Lo de Acíndar resultó una realidad que prefería quedar camuflada en los densos problemas nacionales. Pero, existen serias grietas en lo que es lo intrínseco de la actividad bursátil, sobre cuyos orígenes mejor no adentrarse demasiado, porque llevaría muchos de estos cupones discernir: hasta dónde están los efectos del escenario y de la economía nacional, para ver desde qué límites se debe uno internar para ver las responsabilidades de los grupos de control. Y, de mínima, no puede expresarse una verdad universal que pueda explicitar los estados actuales de las sociedades, más allá de algunos aspectos singulares que pudieran involucrar a todas las actividades, magnitudes empresarias y estrategias aplicadas. Si hubiera que colocar dos mojones, en sociedades de largo historial, bien abiertos y a partir de los cuales integrar al resto: nosotros nos quedaríamos con Ledesma (por la excelencia en la toma de decisiones bajo etapas tan dificultosas) y en la otra punta colocaríamos a Comercial del Plata (como caso tipo estándar, de expansiones no bien estructuradas). Dejando, claro, la opción a los lectores de variar estos nombres y acorde con una alta carga de subjetividad en quien deba designar, con nombre y apellido, lo bueno y lo malo de toda una década. Que fue más todavía que infame, fue la que trajo consigo el virus de la partición de nuestra sociedad argentina en mil pedazos, la que hizo estallar toda escala de valores y de éticas, la que puso en cuero crudo esa lamentable premisa del «tanto tenés, tanto valés»: un tótem que exige el sacrificio de cualquier principio y solamente solicita la lucha despiadada por un escalón... Si tenemos lo bueno y lo malo, acaso podríamos incluir lo feo: para nuestro gusto, Garovaglio, porque representa a la sociedad que tuvo un acierto espectacular en hacer líquidos sus activos principales (unos 200 millones de dólares) pero, posteriormente, cayendo en errores comunes a las de los casos más complicados. Acíndar puso sobre la mesa, con ese pase a patrimonio neto negativo, lo mismo que se podía también observar en otras menores -como Estrada- al actuar hasta el hueso el efecto devaluatorio, sobre deudas en dólares. ¿Tuvo la culpa la economía del país, sobre compromisos de magnitudes siderales? La sociedad ya había tenido que incorporar a un socio brasileño, frente a la imposibilidad de enfrentar el panorama financiero de antes de la devaluación. No puede llamar a sorpresa, pero si es que se pretendían encontrar argumentos que cubrieron lo que se venía encima en los balances (mucho de esto) la suspensión aplicada por la Bolsa de Comercio a un papel insignia, de tanta tradición y símbolo de nuestro recinto de todas las épocas, así como de nuestra industria de base, tiene que caer como una bomba en el sistema. Pero, atención, como una bomba sobre un recinto ya bombardeado desde todos los ángulos. Y una bomba más, no quita ni agrega cuando solamente se pueden prometer: «sangre, sudor y lágrimas». Y aguante.
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