Prefieren darle dinero, antes que permitirle vivir de sus productos. Estados Unidos, líder del mundo y el indudable amo de las escuelas económicas que se han puesto en boga, periódicamente refresca los mismos lineamientos: venderle libros al exterior (con economistas que se forman allí y van a prevalecer en sus países de origen) sobre libertad de comercio, derribe de fronteras, competitividad sin límites, salvo en lo que atañe a ellos mismos. Es como aquella vieja broma acerca del hombre que solía ser «conservador con sus bienes y socialista con los bienes de los demás». La teoría yanqui dice una cosa; la práctica propia indica otra. Y detrás del cierre de fronteras para cítricos argentinos -como de otra nacionalidad, no es que se la agarren con uno más-, vino un impedimento más serio y que corresponde a siderurgia.
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Lo mejor de esto es el detalle de argumentos, donde van, sin ningún tipo de artilugios, a manifestar lo real: se bloquea el ingreso de varias líneas de productos siderúrgicos «porque dañan la industria norteamericana». Al fallar de este modo, lo que se deja es el camino libre al presidente de Estados Unidos para fijar las cuotas de ingreso o subir los aranceles de importados en virtud de «preservar su mercado». En un ataque de furia, se podría decir: qué malos que son. Pero no, lo hacen bien, y hasta hay quienes aseguran que con esto protegen a una industria yanqui ineficiente en alto porcentaje, dentro del sector siderúrgico. El asunto es el desparramo que se arma en el mundo, en virtud de inmensos «bolsones» de producción de acero que, al no poder entrar en los Estados Unidos, tratará de ubicarse como sea en cualquier país, rompiendo mercado, liquidando a precios viles. Así, aunque la Argentina no sea afectada de lleno en el cierre de importación, sentirá la onda expansiva de embarques que arriben a cualquier precio y haciendo más difícil la crisis a nuestra industria. ¿Qué hacer para defenderse? Pues, es simple, utilizar los mismos argumentos que el mandamás y con la finalidad de «preservar nuestro mercado», subir los aranceles a full y vigilar estrictamente que no se invada el mercado con alguna estratagema habitual. Es lo que haría un país tan serio, como avispado, que juega del modo que le proponen y no haciendo el papel del tonto (como lo hacemos desde hace rato) a tranquera abierta, mientras los poderosos regulan y filtran, bloquean, impiden, protegen ineficiencias, subsidian, arman todo el stock de ardides para engañar al libre comercio y la libertad de mercado. La apuesta es sencilla: le jugamos al lector interesado un café. Vamos a que, de un modo u otro, ingresará en nuestro país ese acero paria... (¿Quién copa la parada?) Informate más
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