Los gobiernos, sus economistas, los que participan de esos gobiernos tienen siempre el gran aliado de la memoria popular: que velozmente tiende a borrar lo malo. Y se condena a repetirlo, claro. Hay medidas que parecen y suenan a inéditas, a agresivas como nunca, pero resulta que cierta vez -y no hace tanto- ya fueron puestas en práctica por otros gobiernos. Con otro nombre. La literal captura de depósitos que acaba de confirmarse, con la burla de entregar argentinos por dólares o por pesos, es una remake del plan BONEX. ¿Cuánto hace de esa confiscación? Una década y algo más. Fue en un enero que pintaba tan caluroso como éste y con una historieta económica previa, de un Menem-Rapanelli que habían prometido encauzar la híper de Alfonsín, pero solamente avivaban el fuego. Y, entonces... vino el lobo y se comió el dinero depositado por la gente. Pasaron un par de años y lo malo se había borrado, mucha de esa misma gente atrapada retornó a colocar dinero en depósitos. Otra juró que nunca más, y lo hizo...
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
La mediocridad de nuestros funcionarios es tal, que ni siquiera tienen variedades menos groseras, que dictar normas para ese tipo de confiscación. Es el esfuerzo patriótico de los que, tontamente, dejaron el dinero en el circuito local, en lugar de llevarlo a otras playas o enterrarlo en su jardín. Y es la idea que venden, sin nunca decir palabra acerca de los que fugaron capitales de mil maneras. Historia vieja, repetida, pero siempre efectiva. Es el gran «cuento del tío» de nuestra economía y pleno de víctimas que lo son ya en segunda, tercera generación. Recuerda el lector cuando hablamos de esa necesaria porción de «magia», que resulta importante para que se recobre lo esencial para toda moneda y economía: lo fiduciario. La convertibilidad explotó mucho antes de saberse que ya no se podían cambiar pesos por dólares. Explotó cuando se perdió la confianza en un plan y en sus personajes. Y es que «magia» no es sinónimo de engañifa o de pillería. No hay magia en quedarse con el dinero de la gente o cambiarle moneda por papel pintado. Las veces en que todo se encauzó, viniendo de grandes desórdenes económicos, se pasó por la «magia» llamada desagio. Y la otra titulada convertibilidad. En ambos casos no se supo qué empalmar a continuación y tanto gobernantes, como economistas, se enamoraron de los efectos favorables que dispensó una porción de magia que debía acabarse en cierto lapso. Detrás no vino nada. Y las dos se fueron al abismo con tristes finales políticos. La tercera moneda ¿tiene algo de magia? No lo parece, y esto es lo más delicado, en momentos donde ya nada queda. Ni plata, ni ilusiones... Informate más
Dejá tu comentario