El lunes, teñido otra vez de negro, en vez de atraparlo una nueva baja pareció que al Merval lo había enroscado una de esas boas que matan por asfixia, rompen huesos por doquier, y cuando lo tienen acomodado se lo degluten. Que viene una larga fila de huesos rotos, no caben dudas, es lo que puede explicar semejante caída libre y atravesando marcas sin presentar ninguna lucha. Como habiéndose detectado vendedores obligados a los que aplicarles una de las leyes más duras del mercado: en la jerga, «chuparles» las posiciones y ofreciendo cada vez menos, ante la seguridad de que se han quebrado las leyes de oferta y demanda: esto sucede cuando hay comprador, o vendedor, declarado y permanente. Nos recuerda, así como en una postal, las épocas del Banade y la Caja de Ahorro, saliendo de la plaza después de reventar el boom 1976 y colocando cantidades diarias, sin respetar ningún límite de precios. Eran posiciones en arcas de entidades oficiales, heredadas de vanos intentos de ponerse el Estado como comprador para evitar las bajas en la Bolsa. Llenos de títulos, no tuvieron mejor idea los funcionarios que anunciar la venta permanente en el recinto diario. Obviamente, fue una masacre en la caída de valores, posteriormente se detuvo el mecanismo y se resolvió vender «paquetes» por licitación. El asunto es que ese quiebre, con vendedor permanente, solamente se registra muy de vez en cuando y ante hechos que el ambiente considera de suma gravedad. Por caso, las veces en que se quiso instaurar la «nominatividad» sobre las acciones y donde la plaza se quedaba sin comprador a la vista. Ahora, cuesta creer que el sistema estuviera de tal modo complicado por sí mismo, aunque se sabía de un segmento de « opciones» que iría a herirse mucho y otro, de «cauciones», donde también se podían dar los casos de liquidación obligada ante la no reposición de garantías, después de cada baja fuerte.
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• De cualquier forma, esos 836 que se tocaron en el intradiario del lunes, eran casi para el asombro. Como si detrás de todo esto estuviera meneándose alguna «genialidad» de funcionarios, para con la plaza accionaria. No lo descontamos, hace poco se habló acerca de imposiciones a la compraventa de papeles, pero está todo tan mezclado en esa caída ya de niveles psicológicos que nos tenemos que quedar con lo único que sabemos: situaciones comprometidas, a las que la demanda les aplicó el hierro candente de llevárselas a precios insospechables. Desde los 1.200 de finales de marzo, a los casi 800 de mediados de mayo, es una contracción terrible para toda cartera. Y lo peor es que al querer salir, los vendedores colaboran en dar más madera al fuego. Tal vez para estos momentos haya algún otro resultado, no sabemos de ruedas siguientes. Pero, rebote o no, el derrumbe es todo un caso, y de lo peor en la historia bursátil moderna. Seguro.