El país enfermo de un Estado corporativo
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En la peor crisis económica y social de nuestra historia, la tentación de redistribuir ingresos desde los que más tienen hacia los de menores recursos es muy alta. ¿Es esto posible? Ya hemos expropiado los ahorros con el default y la pesificación, hemos congelado las tarifas y reimpuesto derechos de exportación y, sin embargo, estamos peor que en diciembre de 2001 en materia distributiva. El punto es que los límites para cualquier política distributiva son escasísimos en nuestro país. No es posible gravar diferencialmente a los que más tienen, pues se llevan su capital o emigran. Así los impuestos siempre los terminan pagando los de abajo, con bajos salarios o desempleo. Tampoco es posible con procesos migratorios que nos dejan sin lo mejor de nuestro capital humano y nos traen pobreza de países limítrofes.
Por otro lado, cualquier política distributiva a través del gasto requeriría un Estado a la europea. Estamos a años luz de eso. Salvo honrosas excepciones, el sector público carece de un servicio civil meritocrático y honesto, hecho que no podrá revertirse por muchos años, aun si empezamos a corregirlo seriamente hoy. El distribucionismo, al igual que el endeudamiento imprudente, es una vía utópica para el crecimiento. Los aparentes beneficios de corto plazo, si es que existen, tienen costos descomunales de descapitalización en el mediano plazo. Sólo creceremos sostenidamente cautivando al capital (para lo cual hay que respetar derechos de propiedad y tener impuestos moderados), teniendo un capitalismo competitivo y un sector público austero y equilibrado. La solidaridad social tendría que ser la excepción, no la regla que mata la gallina de los huevos de oro de la iniciativa privada sana, no corporativa, no prebendaria.
• Complementos
Esta idea del distribucionismo se complementa con otras que cada vez tienen más rating político, como la de la libre circulación de personas en el Mercosur, el Parlamento Común del Mercosur, la moneda única del Mercosur, la pelea en común contra la globalización, contra los organismos multilaterales de crédito y, detrás de esta alianza geopolítica, toda la artillería de planes del Estado socio del sector privado como la compra de autos con BODEN, la construcción de viviendas con el mismo título, etcétera. O sea, pretenden que seamos parte de una gran nación latinoamericana... llena de pobres. Para colmo de males, frente al peso relativo de Brasil, no nos quedaría otro rol que el del socio minoritario a merced del control brasileño.
La verdadera alternativa es mantener nuestra identidad política e integrarnos inteligentemente al mundo. Las experiencias que fracasaron deben ser muestra de lo que hay que cambiar. El ejemplo exitoso de otros países comparables debe ser el modelo a seguir. Porque, en definitiva, el debate hoy en nuestra sociedad mirando hacia delante no es tanto si tendremos una hiperinflación (nuestros políticos han aprendido después de Alfonsín que la híper "mata" políticamente) o el dólar alocado (Duhalde estuvo a punto de renunciar a mediados de este año, cuando en cuestión de pocos días el dólar se acercaba de 2,5 a 4 pesos), sino qué reformas de fondo hay que hacer para tener crecimiento sostenible y salir de la pobreza.
Continuar por la senda del capitalismo "trucho" (en cualquiera de sus dos variantes) que nos ha empobrecido es una alternativa sin futuro. El camino correcto es el chileno, país relativamente pequeño que ha fortalecido su identidad política con un auténtico capitalismo competitivo abierto al comercio internacional, con disciplina financiera y prudencia fiscal. Pero lamentablemente, luego de que el estrepitoso fracaso de la convertibilidad fuera precedido por una década de apoyo incondicional por nuestro establishment, el FMI, casi todo el mundo financiero internacional y gran parte de nuestros liberales, la supuesta "razón" ha quedado del lado de los mismos del "vivir con lo nuestro" del '83, que quieren un país en autarquía, con un Estado fuerte desconectado del mundo para expropiar y redistribuir. Esta no debe ser la respuesta al fracaso de la última década, pero lamentablemente para nuestro país, el consenso que tiene es cada vez más grande. Los "monstruos" que creíamos definitivamente muertos han resucitado como el ave Fénix...
En el año 2000, el director indio Manoj Night Shyamalan ("Sexto Sentido") dirigía la película "El protegido". En ella, Bruce Willis, que se salvaba milagrosamente de un terrible accidente que sufría en el tren en el que viajaba, demostraba tener poderes sobrenaturales para el bien, conocía a su opuesto (Samuel Jackson): el mal. La crisis fue nuestro accidente, pero lejos de demostrar poderes sobrenaturales para el bien, parecemos atrapados en una "indigencia cultural" que nos lleva a diagnósticos totalmente equivocados.




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