Menos mal que todas las cosas pasaron el año pasado... hoy, cuando salen estos cupones, nos instalamos junto a usted detrás de la frontera, pisando el año 2002, y tenemos una primera gran esperanza para darle: el número capicúa del nuevo año, toda una invitación para ensayar alguna cábala. Y que sirve. Algo hay que ensayar, antes de caerse en el pozo depresivo total. Y, de paso, rogar porque ese pozo resulte, ciertamente, ya de un piso firme y para poder intentar subir, como única alternativa.
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Estamos con la vieja Olivetti, Lettera 32, instrumento noble que ha visto pasar muchas carillas, muchas políticas, muchos gobiernos, y hasta la máquina se traba en sus teclas, que quieren imprimir juntas y se enciman. O somos nosotros, mientras escuchamos la excelente cobertura de un canal de cable -sacando a todos los políticos referentes-a casi las dos de la mañana ya del lunes 31, que encimamos los dedos nerviosamente al oír todos los arpegios y la escala musical completa, según el personaje que aparezca en el teléfono. Los políticos hablando desde atrás de un sillón, una triste imagen interior de la Casa de Gobierno y desde donde el melancólico cronista informaba que solamente quedaba algún personal de prensa, pero que se iba también. El vacío total, literal, nadie apareciendo para ocupar el vacío político y todos opinando con un libreto cada uno.
Qué lejos se ve todo, qué lejos está el pequeño mundo de la Bolsa, circunvalando, como pequeño satélite, dentro de la órbita de un planeta político que está más ardiente que el sol. ¿Hacía dónde vamos?, sabemos, o creemos saber, de dónde venimos. Esto excede hasta la imaginación más acelerada, no da ni tiempo a poder concluir nada, que ya hay que estar en otro frente nuevo. Un par de días antes tratando de descifrar el «argentino», con su povonearse de nueva moneda, a David Expósito visitando todos los programas televisivos con sus declaraciones. Dos días más allá: no hay más tercera moneda (a Expósito le dijeron que apretara el botón de eyectarse, del despacho del Nación). El vendaval en las calles, la renuncia de un presidente a la distancia, la de otro presidente también a la distancia. Un llamado a Asamblea para dos días después, como pretendiendo pasar la fiesta del fin de año a buen cobijo y volver en día hábil (mientras se incendiaba el techo de paja). Una Argentina cada vez más inexplicable, y comenzando el año capicúa con un país en acefalía absoluta. Quizás ambas cuestiones resulten de buena suerte, porque es difícil ver un panorama alentador donde solamente campea el desierto de hombres brillantes y una desesperación por el poder (que se asemeja a las teclas de nuestra vieja Olivetti, se enciman unas letras con otras. Y así, nadie llega, nadie escribe, nadie cumple con su misión. O la cumple mal).
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