La premisa según la cual la Argentina apenas zafó del abismo con la ayuda prometida por el Fondo se respetó a rajatabla: nadie quiso que el almuerzo pareciera un festejo, a pesar del excelente ánimo de Fernando de la Rúa y del batifondo que, como estudiantes secundarios, armaron en la otra punta de la mesa grandulones como Mario Losada, Rafael Pascual o José María García Arecha, mientras Domingo Cavallo explicaba el acuerdo por u$s 8.000 millones que la Argentina acaba de alcanzar. Lo más novedoso del encuentro: el ministro sostuvo que es incompatible un régimen de déficit cero con un piso de remesas de dinero por coparticipación garantizado a las provincias.
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Dos horas a partir de las 13 duró la reunión del Presidente con algunos de sus ministros y un nutrido grupo de legisladores radicales. Estuvieron Chrystian Colombo, Nicolás Gallo, Adalberto Rodríguez Giavarini y Cavallo. Al lado del ministro de Economía ubicaron, deliberadamente, a Jesús Rodríguez: un recuerdo de la interna en la que el diputado sostuvo a Rodolfo Terragno y su campaña contra la política económica. Sin embargo, la presencia de Rodríguez fue más significativa de lo que podría suponerse a primera vista. No sólo fue un «regreso», también la señal de que marchan bien las conversaciones para que Pascual se incorpore a la lista de diputados en el segundo lugar, a partir de un acuerdo de sectores que dejaría en suspenso la prescripción de la carta orgánica partidaria según la cual para las reelecciones debe obtenerse 51% de los votos. Pascual mantendría así la presidencia de la Cámara de Diputados, un reconocimiento al buen papel que le cupo desempeñar allí durante los dos últimos años.
Más allá de Rodríguez, todo fue oficialismo: Horacio Pernasetti,Raúl Baglini, Horacio Massaccesi, Jorge Agúndez, Néstor Rostán, Juan Carlos Altuna, Pedro Villarroel, Juan Carlos Loza, Jorge Pascual, el frepasista Rodolfo Rodil y el renovador salteño Roberto Ulloa. Compartieron lomos de pescado a la parrilla, salvo Giavarini, quien insistió con su habitual yogur (hasta al canciller británico le rechazó en Londres las exquisiteces que le habían preparado y obligó al servicio del Foreign Office a buscar un yogur de emergencia para no abandonar su rutina).
El Presidente agradeció a los legisladores por el apoyo brindado al gobierno en el Congreso y confesó que pasó días muy angustiantes mientras se desarrollaban las negociaciones financieras de Washington.
El ánimo de Cavallo parecía contrastar con la placidez de De la Rúa y un legislador lo explicó con malicia: «Demasiados días viendo que en los diarios aparecía Daniel Marx como estrella». Pero igual dio una explicación bastante detallada del acuerdo con el Fondo. Comentó que «los desembolsos que se prometieron revelan la confianza de los países más ricos en nuestro gobierno» pero desalentó cualquier fantasía: «Todo el dinero que nos dan ya tiene una asignación muy precisa así que de aquí no se puede sacar ni una moneda para reactivar la economía de manera directa».
Senadores y diputados llevaron a Cavallo al problema del costo del dinero y él sostuvo que «si nos esforzamos por conseguir el déficit cero y, como sucederá, el Estado se retira del mercado de crédito, la tasa va a bajar inevitablemente y los fondos que ya no tomará el sector público deberán ir hacia el sector privado y eso será de por sí reactivante». Sin embargo, Cavallo insistió en que «lo más importante, lo verdaderamente sustancial, será recuperar la confianza y que los depósitos que se fueron del sistema regresen a él, ésa es la máxima prioridad y por eso nos han otorgado el auxilio de u$s 5.000 millones».
• Compromisos
La presencia de hombres de provincias, sobre todo senadores, obligó a hablar de los compromisos que se asumieron con el Fondo respecto de las finanzas provinciales. El ministro de Economía juró que no se había pactado nada con el Fondo y que lo único que hay que cumplir es lo acordado en la negociación del blindaje: «La ley de coparticipación debe estar en el Congreso antes de fin de año pero eso ya está previsto hasta en la Constitución nacional, que obligó a que esa norma se aprobara antes de que terminara 1996». Colombo asentía, mientras retiraba la vista con cierto desdén del incomprensible yogur del canciller.
De todos modos, Cavallo insinuó una política más dura respecto de las provincias. «La ley de coparticipación es indispensable porque no se pueden seguir girando fondos sin relación con los ingresos; no se puede trasladar al interior lo que no se tiene porque también en ese punto debe cumplirse con el déficit cero.» Para compensar esa amenaza, que podría significar el fin de la suma fija acordada en sucesivos pactos fiscales, el ministro tranquilizó diciendo: «Estamos enviando el dinero normalmente y además se está constituyendo el fondo fiduciario con el adelanto de impuestos de bancos y empresas de servicios públicos, que ya está en unos $ 700 millones».
Agotada la exposición de Cavallo, la conversación se desarticuló entre los distintos grupos. Casi todos incurrieron en el mismo tema: el plebiscito anunciado por segunda vez por De la Rúa el miércoles por la noche. Existieron las posturas más variadas. Algunos diputados coincidían en que «si se ganaron las elecciones, o por lo menos zafamos, ¿para qué queremos abrir de nuevo las urnas?; si las perdimos, ¿para qué queremos votar de nuevo?». En cambio, algún senador opinó distinto: «El plebiscito permite que el gobierno obtenga un resultado más nítido y tal vez más favorable que el que conseguirá en octubre. Y ese resultado, además, podría estar más referido al Presidente, que saldría fortalecido». No dijo más pero ya había puesto el germen de su idea: aun en el borde del abismo, los delarruistas siguen pensando en la reelección de su jefe.
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