6 de febrero 2004 - 00:00

Cupones bursátiles

Finalmente, siempre es por el lado de la ortodoxia, donde los mercados consiguen salir de situaciones complicadas. No significa que estén saldados los nudos, y altibajos, futuros, pero se logran los puntos de calma y un modo de aquietar las aguas: cuando volumen y precios van en la misma dirección. Jugar al «achique» fue la premisa de la semana, primero dando escasos resultados, después propiciando un rebote de magnitud. Ese salto de 2,4% del martes no estaba refrendado en lo que hacía la demanda, sino en una oferta que se fue a cuarteles, no hirió a las órdenes tomadoras y otorgó la tregua, para que el mercado pudiera intentar rearmarse. Después, lo que se hace en esa tregua, aquello que se plasma en las diferencias, ya forma parte de la personalidad de los que actúan. Había una evidente ansiedad por querer demostrar que la Bolsa seguía dentro de su tendencia anterior, que se podía reanudar el trayecto a más alturas. Y es lo que quedó pendiente de poder refrendar, con la fase que sigue: si es que cuando se mejore, el volumen comprador habrá de acompañar debidamente. Es la gran duda. Porque una retirada sobria de la oferta puede asegurar ciertos pisos, hacer que se traduzcan en rebotes, pero sobre un cerrarse de las filas vendedoras no se puede basar todo un movimiento hacia arriba.

Mientras nuestro presidente de la Nación -Néstor Kirchner- proseguía vilipendiando a los que compraron papeles de deuda nacionales, quebrando toda la ley de oferta y demanda de los mercados con el modo de entender: que el comprador tiene la culpa, del vendedor que no cumple. Nuestra plaza bursátil hacía los deberes, ceñida a la letra clásica. De privar la visión oficialista, los que tomaron acciones en los últimos momentos de la baja, sacando partido de cierta desesperación de los vendedores, no merecerían que les respondan al compromiso: porque son unos «codiciosos», que entraron a jugar como «en un casino» y sabiendo que eso era de alto riesgo. El castigo sería: no entregarles las posiciones. Y que se las aguanten.

O, si dentro de un tiempito, la soja baja estrepitosamente, no habría por qué pagarles a los productores argentinos: que estuvieron jugando a una suba atípica, fuera de los promedios de años normales. Ganar mucho, o pretender asirse a las condiciones establecidas y extraer de ello un buen negocio: es una falta grave, según el concepto de los altos funcionarios. Y el emisor tiene el derecho a repugnar sus compromisos, porque cuando sus títulos tenían determinada renta y estaban a niveles muy bajos: no había que comprarlos. Se ha llegado con ideas tan renovadoras, que se quiere hasta fundar nuevas leyes de mercados de riesgo. Y mientras se pasean por ahí, enarbolando tales argumentos, el sistema sigue respondiendo a lo que es su primera ley: la palabra. El compromiso. Se gane, o se pierda. (Por las dudas, no prestarle dinero a ningún funcionario: puede que después, pague lo que quiera y como pueda.)

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