El día 91
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El sábado 1 de diciembre se adoptó una serie de medidas diseñadas por el ministro de Economía, Dr. Cavallo. El análisis de dichas medidas ha sido exhaustivamente realizado por la prensa escrita y oral. No me referiré, por lo tanto, a cada una de ellas, sino a lo que significan para la marcha del país.
El nuevo plan Cavallo no apunta a resolver los problemas económicos y sociales que nos preocupan. Es un arbitrio para enfrentar el desastre que se avecinaba. Según el gobierno, algunas de las medidas adoptadas son de carácter permanente, pero la mayoría regirá durante 90 días. Este compromiso plantea un muy serio interrogante: ¿qué ocurrirá el día 91?-. Se sostiene que durante esos tres meses la situación del país habrá mejorado a raíz del canje de la deuda pública, de la caída de las tasas de interés, de alguna recuperación económica, de un presupuesto nacional con «déficit cero» y de la restauración de la confianza. Entonces, las medidas de emergencia dejarán de ser necesarias. Pero ¿por qué esos hechos positivos habrán de producirse? Ojalá que esos resultados se consigan, pero será muy difícil alcanzarlos, sobre todo, si no se reconocen las causas de la precipitación de los acontecimientos que dieron lugar a las medidas comentadas.
El ministro Cavallo afirma que todo se debe a un verdadero ataque contra la Argentina que tiene un responsable a especuladores que son «buitres de la economía». Pero ¿por qué esos «buitres» han escogido como campo de acción a nuestro país? Esos especuladores indeseables y perversos no podrían tener éxito si la economía nacional (también la política) estuviera firmemente organizada. Ese profundo desorden existente en esos ámbitos crea las condiciones necesarias para que la especulación contra el país tenga éxito.
Las medidas adoptadas el 1 de diciembre no responden a ningún plan orgánico ni a una filosofía económica determinada. Son medidas tendientes a evitar una «corrida» bancaria o cambiaria, y se las explica aduciendo que tienen por objeto proteger los ahorros y depósitos del público. El Estado toma a su cargo esa tarea, pero lo hace a costa de limitar la libertad de acción de los propietarios de esos activos.
Una típica medida propia de los regímenes totalitarios.
Una vez emprendido ese camino, es muy difícil salir de él. Lo más probable es que, poco a poco, la coacción se vaya acentuando. Pronto veremos hacia qué lado nos inclinamos.
• «Por el déficit se pierde la libertad» (Rueff)
En el trasfondo de la economía argentina en los últimos cincuenta años el factor dominante ha sido el déficit del presupuesto nacional. Ese déficit es el gran responsable de la decadencia del país que nos llevó del séptimo lugar que ocupábamos en el mundo hasta 1945, al septuagésimo u octogésimo que ocupamos ahora. Hemos consumido gran parte de la riqueza heredada, gastando más de lo que producíamos, y finalmente, hemos terminado por arruinar el país.
Durante casi diez años, traté de poner en evidencia ese fundamental problema. Todos los años, en oportunidad de discutir en la Cámara de Diputados el presupuesto nacional, formulé, sin ser escuchado, claras advertencias acerca del camino que estábamos recorriendo. La tesis era la siguiente: «El déficit de presupuesto va creciendo año tras año, y es necesario alcanzar el equilibrio para recuperar el dinamismo que en 50 años había hecho de la Argentina un gran país. El déficit nos arrastraba hacia una decadencia progresiva durante la cual se suscitarían graves crisis poniendo en peligro a la República».
El déficit debía ser de alguna manera financiado. La lección de que la emisión monetaria no era la solución para hacerlo había sido dolorosamente aprendida al desembocarse en la hiperinflación en 1989. ¿Qué podíamos hacer entonces? Se decidió primero vender las empresas del Estado, aunque no para reducir el endeudamiento, sino para aumentar los gastos del presupuesto. Quedaba el recurso de obtener préstamos en el país y, sobre todo, en el exterior, y con ello se equilibrarían las cuentas. Pero ¿qué pasaría si los prestamistas nacionales y extranjeros restringieran en un momento dado los créditos al país? Y ese desenlace que inexorablemente habrá de producirse si continuamos con la política de endeudamiento para financiar los gastos improductivos del aparato estatal.
Hoy hemos llegado a esa encrucijada. El crédito nos ha sido cortado y estamos recurriendo a falsas monedas (patacones, Quebracho, LECOP y otros sustitutos de la verdadera moneda) para sostener el país en un estado de supervivencia signado por la recesión y el desempleo.
Como se ve, la situación actual era predecible hace ya más de diez años. Es el déficit y no los «buitres de la economía» el causante del desorden que estamos viviendo.
Quisiera recordar la admonición de Rueff (artífice con De Gaulle en la recuperación francesa de 1959) contenida en la afirmación de que «por el déficit se pierde la libertad». No hemos llegado todavía a ello, pero algunas de las medidas recientemente adoptadas llevan en sí el germen de un desarrollo de esa naturaleza.
Desde 1946 a 1955, vivimos un proceso de esa clase. Espero que no se repita, pero hay que estar muy alertas ante las tendencias que nos arrastran hacia ese proceso.
• El día 91
El gobierno ha señalado que las medidas tendientes a controlar y regular el mercado financiero tendrán una duración de 90 días. Ello abre un ominoso interrogante: ¿qué pasará el día 91? Si el nuevo plan Cavallo ha tenido éxito, el país reanudará su curso normal y este paréntesis de tres meses pronto será olvidado. Pero, si el plan fracasa, ¿qué pasará en la Argentina? Las perspectivas en este caso son ciertamente dramáticas. No voy a formular un pronóstico acerca de la probabilidad de ese éxito o ese fracaso. No quiero en manera alguna interferir en los esfuerzos que se están realizando. Pero creo que es indispensable que para el día 91 se cuente con una alternativa política y económica capaz de resolver la crisis. Durante estos tres meses, el presidente de la República debe consolidar su manejo político a través de la concertación nacional anunciada o de cualquier otro método que juzgue conveniente. Pero, durante ese lapso, un pequeño comité de no más de cinco a diez economistas políticos tiene que preparar un plan de acción para aplicar a partir del día 91. Así se hizo, como ya he citado, en Francia en 1959 bajo la autoridad indiscutible de De Gaulle y el prestigio de Jacques Rueff como presidente de un comité ad hoc.
Desde nuestro punto de vista, ese plan debe ser definidamente liberal. No caben las terceras vías ni las conciliaciones sobre principios básicos. Desde 1992 hasta la fecha, ha imperado un sistema mixto que es criticado con razón y al cual se denomina neoliberal. Sólo un verdadero enfoque liberal puede resolver los problemas del país.




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