Un punto a favor del nuevo ministro de Economía (dicho esto, desde la simple posición del ciudadano que recién lo conoce desde su discurso inaugural), que no pasa por la ponderación de sus medidas anunciadas, ni por virtudes profesionales supuestas. Solamente en la impresión de que dejó la soberbia a un lado, se mostró con su perfil no solamente humilde, sino muy pausado y reflexivo ante una audiencia que tenía los pelos de punta. Este ministro ratificó lo dicho por el nuevo Presidente, en cuanto al estado de «quiebra» de nuestras arcas. Al mismo tiempo, anunció que 1 dólar tendrá una paridad de 1,40 peso. Y esto suena a ficción. Es por donde van haciendo agua las imágenes que se valorizan, por su aspecto humano, aunque se desdibujan al adentrarse en los lineamientos. Entre un país que es la mayor potencia del mundo y otro que se declara en estado de quiebra, no hay principio de los conmensurable (una suerte de variante de lo convertible, que usaban los antiguos). La conclusión de ello es que no existe posibilidad de paridad alguna entre un dólar y un peso argentino. Al menos, hasta que el país demuestre que levanta esa quiebra virtual (y menos mal que la real está vedada a los países) y que puede cotejar su moneda contra otras de economías en marcha normal. Un dólar, para esto, equivaldría a infinitos pesos nacionales, nos guste o no...
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Podemos hacernos la película de que esto no es así, mover los hilos de los argumentos para que encajen de alguna manera en esa paridad de $ 1,40, a la que se califica desde la esfera oficial como sólida: pero, suponiendo que el dólar libre no podrá moverse mucho por la falta de pesos para comprarlo. No porque se crea que esa relación tiene algún asidero, sino porque se ha tejido ese corral para intentar proteger a la moneda. Con tales débiles argumentos se retoma el curso de la historia monetaria local, que tiene hasta la riesgosa prerrogativa otorgada ahora: de un Poder Ejecutivo que puede dar marcha adelante a la «maquinita» de hacer pesos, sin controles aparentes. Nos quitamos de encima la tercera moneda, anémica y vacua, verdadera trampa legal -aunque no legítima- para decir que no se salía de la convertibilidad. Eludimos también la intención última de Cavallo, de pasar todo a dólares de modo compulsivo, y llegamos a esta realidad de mezclar bonos con dinero, dólar con pesos, manipuleos imaginativos para salvar a cuanto deudor en dólares aparece en escena. El cauto, que prefirió endeudarse en pesos -a tasas mucho más altas- debería, entonces, pedir que le reintegren la diferencia con la cuota en dólares: porque era una sobretasa por no correr un riesgo devaluatorio, que -en verdad- nadie ahora ha corrido por la santa mano del Estado. Es justo. Informate más
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