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Abordaremos el desafío desde dos ángulos. Primero desde la supuesta fortaleza de contar con un tipo de cambio flotante. Segundo, desde la vulnerabilidad que implica el sesgo procíclico de la política económica.
Las autoridades económicas, y en particular el presidente del Banco Central, han sostenido que el tipo de cambio flotante es un bono pro estabilidad. Y que una interrupción de los flujos de capitales no tendría más repercusiones que una depreciación del peso. En otras palabras, que el tipo de cambio flotante absorbería el shock externo: el peso se deprecia y el déficit de la cuenta corriente se corrige, sin consecuencias graves sobre la actividad económica interna. Pero claro, eso presupone que el ajuste lo hace la depreciación real del peso. Vale la pena remarcar que es la depreciación real y no solo la depreciación nominal del peso lo que sirve al ajuste. Y ese es un tema central en Argentina, porque si la devaluación nominal se traduce a precios, el mecanismo de ajuste deja de estar disponible. Además, el régimen puro de flotación habría sido sustituido por otro con intervenciones de la autoridad monetaria; al menos así se desprende de sus ventas de dólares de los últimos días y en tanto ha comunicado su intención de seguir interviniendo para evitar movimientos bruscos del peso. Tal como sucede en los casos que la interrupción y eventual reversión de los flujos de capitales se da con tipo de cambio de fijo o controlado, la pérdida de reservas internacionales del Banco Central se convierte en la variable de ajuste. Y, todos sabemos, las reservas no son infinitas y, por lo tanto, las intervenciones tampoco pueden durar indefinidamente.

Veamos ahora las consecuencias del sesgo pro-cíclico de la política económica. La respuesta normal frente a un sudden-stop es que se adopten políticas expansivas: el déficit fiscal, de aumentar, se financia con el Banco Central o con endeudamiento interno; la política monetaria, por su parte, se relaja y se deprecia la moneda.
En economías con políticas pro-cíclicas, sin embargo, la política fiscal se debe volver contractiva porque no hay financiamiento ni ahorro previo acumulado; la política monetaria, en tanto, podría volverse algo más expansiva pero, en algunos casos, tal como lo planteamos más arriba, la autoridad monetaria podría verse obligada a intervenir en la punta vendedora del mercado de cambios para evitar depreciaciones bruscas, lo que significa que absorberá pesos renunciando a su capacidad para darle un sesgo expansivo a sus decisiones. También podría intentar aumentar las tasas de interés para reducir la salida de capitales, lo cual también implica un sesgo contractivo de su política monetaria.
Por lo tanto, el mecanismo automático de ajuste al shock externo no es tan automático y la actividad económica, lejos de permanecer inafectada, sufre los efectos del mismo.
En síntesis, la incertidumbre nominal es alta y la vulnerabilidad a cambios en el escenario externo también. Ni una ni la otra son neutrales. Tienen costo en materia de actividad económica, aunque los datos sigan mostrando, por el momento, que el crecimiento continúa.
* Director de Perspectiv@s Económicas.




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