23 de noviembre 2005 - 00:00

Cupones bursátiles

No se notaron -en general- las incidencias creadas por el arribo de balances trimestrales. Una de las ocasiones del año donde casi toda la plantilla de acciones listadas ve la llegada de los números empresarios que las respaldan. Porque resultan presentación de los terceros trimestres, de las que rematarán en diciembre el ejercicio. Y los primeros períodos, de aquellas que concluyen en junio sus balances generales. Solamente queda de lado un pequeño grupo de las que poseen cierres atípicos y que no están ni en mitad, ni en fin de año.

Por supuesto, resultó un festival de estados contables que se acumularon sobre el 11 de noviembre, fecha límite, y hubo diversidad de cargas y de cambios. Tanto las confirmaciones de las que gozan de plena salud, como algún aflojar en sociedades que están sintiendo en lo profundo el doble juego de trepada de costos, muy por arriba de los aumentos de sus ingresos -como «servicios»- y el correspondiente restar de puntos de margen bruto. Todo quedó bastante apabullado por un mercado que empezó a «ratear» en sus motores, por falta de combustible de órdenes, y por allí se perdió buena parte del rasgo selectivo en virtud de lo que dijeron los balances empresarios.

Esta es otra faceta que ha ido mermando con el correr de los años, lejos los tiempos en que la sala de lectura de la Bolsa se veía abarrotada de gente ávida por conocer los resultados llegados y comenzar a obrar en consecuencia. En días siguientes, la dispersión de los números a través de los medios producía siguientes ondas bien marcadas, en los precios de unas y de otras. Las que habían decepcionado lo que se aguardaba, sufriendo de ventas y del recambio de posiciones, y el surgir en fuerte aumento de otros papeles, que habían recibido el espaldarazo de balances mucho mejores de lo que se esperaba. Resultaban los números empresarios, con toda lógica, verdaderos patrones de inversión y de formación de carteras. Pero, progresivamente, parece que el inversor y el operador se han quedado con rasgos mucho más rústicos: por ejemplo, juzgar a las acciones por la liquidez de mercado que poseen. Y poco más que eso...


También ello contuvo su lógica: por los constantes golpes de tendencia y sustos mayúsculos, que ponían en serios aprietos a los que querían salir de títulos que no estaban entre una docena de los llamados «líquidos». A una característica de mercado le sucede un cambio de hábitos en la opinión y en la actitud de operar. Por aquello de «la función hace al órgano», nos encontramos en una época en la que el movimiento del papel es casi excluyente para la elección. Y porque, en otra derivación perjudicial, casi no existe el pensamiento del mediano y -mucho menos- del largo plazo. Ni el inversor que atesore por años una acción, cobrando de ella sus dividendos. Todo al vuelo, todo al vuelo...

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