10 de enero 2002 - 00:00

Cupones bursátiles

Si vamos a una caza de brujas en virtud de la devaluación y los cambios en los precios, podremos ver otro ángulo de una crisis que ya obtuvo varios episodios del todos contra todos, del todos contra unos, de un principio de persecución a quienes ganaron con el modelo de la última década (curiosamente, no se las tomaron con aquellos que dejaron a la sociedad indefensa, dando todas las condiciones a los que compraban). El señor Cornide, en apariencia el general en jefe de los cacerolazos y el que habrá de organizar hacia quiénes y cuándo desatar otro, apuntó lo suyo a las empresas de servicios privatizadas. No solamente se apropia de algo que no es de nadie, la salida espontánea de la gente, sino que fija enemigos a quienes ir a flagelar. Algo tan peligroso, como estar gestando agresiones de dudoso final y contra sociedades de capitales externos. Esto es solamente una muestra de indeseados desvíos, que se escudan detrás de un sano nacionalismo y lo convierten en fiebre chauvinista. O el no querer admitir que si hay productos donde el dólar participa fijando cambios, habrá que observar variantes en el precio final. A menos que se quiera otro «milagro» de confección, de medida local, como es el devaluar en 40%; y pretender que todo siga igual. Todo esto marca que hay serias turbulencias, ante el cambio de escenario, donde están allí nomás muchas tensiones controladas apenas, por esta tregua que se consiguió el nuevo gobierno y que intenta satisfacer a todos.

Lo que habíamos mencionado, respecto de las obligaciones que tienen el grueso de las sociedades cotizantes, con los títulos de deuda en dólares emitidos en estos años, se ve con precisión de cifras en el informe de la
Fundación Capital (que se publicara en Ambito, del pasado lunes). Cerca de 8.000 millones (y de los buenos, de u$s) es lo que deben las empresas de distintos rubros, a lo largo de cuatro trimestres. Allí no puede llegar la larga mano de un Estado benefactor, que quiere solucionarle el asunto a todo el mundo deudor y haciendo que la fiesta la pague, solamente, el acreedor. El acreedor externo espera los dólares y se felicita por haber cerrado el crédito desde hace bastante tiempo, a la mayor parte de las empresas nacionales. Tenían razón. Salvaron créditos gruesos en dólares y -de paso- evitaron que las sociedades locales se enterraran mucho más. Pero, con lo que tienen que levantar ya es suficiente, y ya hay tres ejemplos de default privados, uno de ellos que toma a nombre líder de la Bolsa. La «dispensa» es otra vieja palabrita que puede ponerse de moda, una de las escaleras de incendio a las que se apela para conseguirse tiempo, sin decir de frente que no pagarán. El chocolate se va a poner muy espeso, tanto en relaciones internas, como de argentinos con el exterior. Peligroso.

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