La historia se repite. El 2 de abril del año pasado, el Día de la Liberación, el presidente Donald Trump lanzó la cruzada de los aranceles “recíprocos”. Se trató de una decisión unilateral de fuerte aumento de los impuestos a las importaciones provenientes de todo el mundo. La reacción de los mercados fue memorable. No solo porque se cayeron a plomo. El dato sobresaliente fue la fuga de capitales que se produjo en EEUU. Así se estrenó el fenómeno del “Sell America”. El dólar, los bonos y las acciones norteamericanos, todos ellos, se hundieron en simultáneo. Más que hacer América grande, la exuberancia comercial de prepo de Trump la encogió de inmediato. No quedó más remedio, una semana más tarde, que suspender el experimento. Era mejor guardar los aranceles recíprocos en el congelador por 90 días (y dejar en vigencia un gravamen universal de 10%) y evitar un momento Lehman. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, los popes de Wall Street y, sobre todo, el rojo de las pizarras, lo convencieron pronto al presidente. Ya tendría oportunidad de volver sobre el asunto – y así fue en agosto – pero de manera más sutil y sin agitar las aguas ni provocar la zozobra.
Donald Trump recula con Groenlandia para evitar que se arruine Wall Street
¿Irán, Venezuela, Groenlandia? La gente se queja de la carestía de la vida, de los precios altos que Trump prometió bajar el primer día y de otros asuntos domésticos muy alejados de la geopolítica.
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En octubre, los roles cambiaron. China – molesta por restricciones de Washington sobre sus compañías de tecnología - complicó la regulación para autorizar las exportaciones de tierras raras y Trump pegó el grito en el cielo. Amenazó a Beijing con aplicarle un arancel extra de 100% y anunció que cancelaba una reunión prevista con su par chino, Xi Jinping en el cónclave de Asean. Los mercados se asomaron a una reapertura inesperada de la guerra comercial bilateral y gatillaron un viernes sombrío. Pero no hubo lunes negro como se temía porque Trump reculó el fin de semana. Y suavizó su mensaje. Al final, la suba de aranceles no se efectivizó y China no cortó el suministro de minerales que son cruciales para la industria. Toda la gira asiática del presidente fue muy amigable, y los dos mandatarios acordaron una tregua comercial (que dura hasta el presente) y hasta una futura visita de Trump a Beijing.
Pero no hay dos sin tres. Esta semana, la ofensiva de Trump sobre Groenlandia (y Europa) desató un zafarrancho igualmente notable. Trump escaló su demanda sensiblemente después de su incursión en Venezuela y la captura de Nicolás Maduro. “Necesitamos contar con Groenlandia por cuestiones de seguridad nacional”, recalcó una y otra vez. A decir verdad, la primera vez que lo dijo fue en la Navidad de 2024, antes de asumir. La disputa estalló en el corazón de la OTAN. El territorio danés no está a la venta. Y Trump no descartó el uso de la fuerza para tomar su control. Lo curioso es que no fue hasta que mencionó la aplicación de un arancel de 10% a ocho países de Europa que se oponían a la operación que la sangre llegó al río. No hubo tampoco un lunes negro, pero fue solo gracias al feriado. La paliza en los mercados ocurrió el martes. Y un síntoma de descomposición potencial muy preocupante, el Sell America, hizo irrupción de nuevo.
Nueva marcha atrás
Esta película ya la vimos, pero se la proyecta cada vez con mayor velocidad. El miércoles, esto es, el día siguiente, Trump puso la marcha atrás. Desestimó cualquier intervención militar y habló de un principio de acuerdo – negociado con Mark Rutte, el político holandés que conduce la OTAN - para satisfacer los requerimientos de seguridad estratégica que desvelan a Washington en el Ártico. Desde ya, no regirá ningún arancel. Aunque nadie conoce el plan que Trump señaló como prenda de paz.
La historia se repite. La primera vez como tragedia, la segunda como farsa. ¿Y la tercera? Como guión previsible de historieta. Cuando Trump fue a la guerra comercial por los aranceles recíprocos en abril le llevó una semana - y una caída cercana al 20% del S&P 500 - revocar su actitud beligerante. Esta última remake, concluyó al cabo de una única rueda y un traspié de apenas 2% en el S&P 500. Un aumento de las tasas largas que no llegó a los diez puntos base fue suficiente para que el Tesoro aconsejara hacer flamear la bandera blanca y desescalar el conflicto.
¿Hasta dónde puede Trump romper las reglas a su gusto y adoptar una ofensiva muy beligerante en la arena internacional? Nadie duda de su poderío. Las intervenciones militares quirúrgicas en Irán y Venezuela dan fe. Sin embargo, no puede sostener una embestida de alto voltaje que no consiga un resultado relámpago. China ya le encontró la horma del zapato con su control de las tierras raras. Más allá de forcejeos episódicos, la confrontación entre ambos países hoy está bajo el paraguas de una tregua comercial y un “status quo” de no agresión. Violentarlo arrasaría la bonanza de Wall Street. Un límite que Trump no quiere franquear. Bastó un comentario de un analista de Deutsche Bank – sugiriendo que Europa podría tomar represalias y liquidar su posición de activos financieros estadounidenses – para que el secretario Bessent corriera a desmentirlo y hasta le pidiera al banco alemán su despido. Trump exhibe determinación, audacia y tenacidad, pero también un talón de Aquiles muy visible que resguardar. Debió recular en su empuje sobre Groenlandia para no arruinar Wall Street en el intento y cavarse una fosa en los pies.
Hay elecciones de mitad de término en noviembre. Las encuestas no dan nada bien. La agenda múltiple de Trump revela una desesperación por producir un golpe de efecto, o más bien, una sucesión de ellos, que tuerzan a su favor las preferencias. En los sondeos la gente dice que el presidente se ocupa de temas que no son prioritarios. ¿Irán, Venezuela, Groenlandia? La gente se queja de la carestía de la vida, de los precios altos que Trump prometió bajar el primer día y de otros asuntos domésticos muy alejados de la geopolítica. La fortaleza de la economía y de Wall Street – y el boom de la productividad - no derraman sus mieles sobre el mercado de trabajo. Trump no puede prescindir de ellos porque sería peor, pero sabe que no le alcanza (como le pasó a Biden y a los demócratas).
El presidente podría recortar la incertidumbre que promueven sus políticas. No lo hará. No está en su ADN. Su agenda no abandonará los temas álgidos. Sí sumará nuevos tópicos ad hoc. Por eso quiere aplicar un tope de 10% a las tasas que cobran las tarjetas de crédito o manda a las agencias Fannie Mae y Freddie Mac a comprar bonos hipotecarios para bajar las tasas largas que financian a la vivienda. Ni Biden pretendió tanto. Hasta no dar en la tecla del humor del votante no cabe esperar menos caos, sino más. La vulnerabilidad de Trump no se agota en el talón de Aquiles de Wall Street. Una derrota en las urnas le cortará las piernas a quien nunca se asumirá como un pato rengo. Y lo obsesiona esquivar ese destino. Aunque ello no lo vuelva más prudente, sino, como se dijo, hiperactivo.
Nada le sienta mejor al rally de los metales preciosos que esta combinación explosiva de un Trump que toma riesgos sobre el fleje, la espada de Damocles del Sell America y una Reserva Federal, amenazada también por Trump, que bajó sus tasas y planea volver a hacerlo al menos una vez más en 2026. La fiebre del oro es sobrepasada esta vez por la de la plata. Una economía robusta – que creció 4,4% en el tercer trimestre y según la FED de Atlanta podría trepar 5% en el cuarto – le sirve de aliciente diferencial. De ahí también se aferra la Bolsa y su mercado alcista. La volatilidad no le hace bien. Pero como esta película ya la vimos tampoco se asusta en demasía. Nadie quiere vender cuando Trump levanta la voz y lamentarse de haberlo hecho al día siguiente si pone la marcha atrás. Por eso el S&P 500 se ubica a apenas 0,88% de sus récords. Mientras las tasas largas no se disparen, y el secretario Bessent está pendiente de ello, la Bolsa no les prestará atención a las luces amarillas. Aunque sabe que el próximo capítulo – el reemplazo de Jerome Powell al frente de la Fed – puede ser traumático, confía en que la independencia del banco central se mantendrá. Si los propios senadores republicanos le fijan los límites al presidente, inclusive sin sobresaltos adicionales.
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