7 de enero 2002 - 00:00

Cupones bursátiles

Si cuando hablamos de comenzar a mejorar siempre lo limitamos al terreno de lo económico, tampoco habrá demasiado futuro glorioso en nuestro país. Lo decimos porque el bastardeo del lenguaje que se emplea, alcanza proporciones alarmantes. Uno de los ejemplares más relevantes, para solicitarle si puede ser menos ordinario cuando quiere exponer una idea, es el señor legislador nacional José Luis Barrionuevo. El que no pierde ocasión de expresarse de manera desagradable, inapropiada, ciertamente vergonzosa para quien está en función tan honorable. Los que así se manifiestan parecen querer imponer la idea que cuanto más ignorante y maleducado uno se muestre, pues más y mejor trabajador será, más afín a la clase obrera se es. O cosas por el estilo...

Hay verdaderos esfuerzos por hablar mal, pero ni siquiera eso les sale bien, porque abusan del término fuerte y lo sitúan hasta donde no cabe de ningún modo. Lo que convierte al decidor en un grotesco, carente del ingenio y la chispa que acompañó a muchos personajes relevantes, y brillantes, que dosificaban la expresión más dura y la hacían pasar -con gracia- entre palabras que llevaban una idea ingeniosa. Cuando Duhalde manifiesta que estamos en un «país quebrado, fundido» no solamente debemos tomarlo por las cuentas de una economía ruinosa.

Las grietas de nuestra sociedad sudan decadencias de todo tipo, que involucra la confusión de la escala de valores, el desprecio por cierto marco general que rige usos y costumbres, la creencia de que la democracia es hacer lo que a uno le venga en ganas. Y un montón de etcéteras, que incluyen esa degradación de la educación y el idioma. Y si queremos salir del estado de quiebra, no solamente será con pedir ayuda al exterior, de tipo financiera, sino en un esfuerzo que abarque todo el abanico de la actividad humana. Lo que recompondrá ese estado de anarquía de normas también para lo que es el mundo de las finanzas y donde la falta de respeto por la palabra, o la letra convenida y firmada, se hizo moneda corriente y ayudando a esta pavorosa quiebra de la cadena de pagos que se ha estado acentuando. Todo está eslabonado para ser una sociedad de bien, respetada, o un conjunto de habitantes que viven en permanente estado de beligerancia y de decadencia. Las interpretaciones que se dan a ciertos hechos también pueden espantar, la pasividad con que se toman actos que merecerían la reprobación general en cualquier país del mundo y que aquí los asumimos como normal. Como, por caso, que entre dos jueces se pongan de acuerdo para que uno de ellos pueda saltar el cerco del bloqueo de depósitos y alzarse con lo suyo, actuando -de paso- como un oficial de Justicia, en persona. Se lo corrige, sin notarse una sanción ejemplar para ambos, pero -además- con la población reaccionando en contra de la Corte, por volver a esos vergonzosos jueces a la realidad. Lamentable.

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