26 de junio 2001 - 00:00

Diálogos de Wall Street

PERIODISTA: Europa se desacelera y los precios suben. De una manera que debe resultar incómoda para el Banco Central Europeo. Tanto recato en la política monetaria, tanto celo antiinflación, y la suba de precios minoristas alcanzó 3,4% en mayo.

Gordon Gekko: Dado que el Banco Central Europeo (BCE) tiene un único objetivo de política -preservar la estabilidad de precios-, la incomodidad resulta más que evidente. Ahora bien, si el BCE no hubiese practicado esa tardía y, por ahora, única baja de tasas de interés en mayo, se encontraría en mejor posición.

P.: ¿Por qué?

G.G.: Primero, porque -buena o mala- tendría todavía en sus manos una política definida. Y una escala bien delineada de prioridades. Podría esgrimir que, después de todo, la suba de precios le dio la razón a su estrategia de permanecer al margen de la baja de tasas que le pedían los mercados (a la sombra de los recortes que con tanto entusiasmo practicaba la Fed). Si el BCE quiere invertir en credibilidad (decisión, a todas luces, necesaria), ésta es la manera de hacerlo.

P.: Quiere usted decir que no importa tanto el error como la coherencia.

G.G.: El éxito es lo que manda. Pero, a priori, cuando se escoge una política, no hay garantías. En cuyo caso, lo que uno puede asegurar es la consistencia.

P.: Ahora no queda claro cuál es la regla, cuál es el rumbo.

G.G.: La impresión que prevalece es que el banco ha quedado a mitad de camino. La suba de precios de abril y mayo lo complica. Si el BCE prefirió mantener estables las tasas de interés por la amenaza de una suba de precios, ahora que el alza toma mayor velocidad, ¿cómo se entiende la decisión de bajar las tasas?

P.: No se entiende. ¿Queda en evidencia un error de pronóstico?

G.G.: En términos de inflación, es difícil de creer. Hay una inercia alcista claramente definida desde comienzos de año; las lecturas de abril y mayo no se apartan mucho de la tendencia.

P.: El Banco Central tiene una meta de inflación de 2%. Con precios trepando 3,4%, resulta obvio que ha sido excedida. Pero esa lectura incluye el efecto de la suba del petróleo. En ese sentido, en Estados Unidos, el último registro marca un avance de 3,7%. En perspectiva, no parece tan terrible.

G.G.: Sucede que el objetivo de precios que persigue el BCE está definido en términos amplios. Sin exclusión. Ni de alimentos ni energía.

P.: No se refiere a la inflación «core», a la canasta que elimina los componentes más volátiles...

G.G.: No, señor.

P.: ¿Qué pasa cuando uno mira la inflación estrictamente desde ese punto de vista?, como se estila en Estados Unidos.

G.G.: El nivel es más bajo. La tendencia, la dinámica, es similar. Y, en mayo, la novedad es que también la medición «core», sin energía ni alimentos, superó el umbral de 2%. Por primera vez.

P.: No sabía.

G.G.:
Arrojó un avance de 2,1%. Es una lectura más baja -casi medio punto menor-que en los Estados Unidos (2,5%). Pero la Fed tiene la ventaja de que su mandato es menos tajante. Es, en realidad, un árbitro entre inflación y empleo. Ningún objetivo, en principio, prevalece sobre el restante. Esa ambigüedad se acentúa porque la Fed no es rehén de meta alguna específica de inflación. De hecho, si usted repasa las proyecciones tanto de crecimiento como de inflación que sistemáticamente realiza la Fed, se sorprenderá por la pobreza de su récord predictivo.

P.: En su momento, recuerdo que Wim Duisenberg, el titular del BCE, sostenía que Europa mantendría su crecimiento a resguardo de la desaceleración de los Estados Unidos. ¿No reside allí el error de pronóstico?

G.G.: Comparto esa impresión. No sólo ha habido un impacto, sino que este ha sido mayor que lo estimado. No sólo se equivocó el BCE, también yo pensaba que Europa iba a poder navegar mejor estas aguas turbulentas.

P.: ¿Qué pasó?

G.G.:
Uno puede pensar la crisis internacional como una matriz de doble entrada. Hay una crisis cuyo epicentro es la economía de los Estados Unidos y que dispara reverberaciones afuera. Pero si usted hace un corte transversal (es decir, a lo largo de los distintos países), detectará también otra crisis en la industria y, sobre todo, en la economía de la información, telecomunicaciones, todo lo que tiene que ver con la tecnología.

P.: No sé si le sigo el rastro.

G.G.:
Si usted estaba metido en el negocio de Internet, ya fuera en Estados Unidos, en Europa o en Mongolia, en una economía rozagante o en crónico estancamiento, la crisis tecnológica barrió con usted. De la misma manera que el «boom» previo también catapultó compañías que surgieron de la nada en todos los rincones del globo.

P.: O sea que Europa no estaba enteramente a salvo. Por más que, en su conjunto, las relaciones comerciales con Estados Unidos no fueran tan relevantes.

G.G.: Hasta ahí, creo que ese pronóstico era muy razonable. Lo interesante fue observar que, pese a que Estados Unidos estaba en el epicentro de la crisis (y aún lo está), el patrón de flujo de capitales no se revirtió de manera significativa. Desde ya que no hubo un reflujo hacia Europa. Ni siquiera una repatriación de las inversiones de portafolios cuando se produjo el derrumbe estrepitoso del NASDAQ. Imagino que el BCE tendría una estimación muy benévola en este terreno. Una mejor salida de capitales desde Europa hubiera apuntalado la demanda agregada dentro del área del euro.

P.: Lo que no sucedió. Como lo refleja el euro.

G.G.: Pese a que el BCE estimuló esa tendencia manteniendo las tasas estables y permitiendo la ampliación del diferencial de tasas con respecto a los Estados Unidos.

P.: Si no sucedió hasta ahora, parece difícil que ocurra.

G.G.: Estamos en un maratón. No se olvide. Todavía resta mucho trecho por recorrer.

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