El dólar, más una ratonera que refugio para inversores
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Sin embargo, cuando se pretende medir los movimientos de capital surge la primera sorpresa. En los registros de julio y agosto, los flujos esperados brillan por su ausencia (no hay datos disponibles de setiembre). Peor aún, lo que las cuentas internacionales acreditan es una salida neta de capitales desde los EE.UU. por 34 mil millones de dólares en el bimestre. A lo largo de 2007, cuando todavía un dólar maltrecho arrastraba el ala, la entrada neta de recursos superó, en promedio, los 105 mil millones de dólares cada dos meses. Conviene recordar que el déficit comercial sigue vigente. El rojo de julio y agosto totalizó 120 mil millones de dólares que hay que financiar primero para que después se produzca una demanda excedente de dólares.
El apetito creciente por el dólar y por los activos denominados en dólares no reluce en la estadística oficial. Los extranjeros, que compraron activos estadounidenses de largo plazo por un neto de 172 mil millones de dólares en mayo-junio, liquidaron posiciones por poco más de 34 mil millones de dólares en julio-agosto (y se llevaron a casa amortizaciones por 27 mil millones). Los estadounidenses que adquirieron activos internacionales de largo plazo por 35 mil millones de dólares en mayo-junio, los vendieron por 57 mil millones de dólares el bimestre posterior.
Corolario número uno: no es la atracción lo que prevalece, sino la voluntad de repatriación.
Corolario número dos: en agosto es notable la caída en el volumen bruto de los movimientos de capitales. Entre 25% y 18%, según diferentes renglones. No sorprendería que setiembre haya sido peor. En consecuencia, los saltos en las cotizaciones no sólo reflejan los avatares de las corrientes de capital, sino también una drástica reducción de la liquidez secundaria.
Corolario número tres: se observa un corte tajante en las preferencias. Los extranjeros acumulan títulos del Tesoro, pero, como no lo habían hecho hasta fines de junio, son vendedores sistemáticos de acciones, bonos corporativos y, sobre todo, obligaciones de agencias hipotecarias. De estos últimos papeles, liquidaron 80 mil millones de dólares en el bimestre analizado. Se desligan de todo lo que huela a riesgo.
¿Cómo conciliar la intuición y la realidad de un dólar firme que se palpa en los mercados con las cifras rigurosas de la contabilidad de los flujos de capitales? Los guarismos de setiembre quizá despejen alguna incógnita. Es arduo conciliar el aumento en las tenencias de activos en custodia ante la Fed sin una correspondiente entrada neta de capitales oficiales. Los movimientos de corto plazo no capturados por la estadística presumiblemente encierren otra parte de la explicación. Que no exista una atracción especial por los EE.UU., en cambio, no debiera llamar la atención. Después de todo, la moneda más firme de todas no ha sido el dólar, sino el yen. Y nadie considera necesario esbozar una teoría que justifique las inversiones en Japón. Como los arbitrajes (carry trades) se desmontan a todo vapor, tocó la hora de la revancha de las monedas de financiación. Ya se describió la existencia de un faltante estructural de dólares en la medida en que la crisis inmobiliaria destruyó el valor de las hipotecas en las carteras de los bancos internacionales, pero dejó en pie las obligaciones en dólares que las financian. Que la Fed ofrezca su moneda sin limitación alguna al Banco Central Europeo, el Banco de Inglaterra y el Banco Nacional de Suiza es un termómetro que mide el pico persistente de la fiebre. No es el amor por la divisa, sino el espanto de una mala posición lo que moviliza. En este terreno, no rige la teoría del refugio, sino la menos pomposa -aunque cruelmente eficaz- del dólar como una ratonera.




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