Varios indicadores muestran que la economía y la sociedad están atravesando un ajuste sin precedentes. Aquellos que más llaman la atención del público, como es lógico, se centran en estadísticas laborales y sociales tales como la tasa de desempleo o el porcentaje de hogares por debajo de la pobreza o de la indigencia, o la distribución de los mismos entre los grupos de la población. Para los macroeconomistas existen además otros datos básicos que diagnostican mejor qué es lo que está detrás de estos y otros resultados. A partir de los datos disponibles de estadísticas de cuentas nacionales y públicas, varias estimaciones dan cuenta de varios cocientes o «ratios» que muestran un costado casi bestial, y menos entendible para el público no especializado, del ajuste por el que está atravesando la economía.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Dos de esos «ratios» sirven como ejemplo o ilustración: por un lado, el ahorro nacional de la economía y, por el otro, el gasto primario del sector público, ambos como porcentaje del PBI. Por el lado de las cuentas nacionales, y haciendo uso de la identidad básica contable de la macroeconomía (que lleva a que el ahorro nacional más el ahorro externo es igual a la inversión), estimaciones privadas del segundo trimestre de 2002 indicarían un ahorro nacional, a precios corrientes, cercano a 25% del PBI, para financiar tan sólo un coeficiente de inversión bruta interna fija de tan sólo algo más de 10% del PBI y sostener un desahorro externo descomunal y sin precedentes de casi 15% del producto.
Por el lado del gasto público primario, sumando Nación y provincias, el mismo se ubica en el segundo semestre de 2002 en niveles nunca antes vistos de 18% del PBI, representando un ajuste de casi 7% del PBI respecto de todo el 2001 y en comparación con los promedios de la década pasada (era casi 25% del PBI en los años '90 y había sido de 27,5% del PBI en los '80). •Lección
Aún abriendo un margen para los errores de estimación (dado que son datos no oficiales) y dejando a un lado el debate sobre la sostenibilidad y los perjuicios o bondades de estas cifras. ¿Qué indican estas mediciones? Son tal vez la mejor fotografía de las consecuencias de «lo que no hicimos» en su momento (ser austeros y ahorrar en épocas de vacas gordas) y son a su vez la mejor lección de lo que tenemos que hacer hacia adelante.
Vayamos al tema del ahorro y la inversión. Una economía consume en el presente, o bien ahorra para invertir, crecer y consumir más en el futuro. El ahorro nacional es la base del esfuerzo del ahorro y se divide entre el ahorro privado y el ahorro del sector público. Luego está el ahorro externo, que se encuentra formado por lo que el resto del mundo nos da en bienes y servicios reales (nos vende por encima de lo que nos compra) y las transferencias financieras, permitiéndonos invertir más de lo que lo haría nuestro ahorro nacional. Ese ahorro externo se acumula en pasivos externos (con el resto del mundo) que tarde o temprano tenemos que repagar.
Pero en condiciones de desarrollo incipiente, las oportunidades de inversión se realizan con la ayuda del ahorro externo, porque de otro modo el esfuerzo de ahorro nacional sería demasiado duro, implicando un nivel de consumo presente muy bajo. En economías integradas al resto del mundo, la inversión se «despega» del ahorro nacional pudiéndose invertir y crecer más. Pero en economías «autárquicas», que siguen el celebrado (solamente aquí) principio de vivir con lo nuestro, toda la inversión tiene que surgir del «sudor» del ahorro nacional. El problema es que estas economías, por la baja calidad económica e institucional, degeneran en economías inestables que fugan capitales y en donde el esfuerzo de ahorro debe ser mucho mayor. En otras palabras, vivir con lo nuestro degenera en vivir muy por debajo de lo verdaderamente nuestro. Una parte se va al exterior.
•Ejemplo
Los trabajos empíricos sobre el ahorro y la inversión en el mundo separan las economías dinámicas como aquellas que pueden generar elevadas tasas de ahorro nacional y su propio dinamismo les permite captar ahorro externo, sostener una elevada inversión, crecer y protegerse de la vulnerabilidad de los shocks externos. Chile es un ejemplo claro, con un ahorro nacional sostenible muy superior a 25% del PBI pero donde las políticas austeras del sector público agregan, dependiendo del ciclo, casi 5 puntos al esfuerzo de ahorro.
En cambio, la Argentina es un ejemplo de debilidad manifiesta. Durante las últimas cuatro décadas, la economía argentina tuvo un pobre desempeño en materia de ahorro nacional (nunca superior a 20% en tiempos normales), fundamentalmente debido a la debilidad del ahorro (en realidad desahorro) del sector público, pero también a la baja respuesta del ahorro privado en parte por la ausencia de instituciones que canalicen bien el mismo y en parte porque las políticas macroeconómicas inconsistentes llevaron al sector privado a decisiones erróneas.
La ausencia de políticas austeras y prudenciales que llevaron al uso excesivo del ahorro externo en tiempos de expansión económica dejaron desguarnecida la economía y alimentaron la crisis. Así se pasó del calor al frío en poco tiempo y se actuó de modo perversamente «pro-cíclico»: es decir, porque no se ahorró cuando se tenía que ahorrar se terminó ahorrando en exceso en medio de una profunda recesión. El sobreajuste es el resultado de no haberse preparado con un esfuerzo de ahorro esparcido en el tiempo. Así, el resultado estimado del segundo trimestre de 2002 es una caricatura exagerada del sobreajuste: una economía que hace un esfuerzo descomunal de ahorro de 25% del PBI para invertir sólo 10% del PBI. La lección de los años '90 es, otra vez, sobre la inevitabilidad del sobreajuste «a lo picapiedra» por esquivar o negarse a realizar un esfuerzo suave y esparcido en el tiempo. Más allá de los datos del sobreajuste, en el fondo es el tema de la gobernabilidad el que domina esta reflexión: así nos fue por haber tenido, y tener hoy, una mala gobernabilidad en sentido amplio y sobre todo en cuanto a instituciones económicas, que nos permitieran dar lugar a un ahorro sostenible. Y así nos va a ir hasta que no mejoremos sustancialmente en este plano. Cuanta peor gobernabilidad se tiene, tarde o temprano se tiene más ajuste primitivo. Por eso ahora tenemos un bestial sobreajuste y mañana vamos a seguir sobrejustando si no mejoramos la gobernabilidad política, económica y contractual, y pensamos en los mecanismos públicos y privados para generar ahorro sostenible. Es cierto que también importan los shocks externos. Esos shocks terribles que explican nuestra volatilidad agregada estuvieron antes y van a estar mañana. Pero otros países que sufren los mismos shocks no realizan los sobreajustes a lo bruto que hacemos nosotros. La diferencia está en la gobernabilidad, eso es lo que se puede y se tiene que cambiar.
La austeridad y la gobernabilidad van de la mano. Hace casi 490 años, Niccolo Machiavelli escribía de puño y letra: «Así debe proceder todo príncipe inteligente, sin estar ocioso en tiempos de paz; debe hacer acopio con habilidad de todas esas cosas para servirse de ellas en la borrasca y que, cuando muda la fortuna, lo encuentre preparado a resistir». ¿Qué más se puede agregar?
Dejá tu comentario