8 de octubre 2003 - 00:00

Diálgos en Wall Street

(Al igual que le ocurrió a su padre más de una década atrás, hoy George W. Bush enfrenta el dilema de que los frutos de la recuperación económica no se derraman sobre el mercado de trabajo. De modo que le complica lo mismo que a Bush padre la reelección. A continuación, las definiciones más relevantes del diálogo con un experto en mercado de capitales internacionales personificado como Gordon Gekko de la película «Wall Street».)

Diálgos en Wall Street
PERIODISTA: Desde febrero que la economía norteamericana destruía puestos de trabajo. Mes a mes, sin excepción. Pero setiembre aportó, por fin, la creación de 57 mil nuevos empleos netos. ¿Es una aberración -una golondrina que se equivocó de estación-o cambió la tendencia en el mercado laboral?

Gordon Gekko: En la medida en que se sostenga la recuperación económica, la creación de trabajo, tarde o temprano, va a acompañar.


P.:
Wall Street, estaba muy ansioso. Temía un mal número.

G.G.: No creo que la impaciencia sea una buena consejera. No en este terreno. Yo, sinceramente, me preocuparía más -muchísimo más-por los indicadores de actividad que por el informe de empleo.


P.:
No negará, sin embargo, que, hoy por hoy, el informe de empleo es el que acapara toda la atención...

G.G.: No negaré lo obvio. Pero se exagera su protagonismo. Mire, el ciclo económico anterior fue el más prolongado de la historia de los Estados Unidos. Duró diez años exactos. De marzo de 1991 a marzo de 2001. Fue una expansión formidable.Y creó muchí-simos empleos.


P.:
Unos veinte millones...

G.G.: Veinticuatro, para ser precisos. Ahora bien, en él se distinguen dos etapas muy diferenciadas.


P.:
No fue un proceso parejo.

G.G.: Nunca lo es. Los primeros dieciocho meses promediaron un incremento de sólo 39 mil puestos por mes (con una caída neta inicial y un repunte posterior). En los siguientes ciento dos meses, la cifra promedio saltó a 228 mil.

P.: Todo comenzó con la famosa «jobless recovery», la recuperación que no creaba empleos...

G.G.: Correcto. De marzo de 1991 a las elecciones de 1992 apenas se generaron unos 700 mil trabajos netos.


P.:
Muy pocos como para ganar una elección.

G.G.: Seguro. Aunque suficientes para escribir un libro que profetizaba la desaparición, lisa y llana, del trabajo.


P.:
«El fin del empleo» de Jeremy Rifkin.

G.G.: Así es. Publicado precisamente en 1992. En la antesala de un «boom» formidable del mercado de trabajo.


P.:
Suele pasar.

G.G.: Por eso le decía que la impaciencia era mala consejera. En fin, esa sequía laboral aunque temporaria tuvo algunas consecuencias definitivas.

P.: ¿Como cuál?

G.G.: Le cerró a Bush padre las puertas de un segundo mandato.


P.:
Digamos que amenaza convertirse en una maldición familiar...

G.G.: La analogía es llamativa. Padre e hijo enfrentan --con doce años de distanciauna situación muy similar. Una vez más se instala una recuperación y una vez más los frutos demoran en derramarse al mercado laboral.


P.:
Si yo fuese Bush, estaría lógicamente preocupado.

G.G.: Sí, pero como inversor en Wall Street, a mí no me corre el mismo calendario. Que la generación de nuevos empleos demore, después de todo, dice mucho sobre el aumento de productividad y muy poco sobre el potencial de creación de ingresos (y de empleo) en el mediano plazo.


P.:
Si es que el patrón se repite...

G.G.: Esta recuperación parece ser más «jobless» que su predecesora. Más avara a la hora de procurar empleos. Pero también es más robusta en términos de productividad. Y como la inversión y el uso de la capacidad instalada han declinado más, yo diría que la productividad total de factores muestra resultados todavía más sobresalientes.


P.:
La incógnita es saber si la reactivación de la economía se sostiene. Si no se apaga antes la fortaleza del gasto...

G.G.: Por eso le decía que me desvelan más los indicadores de actividad y de gasto que las lecturas que pueda recoger del mercado de trabajo.


P.:
Wall Street puede darse ese lujo, pero no Bush.

G.G.: Eso es muy cierto. Máxime ahora que Irak -el caballito de batalla que le permitió apoderarse de ambas cámaras del Congreso en noviembre-se ha transformado en un «boomerang» temible para la administración.


P.:
«Es la economía, estúpido». Ese era el latiguillo de un joven Bill Clinton para castigar a Bush padre.

G.G.: La economía estaba creciendo, había salido de la recesión un año y medio antes pero la percepción era otra. Y la principal razón enlazaba con la frialdad del mercado laboral. Bush hijo ha tomado nota de la lección. La política del dólar débil que empuja el secretario Snow es una evidencia. La estrategia de acusar en público a China y a los países asiáticos de manipular sus regímenes cambiarios y así perjudicar a los trabajadores norteamericanos es otra.

Te puede interesar