22 de octubre 2001 - 00:00

Dialogos en Wall Street

PERIODISTA: Toda la incertidumbre que trasuntan los noticieros, y que deposita temprano en sus casas a la población, no se refleja, empero, en las cotizaciones de Wall Street. Nadie advertiría la inseguridad y los profundos cambios que sucedieron a los atentados si sólo mirase los precios de las acciones. ¿Cómo se explica?

Gordon Gekko:
Con suma dificultad. Antes de los atentados, la Bolsa lucía muy vulnerable; las personas, no. Uno podía perder dinero, el trabajo, pero no la salud. Un mes después de la implosión de las Torres Gemelas, los roles se han intercambiado. No es sencillo conciliar la persistente sensación de inseguridad personal con la súbita templanza del inversor en acciones. Uno hubiera pensado que el temor al ántrax iba a acentuar la fobia al NASDAQ. Pero no ha sido el caso.

P.: ¿A qué se debe?

G.G.: Es arduo encontrar motivos de entusiasmo en la situación presente. Pero la Bolsa siempre mira hacia delante. Anticipa.

P.: Descuenta un futuro mejor.


G.G.:
Esa es la novedad.

P.: ¿Qué ve ahora que no observaba antes?


G.G.:
La única manera de justificar estos precios es con una mirada que se desentienda de los inevitables problemas de corto plazo (incluyendo al ántrax) y que ponga el acento en un horizonte posterior en el que la baja de tasas y el estímulo fiscal comienzan a rendir frutos. Y finalmente prevalecen.

P.: No parece un escenario inminente.


G.G.:
Es difícil que ello ocurra antes del segundo trimestre de 2002.

P.: O sea, sostener el alza requerirá paciencia.


G.G.:
Toda la evidencia económica que recoja de setiembre y octubre deberá descartarla. Está contaminada. Quizás los números de noviembre pongan suficiente distancia de los atentados como para comenzar a buscar indicios de un repunte. O los de diciembre.

P.: Esa información no estará disponible hasta fin de año.

G.G.:
De acuerdo. Que esta hipótesis no se pueda contrastar hasta entonces, si lo piensa bien, es un argumento a favor de los compradores.

P.: ¿No es extraño que este optimismo surja de las cenizas del Bajo Manhattan?


G.G.:
Sin mediar los atentados, ni el recorte de tasas hubiese sido tan agresivo ni Bush se hubiera arriesgado a consumir todo el superávit fiscal en un año. No me parece extraño este brote de optimismo, pero me sorprende la rapidez con la que se ha llegado a una conclusión tan cruda. Todavía se suceden los funerales, pero Wall Street ya ha dejado atrás el duelo. Está de nuevo dos pasos adelante.

P.: Los atentados han servido como catalizador para la Bolsa.


G.G.:
Mi impresión es que han acelerado los tiempos. Bastó ver desmoronarse a las torres, un sólo día, para aceptar la idea de una recesión.

P.: Acabó la discusión.

G.G.: En el acto. Y en poco más de un par de semanas, ya teníamos una baja de un punto en las tasas de interés y más de 100 mil millones de nuevo impulso fiscal. Son decisiones, que en condiciones normales, se hubieran tomado igual, pero sin prisa, y no antes de fin de año.

P.: ¿Qué elementos de juicio hay para sostener un escenario de recuperación de la economía?


G.G.:
Es una apuesta. Basada en la vieja fe en Greenspan y en el entusiasmo a estrenar que reposa sobre la herramienta fiscal. Pero no deja de ser una apuesta con una carga alta de riesgos.

P.: Quizás los riesgos no sean tan altos. Las cotizaciones han retrocedido. Un error de cálculo a estos precios debería costar mucho menos.


G.G.:
No crea. Si toma las ganancias de las compañías como numerarios, el SP 500 -la canasta de las 500 acciones de mayor capitalización de los Estados Unidos-nunca costó tanto como la semana pasada.

P.: ¿Cómo es eso?

G.G.: La recuperación de precios del SP 500 -en un contexto de utilidades en franco declive-llevó a la relación precio/ganancias a un nuevo récord histórico, batiendo inclusive las marcas de comienzos de 2000.

P.: Entonces no hay mucho margen para la equivocación.


G.G.:
Eso pienso. Si un atisbo de mejoría no despunta en la economía hacia fin de año estaremos en problemas. Piense que se habrán quemado los últimos cartuchos de la política monetaria. Y todo el superávit. Si la economía no reacciona, si los negocios no repuntan, los precios -aun manteniéndose en los niveles actuales-tendrán mucha tela por recortar.

P.: Usted decía que en la Guerra del Golfo, cuando se lanzó el primer misil, lo peor, ya había pasado. Llevó dos meses aquella vez; menos de un mes, ahora. ¿Cree que la historia se repite?


G.G.:
La respuesta militar siempre es un bálsamo. Es un patrón recurrente en Wall Street. Más en un conflicto como el actual -o el de la Guerra del Golfo-en el que la ecuación militar no encierra ninguna incógnita.

P.: ¿Pero lo peor ya quedó atrás? Esta vez es el terrorismo lo que desvela, no la cuestión militar.


G.G.:
¿Cuáles son las probabilidades de un segundo atentado?

P.: Cómo saberlo.

G.G.:
En rigor ya hubo un segundo atentado en Cachemira (o en Toulouse). Y no afecta a Wall Street. Y si lo que hace falta es que el problema estalle en casa, tiene a mano la escalada de ántrax. Y tampoco gatilla una crisis, se dice, por carecer de masividad. Con ese criterio haría falta un evento espectacular, pero podría argumentarse luego que tampoco reproduce la sorpresa olímpica del 11 de setiembre. El inversor ha fortalecido el estómago. Esa es mi conclusión. Y dado que Bin Laden opera, en promedio y en condiciones más desahogadas, un golpe de envergadura por año; es más probable que la próxima debacle en Wall Street obedezca a la sequía económica que a los avatares del terrorismo.

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