Presidente a una encerrona en la que no quedaba otra opción que la que sucedió: suspender la cumbre bilateral antes que comunicar que fue un fracaso. Figurón como siempre, el ministro debe haberse angustiado durante el vuelo de regreso, ya que ahora está en duda si le darán la condecoración prometida para su viaje del próximo 20, según él mismo anunció (adelantándose inclusive a quienes le habían prometido la cocarda).
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Kirchner debió disimular ayer el fracaso de su visita a Brasilia echando mano del último recurso: que hable Miguel Núñez, rompa sus votos de silencio y explique que la reunión con Lula, prevista para ayer a las 20.30, se había suspendido por innecesaria. Según Núñez, los dos presidentes habían hablado todo lo que debían la noche anterior, durante un asado, en presencia de Hugo Chávez.
Más sensato es pensar que el encuentro fue suspendido por la imposibilidad de encontrarle un final aceptable por las previsibles negativas brasileñas a dar satisfacción a las demandas enumeradas por Bielsa:
1. El primer asunto no negociable para el gobierno de Brasil es el que más entusiasmó al canciller para montar su berrinche. Se trata de la pretensión de Itamaraty de conseguir una banca permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, si ese organismo se reforma en el mediano plazo. Esta cuestión, convertida en un dato popular sólo por la obstinación de Celso Amorim y la sobreactuación de Bielsa, está condenada a ser motivo de conflicto. Se trata de esas posiciones técnicas que forman parte de tradiciones larguísimas. Brasil cree tener derecho a esa banca desde que terminó la 2ª Guerra Mundial, en la que el país formó parte de la alianza vencedora. Sólo la habilidad de Charles De Gaulle explica que al Consejo se sentará Francia, que había sido una potencia ocupada durante la guerra.
A esta reivindicación histórica, que se constituyó en doctrina para Itamaraty, se sumó después la especial dedicación de Celso Amorim al tema, puesta de manifiesto sobre todo cuando se desempeñó como representante ante la ONU. Hoy la intención de ingresar al Consejo de Seguridad con una banca permanente (aunque sin derecho a veto) se ha convertido en el principio organizador de la política exterior del canciller de Lula. A tal punto que envió a Buenos Aires a un emisario especial, José Viegas (ex ministro de Defensa, futuro embajador en España), para explicar la posición de Brasil: este diplomático convencido ya de que la reforma que pretende Itamaraty cuenta con los votos necesarios para ser aprobada en la próxima Asamblea General de setiembre. Inclusive se ufanó de contar con el apoyo de todos los países sudamericanos, salvo Colombia.
Era obvio que Lula no se movería de esta postura, que le sirve para exaltar los sentimientos nacionalistas de una base electoral del PT que se muestra reticente hacia la orientación decididamente ortodoxa que le imprimióa la gestión macroeconómica. Kirchner no podría traer victoria alguna en este campo.
2. Tampoco podía pretender el Presidente que de su reunión con Lula derivara algún anuncio satisfactorio en materia de comercio bilateral. Las asimetrías por las que se queja el gobierno argentino tienen que ver con políticas irrenunciables para cualquier gestión brasileña y más todavía para una del PT. La calidad de la política macroeconómica del gobierno de Lula, sorprendente por su corrección, no se puede trasladar a otros planos de su administración. Los cuadros medios del PT siguen confiando en el intervencionismo y el distribucionismo, más que el promedio de la dirigencia brasileña. Este dato es clave a la hora de entender los conflictos entre gobiernos afines por sus impulsos «setentistas», nacionalistas.
En este marco, es impensable que un gobierno del PT pueda considerar siquiera la eliminación de la financiación a bajo costo a las empresas nacionales que se provee desde el BNDES. Lo mismo que no se puede esperar que ese gobierno, o cualquier otro en Brasil, renuncie a los subsidios a la industria que se derivan de la guerra interestadual por atraer inversiones productivas. Tampoco aquí tenía Kirchner nada para llevarse.
Los demás motivos del fracaso, ciertos o imaginarios, quedarán para la anécdota. Inclusive la versión, insistente a medida que pasaban ayer las horas, de que la suspensión de la entrevista presidencial se debió a un encontronazo entre Lula y su huésped argentino, producido durante el asado servido en la Granja do Torto y en presencia del venezolano Hugo Chávez, quien para curiosidad de los diplomáticos fue el único vocero de ese encuentro.
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