20 de junio 2005 - 00:00

Cupones bursátiles

... Y dale con crear más imposiciones y cargárselas a las empresas. Lo más siniestro es que los fondos que aparecen con un rótulo, como financiar ciertas «obras públicas», y que puede poseer cierta extensión limitada terminan por ser utilizados en cualquier ocurrencia del gobernante y quedan como un gravamen eterno. Si desde aquellos primeros fondos del primer préstamo de la Baring (que debían utilizarse para construir el puerto y mejorar la infraestructura de la ciudad y sus alrededores, desviados a otorgar créditos blandos a los que tenían alguna vinculación política) se hubieran aplicado al objetivo enunciado: hoy deberíamos poseer un país tan moderno, como el mejor. Pero son de los dramas públicos argentinos que nadie -sea del color que sea- alcanzó nunca a modificar.

Si se está en el directorio de una sociedad de cierto porte y se deben clacular todas las imposiciones directas e indirectas, con las que se deberá lidiar en el futuro: acaso cause espanto ver de qué modo se va diluyendo la utilidad, que se va contrayendo ya desde costos que vienen trepando, que contiene esa porción irreal -por lo inflacionario que no se corrige- sobre la que también hay que recortar fiscalmente. Deberá estar preparado el inversor para ser benigno con resultados que se puedan ir adelgazando, por más que las compañías sostengan su fuente de ingresos.

Las cargas se podrán ir soportando, en la medida en que el mercado interno de demanda y la posibilidad exportadora a buenos precios resistan en el tiempo. Pero, al respecto, no hay más seguridades que el presente y un corto plazo proyectable. Lo que suceda más allá dependerá de los vaivenes, lógicos, que poseen los mercados y sus ciclos. A cambio, las empresas cuentan con una pesada seguridad en sus alforjas: los gravámenes van a seguir estando. Y si la situación de las cuentas del Estado empeora, una seguridad adicional, que le creen más imposiciones bajo cualquier argumento y con los rótulos más imaginativos.

Conviene al inversor bursátil tener muy en cuenta las proyecciones que realice, sobre la base de resultados del presente. El concepto del «precio/utilidad» deberá estar bien a la vista y sin dar por sentado que las cifras mostradas, cuando se vino remontando la cuesta desde el pozo de la crisis, puedan resultar repetibles -mucho menos, aumentables- para justificar cualquier nivel de cotización de las acciones. Hay muchas más agresiones que incentivos, sobre la capacidad de ganancias empresarias. Y siempre está subyacente la idea de que las sociedades «ganaron mucho», como para seguir desquitándose sobre ellas.

Si lo que se perfila toma todavía más cuerpo, hay que desestimar ciclo eufórico, o caer en sobrevaluaciones.

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