El board del Fondo Monetario Internacional, presidido por Horst Köhler, convocó el lunes a los principales académicos expertos en la Argentina para analizar la situación general del país, la viabilidad de su programa económico y la conveniencia o no de destinar un auxilio financiero adicional. Por el Fondo, además de Köhler, estuvo el directorio en pleno -Anne Krueger incluida-, además del encargado de operaciones especiales, Anoop Singh. Los invitados fueron una decena: Olivier Blanchard (MIT), Sebastián Edwards (UCLA), Ricardo Caballero (MIT), Michael Mussa (Institute for International Economists), Martin Feldstein (Harvard), Aarón Tornell (UCLA), Victorio Corvo (Harvard), Ricardo Hausmann (Harvard) y Jeffrey Sachs (Harvard), quien apareció por medio de una teleconferencia.
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Si bien los funcionarios del Fondo hablaron poco y nada, todos los participantes quedaron con varias impresiones bien definidas. En principio, es difícil que haya una ayuda adicional si se tiene en cuenta el estado actual de la política económica. Sí se coincidió en que el Fondo debería bendecir de alguna manera que la Argentina no sirva su deuda este año y el próximo, y que tampoco realice pagos netos a los organismos multilaterales (en cambio sí debería realizarse el «roll over» por el cual el país recibe fondos que se destinan a cumplir con sus compromisos con esas instituciones). A partir de allí, la «solución» -tanto para los académicos como para el Fondo- debería buscarse en la política interna.
La reunión fue un rosario de acuerdos y también discusiones, algunas fuertes:
• El comienzo de la reunión estuvo dedicado a la Ley de Quiebras. Los funcionarios del Fondo se limitaron a divulgar un documento caracterizando esa norma, conocida como «ley Clarín». Todo lo demás fue escándalo. Uno de los economistas comentó: «Una sociedad que hace esta ley es una sociedad que pretende destruir el crédito entre sus propios miembros. ¿Quieren, además, que el crédito lo provean desde afuera?». Alguien acotó que «el gobierno ya está a punto de modificarla», pero la indignación de los académicos siguió, unánime: «Sí, pero el gobierno la hizo, no la heredó». El francés Blanchard reflexionó: «Nunca estuve en la Argentina ni como turista. Pero esta norma me hace acordar a Rusia, cuando comenzó la liberalización, allá por el '92. Todos querían quedarse con algo que no era propio y generaban medidas disparatadas para ello. Después, cuando robaron lo suficiente, comenzaron a reclamar seguridad jurídica y leyes serias. Me temo que en la Argentina ése será el proceso». Mussa y Feldstein preguntaron si corresponde que el Fondo ponga como condicionalidad para su ayuda desviaciones de este tipo, legales, que exceden el marco de lo fiscal y monetario. Todos dijeron que sí.
• Al estar Sachs, aunque sea en una pantalla, no pudo evitarse el debate sobre si la crisis fiscal es causa o consecuencia del «mal argentino». El economista de Harvard quedó solo, diciendo que en rigor el descalabro de ingresos y gastos es sólo el síntoma de la prolongada recesión. En cambio, los funcionarios del Fondo, igual que Tornell y Edwards, pusieron el acento en el origen fiscal del drama. Solitario navegó Sachs cuando defendió la dolarización, contra el consenso general en favor de la flotación cambiaria.
• ¿Cómo reducir el déficit? Los alineamientos cambiaron en este punto. Los funcionarios del Fondo quedaron más convencidos que antes de que debe disciplinarse a las provincias. Hausmann, igual que Edwards, insistieron en que «la Argentina debe volver a la unidad monetaria», es decir, «se les debe quitar a los gobernadores la posibilidad de emitir bonos y generar inflación sin control». Quedó clarísimo que sin un cambio en esta propensión a la emisión no habrá ayuda del Fondo. En esto todos fueron terminantes: «Es preferible que emitan pesos, desde el poder central, no esos bonos».
• En cambio, Hausmann se cortó solo cuando se habló de aumento de impuestos o disminución de gastos: «Lo más probable, aunque no recomendable, es que la Argentina termine licuando su déficit por inflación. Si eso tiene que suceder, que suceda cuanto antes». No hubo unanimidad acerca de si ese desenlace es inexorable, pero todos quedaron convencidos de que «si el país va hacia la híper, cualquier ayuda debería esperar a que pase ese momento».
• Los funcionarios de Köhler abrieron la discusión sobre el «corralito». También hubo coincidencia en que «es urgente terminar con eso». Alguien sugirió que, dada la desconfianza en el sistema bancario, podrían imaginarse alternativas convirtiendo a la banca en «off shore». Hubo preguntas sobre la iniciativa «que se comenta más en la Argentina que en otros lugares» -acotó Singh- y quedó para un análisis más detallado y posterior.
• Ninguno de los participantes de la reunión consultados por este diario se llevó la impresión de que vaya a haber algún auxilio adicional para el país, salvo que hubiera un giro formidable en la política de Duhalde. Blanchard fue el único que aconsejó pensar mejor el problema, pero el resto de sus colegas adujo que «si la Argentina siente que recibe ayuda, no hará el ajuste».
• Sin embargo, cuando se habló de la eventualidad de que hubiera desembolsos de dinero fresco (adicionales a la liberación de recursos para pagar los compromisos con el propio FMI), todos fueron muy moderados. Los funcionarios del propio organismo observaron la pauta de comportamiento que se siguió con países políticamente gravitantes como Turquía, México o Corea. El Fondo ha contribuido, a lo sumo (el caso turco), con una suma equivalente a 11 veces la cuota de ese país. Si se descuenta lo que la Argentina ya recibió, habría que calcular que en el mejor de los casos al país se le entregarían entre 9 y 11.000 millones de dólares. Nadie, sin embargo, confiaba en que ese auxilio aparezca en el corto plazo.
• Finalmente, un par de académicos insinuó que el directorio del FMI podría estar ante una encrucijada política en el trance argentino. «Ustedes tuvieron intervención en el manejo de la crisis durante los últimos años y es posible que los evalúen por eso», sugirió, entre otros, el venezolano Hausmann. Le contestaron entre Köhler y Krueger, casi a dúo: «De ninguna manera nos pueden señalar a nosotros. Desde hace más de un año se les pide a los argentinos un acuerdo político que permita enderezar su economía según pautas racionales. No lo hicieron, se cavaron su propia fosa».
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