4 de junio 2002 - 00:00

Cupones bursátiles

«Otra votación como ésta y estoy perdido...», diría un Pirro en lugar de un Duhalde, después de observar el carnavalesco ambiente de la sesión donde apareció un legislador enfermo y se fue una senadora a cambio: para eso, lo hubieran dejado en cama al hombre... En fin, los festejos del final rememoraban los del día donde se declaraba el default argentino, y solamente con una voluntad política divorciada de cualquier realidad se podrá pensar en un proyecto de acuerdo con organismos internacionales, en base a ese simulacro de los legisladores, para sacar adelante la derogación de una ley.

El asunto es seguir tirando, a eso se resume el delinear de planes aparentes que se tratan y se lanzan: estrategias para permanecer, tácticas para ganar tiempo, y ahora el destino le da una mano con el «mes de fútbol» (claro, si los muchachos de allá andan derecho, o se puede convertir en otra frustración y la bronca descargada contra símbolos políticos). La verdad, de sacarse uno de esos pozos con los que tientan al juego, esas millonadas, ¿dan ganas de pensar en hacer algo, con este escenario? Leyes que se repugnan, pero se sacan con los votos necesarios. Otras, donde un legislador es capaz de hablar pestes, de aquello mismo que unos días después deja que se concrete (como la señora «Amanda»).

No nos arrimamos ni un centímetro, a meter al país en caja, a manejarnos con alguna seriedad en la mayoría de los campos necesarios para volver a sumar a la gente y a los capitales. Ese mismo día de la sesión de Harry Potter, en busca de la piedra filosofal, corrían trascendidos sobre querer reinstaurar una «convertibilidad» ¿En serio pueden creer que tal sistema se fundamenta, nada más, que en tener los dólares equivalentes a los pesos? Entonces, puede ser que muchos de nosotros no hayamos aprendido nada del disloque. O que muchos de los que proponen la receta no hayan entendido que el fuego se mantuvo encendido primero a leña de caridad, después buscando maderas por el fondo de la vivienda y terminando por romper las sillas, y la mesa, arrojarlas al fuego de una estabilidad que no podía existir bajo ese esquema forzado y artificial.


A los que dicen que con tal sistema, y funcionarios, estábamos mejor: habría que responderle que, para eso, estábamos mucho mejor en la medida que uno recorra nuestra economía hacia atrás. Cada década anterior fue mejor que la siguiente, porque nuestro derrotero de los últimos cuarenta años -y más también- fue la figura de una hombre rodando por la ladera, encontrando algo de donde asirse por algún tiempo, para proseguir su caída segura. Pero, hay quienes están buscando las soluciones en el mismo baúl de donde partieron los problemas (y la ruina). Como aquel que dijo:
«He leído una vez que el beber hace daño. Desde ese día, dejé de leer...»

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