6 de junio 2002 - 00:00

Cupones bursátiles

Junio amaneció con el cielo real cargado, lloviznas pertinaces, humedad brotando por las veredas, un clima sumamente fastidioso y donde los viejos dolores orgánicos vuelven por lo suyo, por si los hemos olvidado... Y junio amaneció con el otro cielo, el virtual y de los mercados, también sumamente cargado y con lloviznas que se hicieron granizos ante la entrada intempestiva de un presidente de Uruguay que no ocultaba nada de la opinión que -en general- le merecemos los argentinos. Todo un show mediático salvando ese lunes, donde pasaba poco para sacudir el ambiente, y una suerte de aclaración sobre el pucho que solamente un argentino sería capaz de realizar, aunque no con tanta maestría de secundaria como el titular uruguayo. Así que ahora, comentaba un amigo, no solamente nos tenemos que digerir los sapos vivos de un Amadeo, Alfonsín, Duhalde, Fernández, también empezamos con sapos importados... La verdad, hacen cola para opinar barbaridades de nuestro vapuleado país, por obra y gracia de gobernantes que han arrastrado no solamente a la economía... sino a la identidad, al sano nacionalismo y a un orgullo que hubiera generado una oleada de indignación, que no la produjo. Y fue la prueba fatal de cómo estamos...

En la Bolsa, nada parecía variar; esto debe entenderse como una jornada terminando en baja, con escaso volumen para acciones ordinarias, y con flojera en las columnas Merval. Y lo peor es lo que sucede por la plaza de Pérez Companc, la que decreció 19,8% en precios durante mayo y el índice lo hizo en 18,1%. A tal punto es su presencia transmisora de buenas y de malas, al ponderado.

Días atrás mostramos preocupación por la nueva asociación de empresarios, la que es presidida por Oscar Vicente y en reunión con representantes de empresas muy golpeadas; otras, seriamente complicadas. ¿Qué hace por allí un hombre clave de Pérez Companc, buque insignia de nuestras sociedades de Bolsa y fuera de ella? Solicitando que se haga una serie de esfuerzos tipo perinola:
«Todos deben poner algo...» ¿Para qué poner algo? Pues, para que salgan de sus problemas dolarizados los grupos de control de estas empresas, reunidas en número desagradable, «47» («el muerto») y requiriendo aportes de los acreedores, los accionistas, los managers y... el Estado. Un modo de socializar las deudas, cuando hemos sido conservadores a ultranza con las ganancias. Algo aquí no funciona, existe una gran confusión. Pero no solamente en las altas esferas oficiales, que es lo que se quiere hacer creer desde otros ámbitos y para que todo cargue sobre las ineficaces gestiones estatales. El revisionismo mejor que comprenda de pe a pa, y se entiendan reglas de juego, donde están los premios y los castigos: bajo cualquier sistema e ideología. Si acierto gano, si me equivoco pierdo.Y si pierdo, no le pido fichas al tipo de al lado. (O me echan del casino.)

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