Para una sociedad que -pese a una creciente y fea sensación de miedo que parece haberse apoderado de ella- comienza, no obstante, a exteriorizar su preocupación por la acción distorsionadora de los medios cercanos al poder, llegan (esta vez, desde Italia) buenas noticias.
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En efecto, el Parlamento italiano defendiendo (con el celo que cabe aplicar a esta delicada cuestión) la libertad de prensa y de opinión, acaba de rechazar un proyecto de ley enviado por la administración del «premier» magnate Silvio Berlusconi. Porque, de haberse aprobado, podría haber aumentado -en Italia- la concentración de los medios en pocas manos. Lo que es siempre altamente peligroso para la vigencia de la libertad, en cualquier latitud. Para muestra, la actualidad argentina.
En votación secreta, la Cámara baja peninsular rechazó -por 284 votos contra 278- una reforma que, tras la «cortina» de promover la televisión digital, podría haber despejado el camino para una privatización de la RAI y -lo que era ciertamente más grave- reducía las restricciones existentes para la posible acumulación de empresas de comunicación masiva en pocas manos. Particularmente, en las estaciones de televisión y en los diarios. Peligrosísimo, reitero, según sugiere la preocupante experiencia propia.
Para Berlusconi, el proyecto rechazado procuraba «aumentar la competencia» en el sector, abriendo «nuevas oportunidades de inversión» para todos. Para los legisladores, en cambio, la norma abortada hubiera favorecido a Berlusconi, cuya familia controla el grupo Mediaset, el más grande del sector, en toda Italia.
Para aprender, entonces. Porque la «relación» entre políticos y empresarios de prensa es sumamente complicada y debe, por ello, ser seguida de cerca. Por el obvio «intercambio» de reprensibles «favores» que -en un ambiente que pudiera en algún caso haberse prostituido- ella es capaz de generar. La consecuencia de ese «intercambio» es naturalmente la generación del buscado «pensamiento único», que es la expresión máxima de cualquier manipulación -constante, cuidadosa y perversa- de la opinión pública. Propia del autoritarismo, con o sin disfraces.
Lo curioso es que, por la naturaleza misma del tema, nada menos que 35 legisladores italianos, que pueden considerarse «pertenecientes» a la coalición de gobierno, votaron específicamente en contra.
Porque, cabe presumir, todos ellos fueron capaces de pensar en el bien común y no traicionaron a sus conciencias. Ni sucumbieron, tampoco, a la poderosa «seducción» de los empresarios de los medios de comunicación masiva. La más peligrosa de todas.
En rigor, esa fue -según dan cuenta los medios extranjeros al informar sobre lo sucedido- la más fuerte defección de sus hombres y mujeres parlamentarios desde que la coalición política de Berlusconi llegara al poder, en mayo de 2001. También para tener en cuenta.
(*) Presidente de la International Bar Association.
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