Algunos lectores nos preguntan acerca de la Petrobras «madre» -como acostumbramos a decir-, acción ya incorporada y que recibió una sigla bastante rara para identificarla con las cuatro letras habituales: APBR. Estábamos aguardando para incorporarla a los listados de la doble página central, ya que si bien se poseen las cotizaciones y una de las páginas está para debutar, nos falta saber acerca de la presentación de sus «estados contables». Ya se poseen las referencias, para nosotros irregulares, sobre la Telefónica española y la misma Tenaris, que no se brindan en pesos argentinos, sino en monedas de otras nacionalidades. Y con esta última ingresada, es probable que se corra igual destino de ver sus números en dólares. De ser así, será incorporada a la otra nómina, pero adoptaremos los simples «guiones», en vez de sus cifras. Simplemente, porque nos parece una falta de consideración total que aquellas sociedades que cotizan como «acciones ordinarias» en nuestro mercado, viniendo a tomar del ahorro local, no entreguen lo suyo en nuestra moneda corriente, la del inversor argentino. Su idea: puede efectuarse la conversión de euros, o dólares a pesos, y decimos sí, pero la tienen que realizar los emisores de títulos, no los inversores ni los medios que difunden informaciones para el público.
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Sin embargo, y en esto queremos ser coherentes con echar culpas hacia adentro y no hacia los de afuera, los responsables de aceptar semejantes presentaciones son los organismos de que se dispone en nuestro medio. Ninguna empresa, mucho menos las grandes e internacionales, van a hacer aquello que no se les permite. En contrapartida, sacan partido de toda facilidad que se les dispense. No sólo en Bolsa, un tema de menos trascendencia que cuando se trata de los grandes asuntos económicos. Como nuestros políticos siempre se quitan el sayo que les corresponde, gobierno tras gobierno se la pasan acusando al extranjero o al que posee una concesión de servicios, por supuestas falencias en inversiones, en tarifas, en comportamientos criticables. Sin reconocer que toda la culpa es de nuestros órganos de poder político, que pueden legislar adecuadamente en el principio de los temas, seguido de la negligencia de los órganos de control para que las sociedades cumplan con lo que deben. Pero es mejor desviar la atención de la opinión pública hacia los que apuntan como blancos y causales de todos nuestros males, que dejar que el ciudadano cargue sus iras contra quienes debería cargarlas: los que no saben defender debidamente los intereses nacionales, en los momentos justos.
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