9 de enero 2002 - 00:00

Hay desprecio por las instituciones

En el fragor de la crisis de diciembre de 2001 y en los discursos más recientes se han olvidado aspectos importantes de la historia económica argentina, en un «revivalismo» desenfrenado de políticas que en los 40 años anteriores a la década pasada nos llevaron directamente al desastre.

Se está olvidando, por ejemplo, que el fracaso en el desenvolvimiento económico que experimentó la Argentina entre la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de los noventa generó un gran pesimismo sobre el futuro de la sociedad argentina, que parecía bloqueada por su sesgo corporativo, su cerrazón al mundo, su alta inflación, su crisis cultural para superar una larga decadencia.

• Comparación

Para tener una idea de la magnitud del atraso económico argentino hasta comienzos de la década de los noventa se puede apelar a una simple comparación internacional, no con las economías más dinámicas, sino con aquellas que han tenido una performance solamente aceptable. Así, por ejemplo, el crecimiento del PBI per cápita de la Argentina entre 1960 y 1990 fue de apenas 0,2% anual, mientras que una economía de tamaño y desarrollo intermedio, como la española, lo hizo a 3,7%. Otras economías, como la neozelandesa, lo hicieron a 1,2% per cápita. En 1960, la Argentina y España compartían el mismo nivel de producto por habitante, el que era aproximadamente un tercio del observado en los Estados Unidos. En 1990 el PBI per cápita de la Argentina cae a menos de un quinto del estadounidense, mientras que el español crece a más de la mitad, mostrando la dispar performance de ambos países, que partieron de una situación similar. Otros indicadores que van desde la tasa de inflación hasta la esperanza de vida concuerdan con esta descripción.

La pregunta sobre el desastre histórico de la Argentina de la segunda mitad del siglo XX tiene una respuesta principal: las instituciones económicas y su correlato político institucional. Desde Adam Smith se sabe que la clave de funcionamiento de la economía es la presencia de un sistema de incentivos, contratos y derechos de propiedad que permita interactuar sobre la base de señales económicas y en forma automática. La mejor forma de comprender el fracaso argentino del «modelo» que parece que se quiere restaurar es que las señales, los contratos y el derecho estaban vulnerados y funcionando en un sentido inverso al orden racional, por el descontrol inflacionario y fiscal, por el carácter prebendario y cerrado de la economía, por la opacidad e inconsistencia temporal de las regulaciones y por un grado abrumador de incertidumbre que ejercía un efecto deletéreo sobre la inversión, el capital instalado y las corrientes migratorias.

En la Argentina de los años noventa, que dejó atrás nada menos que casi medio siglo de inflación crónica, la reforma que jugó un papel clave fue la implementación del régimen de convertibilidad de la moneda, que proveyó un régimen monetario estable. Hoy ese esquema está muerto y enterrado, y en los debates se seguirá discutiendo cuándo fue la fecha exacta de defunción.

La Argentina «compró» un esquema de tipo de cambio fijo porque en ausencia de instituciones económicas en buen funcionamiento, la convertibilidad aparecía como un cepo en lo monetario, fiscal y estructural que requería reformas para sostenerse. La imagen que mejor se acomoda a esto es la de una «demanda» por reformas estructurales requeridas que iba a dar paso a una «oferta» político-institucional por esos cambios. Esto simplemente no ocurrió. Pero, además, ocurrieron shocks externos que se acumularon sobre esas falencias. Desconocerlos es ignorar la naturaleza de la macroeconomía de un país pequeño y abierto como la Argentina.

• Incapacidad

En cualquier diagnóstico económico de una crisis profunda como ésta se debe empezar por encontrar sus elementos «exógenos», es decir, aquellos que no pueden ser explicados por la misma crisis. A mi juicio existen tres elementos -al menos débilmente exógenos- que llevaron a la muerte de la convertibilidad. En primer lugar, una incapacidad estructural de la Argentina para definir instituciones fiscales estables que limiten la tendencia a la expansión del gasto improductivo, el déficit crónico y el endeudamiento. Esto hizo desde el comienzo al régimen de tipo de cambio duro y fijo de la Argentina intrínsecamente insostenible en el largo plazo. Lo mismo se aplica a la dolarización como régimen permanente.

En segundo lugar,
un shock externo derivado de devaluaciones competitivas y de precios de exportación bajos que generan un problema de competitividad y requieren una devaluación real importante. Esto es un desequilibrio fundamental que se ha «revelado» con el correr de los meses y que no pudo finalmente ignorarse. En ausencia de una flexibilidad de precios y de salarios superlativa y de una apertura mayúscula al comercio exterior, este desequilibrio no se corrige de otra forma que con una corrección del tipo de cambio nominal.

En tercer lugar
, un problema político-cultural severo contra la globalización y su correlato de instituciones económicas que fue ocultado mientras el país ganaba con la estabilidad y el crecimiento de los noventa, pero que se hizo evidente durante la transición política del '99 y se agudizó con la crisis de la deuda. Este enfrentamiento al modelo moderno de capitalismo globalizado y a sus instituciones no es patrimonio exclusivo de la Argentina y se inscribe en un cuestionamiento también global, aunque desorganizado, y sin nada que se le contraponga. Sabemos que no existe manera de organizar a un país aislado al capitalismo global, y la Argentina está en el lote de países con posibilidades de integrarse exitosamente. Pero el rechazo se apoya en datos ciertos de pobreza y distribución desigual del ingreso, y en un sentimiento profundamente arraigado en amplios estratos de la sociedad argentina y, como tal, no puede ser ignorado.

La principal tarea que tenemos los economistas profesionales es actuar con la cabeza fría tratando de aportar soluciones para que la Argentina salga adelante. Ni desgarrarnos las vestiduras, ni culpar de todo a los políticos. Alertar sobre las disyuntivas (tradeoffs) que enfrenta la política económica y señalar sin inhibiciones las inconsistencias fundamentales y las secuencias mal planteadas. Pero uno no puede dejar de reconocer que antes de los instrumentos están las instituciones económicas. Cualquier régimen permanente de organización económica en la Argentina no puede dejar de tener en cuenta los elementos de la economía política reseñados antes a los que hay que sumar el diseño de un nuevo sistema financiero que devuelva la confianza a los ahorristas. Toda discusión instrumental, aun cuando se trate de las propuestas técnicas más sólidas de reorganización monetaria, debe pensarse en un régimen económico permanente que tenga en cuenta esos puntos. Por cierto, querer ir a una flotación libre en pocos meses, con un sistema financiero en camino a cerrar y con obligaciones denominadas en dólares, no forma parte de una propuesta técnica sólida. Es un ejemplo de pensar en instrumentos antes de pensar en instituciones.

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