20 de junio 2001 - 00:00

Cupones Bursátiles

Las reglas de Cavallo alcanzan ya el paroxismo, incitando a empresarios y banqueros a «tirar buenas ondas» -como los brasileños- y pretendiendo inyectar dosis de alegría y confianza como si se tratara de penicilina. Entre esto y su permanente prédica de que no lo comprenden, se forma una enorme nebulosa que separa la nave del equipo económico de lo que está por debajo. Y así seguimos, con las picardías locales consabidas y que salieron a enderezar la rueda bursátil del martes con una inversión módica de órdenes que nunca se alcanza a comprender de dónde provienen. Solamente se lo puede sospechar. Porque si hay un desplome el día lunes, de bonos y acciones en el exterior, suponer que hay interesados de afuera en llevarse papeles el martes y, más todavía, de adentro, es soñar despiertos.

Posiblemente las presiones hayan obrado para suavizar en el ámbito local, aquello que traía «malas ondas» en el día anterior. Obviamente, las defensas artificiales no engañan a nadie, pero está dentro del recetario argentino aquello de aplicar cosmético a las situaciones. ¿Cómo sigue la historia? Es la pregunta que quedaba rebotando en todos los ámbitos durante ese martes. ¿Vendrán más medidas para seguir apuntando a que el botón sea apretado? ¿Y si esto se queda en lo inocuo, qué alternativa queda?

El gobierno encargando una encuesta propia, es otro de los grandes hitos de este año. Conseguirse un porcentaje altísimo de complacencia por las medidas tomadas resulta otro ensayo para probar qué grado de estupidez puede caber a un ciudadano. Mientras todo esto montó un nuevo escenario, el sufrido mercado accionario siguió aguantando en esas marcas que son casi milagrosas de resistencia.


La invitación a Cavallo sería: tome medidas que todos puedan entender ¡por favor! O bien, tome las medidas que gocen de buena interpretación y, si no se consigue, deje de insistir en que todos están equivocados y el único genio reside en nuestro país. Flameando, yendo de aquí para allá, con demasiados articulados para tener que sopesar, la intranquilidad general prosigue en sus máximos. La codicia y el temor son los dos únicos grandes motores que mueven a la gente y, por extensión, a los mercados. Seguimos en la etapa del temor, no aparece la codicia, y es lo que paraliza intenciones y aborta deseos. Vivir flotando, careciendo de toda estabilidad por su pasar, resulta el obstáculo a vencer en cada consumidor. Y parece que no se acierta con la receta.

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