Larry Fink, el inevitable socio del país y la llave para un acuerdo final

Economía

Maneja el Big Data privado (el Aladdin) más grande del mundo. Desde este sistema, conectado en sus oficinas de Buenos Aires, se monitorean permanentemente las ofertas y contraofertas para avanzar en la negociación.

The Big Short (La Gran Apuesta) es una película del 2015, donde Hollywood explica a su estilo la crisis de las “subprime” del 2008; el único evento financiero de la posguerra donde seriamente el sistema financiero de Wall Street estuvo a punto de colapsar. La clave del film fue identificar cinco casos donde diferentes personajes de ficción logran anticiparse al derrumbe bursátil y salvar sus finanzas. Uno de esos cinco casos es el de Jared Vennett, interpretado por Ryan Gosling. Se trata de un alto ejecutivo de Wall Street, CEO de un poderosísimo fondo de inversión; retratado con todos los lugares comunes de la ocasión: soberbio, bastante amoral y obviamente amante de la codicia, pero que, en un momento de lucidez, acepta el consejo de uno de sus asesores financieros y vende a tiempo todas sus colocaciones de seguros hipotecarios. Consigue así zafar de la crisis y posicionarse como una leyenda de los mercados.

Vennett es un personaje de ficción; pero, con el tiempo, los guionistas del film reconocieron que se trata de una recreación del rol que tuvo Larry Fink durante la crisis. Este, como CEO de BlackRock, fue de los pocos que logró superar el 2008 creciendo en sus activos y demostrando una notable capacidad de anticipación y reacción. Luego, en su participación en la poscrisis, Fink se convirtió en el principal referente del mercado de capitales de los Estados Unidos, y logró construir el fondo de inversión más importante de la historia. Maneja hoy una cantidad de dinero (u$s6.000 billones) que iguala a los PBI de Alemania y Francia unidos, y sólo que sólo es superado por las economías de Estados Unidos y China. Es tan grande que en estos mismos días, el Banco Central Europeo de Christine Lagarde evalúa seriamente limitar los avances de BlackRock sobre las empresas del continente en crisis; vía compra de acciones en cotizaciones por el piso.

Esto fondo de inversión es el principal referente de los acreedores internacionales, con los que el país debe negociar, y que aceptó el rol del “policía malo”, para discutir un acuerdo definitivo; en contraposición a los otros actores de este “Poker” que debe negociar el gobierno, que asumieron la posición de “policías buenos”, presentando ofertas más cercanas a la fallida de Martín Guzmán que venció el 8 de mayo. Sin embargo, todos los participantes de este juego saben que el destino final de las negociaciones (que deben terminar sí o sí el 30 de julio) necesitarán del aval de la casa de inversiones de Fink y sus socios principales en esta cruzada (Fidelity, Ashmore y Pimco). En total, este grupo asegura representar en conjunto un 25% del total de la deuda, con lo que tienen la llave del 75% necesario para que el acuerdo logre la legalidad correspondiente y cierre la posibilidad de un juicio en los tribunales de Nueva York.

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Como sucede en casi todos los países del globo (incluyendo tanto estados hiperdesarrollados como países como Irak o Afganistán); BlackRock es un socio de la Argentina; tanto en la economía financiera como en la real. Se estima que posee deuda local en vías de reestructuración por unos u$s3.000 millones; de los cuales casi unos u$s2.000 millones corresponden a títulos públicos emitidos bajo legislación extranjera, y, como tal, incluidos en la renegociación en marcha. Otros u$s1.000 millones son bonos lanzados bajo leyes locales, especialmente el Bono del Tesoro (BOTE) 2023 y 2026, lanzado el 14 de mayo del 2018, con Luis Caputo como entonces nuevo responsable del rescate de las famosas Lebac (en desmedro del BCRA); una operación que el entonces “Messi” del gabinete cerró vía telefónica moviendo sus contactos personales; colocando la deuda en manos de BlackRock y Templeton. La intención del gobierno de Macri era la de sostener el dólar en torno a los $ 25, desmantelando la presión de los pesos que se liberarían por el pago de las Leliq a cambio de un papel en moneda local que pagaría un 20% anual y que, con el tiempo, vencería la inflación. Se mencionaba incluso en esos días, que la llegada de estos inversores se debió a una intervención directa del gobierno de los Estados Unidos, en tiempos en los que Mauricio Macri y Donald Trump eran aliados económicos y políticos a nivel mundial. Con los BOTE, ambos fondos perdieron fortunas, lo que cambió radicalmente hacia delante la visión de BlackRock sobre el país.

El fondo más grande del mundo tiene además una presencia importante como socio de la Argentina en la economía real. No solo por su intervención como accionista de multinacionales de fuerte presencia local como Coca Cola, Bayer, Apple, Microsoft, Telefónica o Procter & Gamble (entre muchas otras); sino por su participación como tenedor de acciones de varias de las empresas más importantes del mercado de capitales como Mercado Libre, Tenaris, Grupo Galicia, Banco Macro, Telecom, Pampa Energía, TGN, Arcos Dorados y Adecoagro. Se supone que durante la crisis actual, varias de estas posiciones fueron vendidas, con lo que su participación podría haber disminuido. Pero donde más resonante es su presencia local, es como uno de los accionistas privados fundamentales de la perla del Estado argentino: YPF. El fondo posee 9,77 millones de acciones correspondientes al 5,67% de los papeles en circulación; posición en la que durante la pandemia internacional, como en el resto de sus tenencias en petroleras, perdió fortunas. En YPF, BlackRock es el segundo inversor privado luego del fondo mutualista Wellington, e ingresó en la petrolera en los tiempos en que el kirchnerismo abría el capital para sumar socios privados de nivel internacional, bajo consejo de los entonces buenos amigos de Repsol. El tiempo pasó, en abril de 2012 la petrolera se renacionalizó, los accionistas españoles desaparecieron, pero BlackRock mantuvo posiciones. Incluso se mostró “friendly” con el país ante el juicio que el fondo buitre inglés Burford inició por la operación de renacionalización, ofreciendo sus servicios de “amicus curiae” en el tribunal neoyorquino de Loreta Preska donde se desarrolla el caso.

Calificado en 2014 como “fondo buitre” por Cristina Fernández de kirchner (al tener acciones de la papelera Donneley que cerró sus puertas ese año); el compromiso del fondo de Fink como socio local llegó a la cima durante el gobierno de Mauricio Macri, con el que tuvo dos encuentros y cuando decidió abrir una oficina en julio de 2018 en el país, eligiendo dos impactantes pisos en la zona de Catalinas, desde donde fiscalizaría las enormes posesiones medidas en miles de millones de dólares que BlackRock tiene en Argentina y Uruguay. A tal punto llega esa interacción, que en esta sede local, y bajo todas las medidas de seguridad posibles, hay una interconexión con la verdadera llave del éxito financiero de BlackRock; al menos según la visión del propio Fink.

En una sala de estas oficinas funciona una terminal que opera online con el mayor tesoro del fondo de inversión: el sistema Aladdin. Se dice en Wall Street, y el fondo no lo desmiente, que se trata del Big Data más grande del sistema financiero mundial y uno de los mayores en operación, en competencia de igual a igual con muchas de las plataformas de seguridad y reconocimiento de personas de muchos de los países centrales del globo. A través de este sistema central de operaciones, BlackRock puede tomar decisiones de manera virtual sobre los movimientos financieras de todas las operaciones del globo, calculando lo que se tuvo, tiene o tendrá con determinada inversión concretada o de potencial importante. Aladdin calcula el riesgo de una acción o un titulo público, aconseja decisiones de compra y venta y evalúa escenario futuros. No sólo toma en cuenta la historia de esos papeles, sino quienes son los inversores interesados, logrando discernir hasta el grado de especulación de los demandantes u oferentes; con el objetivo de minimizar al máximo el riesgo de cada inversión. El sistema instalado en East Wenatchee, Washington, fue desarrollado (y es actualizado) en el mayor de los secretos en Palo Alto, California y es la base de la toma de decisiones para la incorporación o venta de activos de la otra joya de BlackRock, el ETFs iShares; el fondo de pensiones más grande del mundo, y desde donde BlackRock administra las actuales o futuras jubilaciones de millones de inversores de todos los países centrales (incluyendo mutuales) y que desde 2009 al 2019 aportó una ganancia de 80%. El propio Fink explicó este negocio, al hacer pública su desconfianza sobre la supervivencia del Estado de Bienestar según los criterios de la segunda mitad del siglo XX, basado (sobre cálculos de Aladdin) que la pirámide de aportes se achata a tal velocidad que no será sostenible en el tiempo. Lo que ofrece BlackRock es entonces una jubilación segura, más allá del país donde reside el aportante. El sistema Aladdin fue conectado con Buenos Aires varias veces en las últimas semanas; con el objetivo de concretar la prueba de carbono de la oferta de Martín Guzmán que venció el 8 de mayo. Obviamente la conclusión fue de rechazo. Lo importante es que esos resultados fueron distribuidos entre todos los bonistas en pugna, alimentando así la posición de rechazo generalizado a la propuesta que sólo consiguió un 18,6% de apoyo.

De eso se trata cuando se habla que Argentina está jugando un partido de Poker con los mejores “players” de Wall Street; y que el match sólo se ganará con profesionalismo. La oferta de Guzmán debe superar al gran Big Data de uno de los mayores jugadores del mercado financiero mundial. Tan grande que hasta fue objeto de una película de Hollywood con una megaestrella como Ryan Gosling como protagonista.

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