«No queremos acuerdo con el FMI que implique recomendación de políticas. No quiero revisiones ni que me digan qué hacer. Esta es la única diferencia real que tengo con mis antecesores. No nos vamos del Fondo, pero que no nos revisen. Una cosa es la Ley de Responsabilidad Fiscal, que nos gusta y les gusta a ellos y otra es la de Coparticipación Federal, que no nos gusta y sí les gusta a ellos. Que se olviden de la vigilancia.» Este dictamen es el que Néstor Kirchner les repitió en las últimas horas a sus entornistas cuando reflotó, con fondo de música brasileña, la idea del pago de la deuda al FMI.
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Kirchner viene obsesionado desde que asumió la presidencia por las encuestas que le indican la baja consideración que tiene el FMI en el público argentino (y en el de muchos países del mundo) como culpable de todas las desgracias.
Esas muestras coexisten con las que indican que los mismos encuestados responden que es bueno para el país llegar a un acuerdo con el organismo. Esa contradicción aparente la tradujo hace rato en esa metáfora del «desendeudamiento», la forma que encontró el Presidente de convertir el viejo gesto de pagar en un acto de heroísmo revolucionario y digno de ser festejado con aplausos de pie ayer en el Salón Blanco.
Conocían el secreto unos pocos, los primeros, Alberto Fernández y Felisa Miceli, cuya misión principal en el viaje a España fue adelantárselo al gobierno de ese país. Era necesario tener alguna señal de La Moncloa porque salirse del programa con el FMI es eludir su principal reclamo a la Argentina, la renegociación de las tarifas, y España es la principal afectada por esa demora en la renegociación de los contratos.
Por eso el jefe de Gabinete -cuyo cargo equivalea un primer ministro en un sistema parlamentarioaporovechó un viaje programado de 12 mil kilómetros para informar la novedad. Para lograr el consentimiento de Madrid ayer mismo, cuando se anunciaba el pago al FMI, ya estaban en la comisión bicameral de renegociación de los contratos los de Edenor, Edesur y TransNeuquén, que se suman a los tres que en las últimas horas aprobó ese ente (la ruta a Cañuelas y Gas Ban, dos concesiones a empresas españolas; el tercero es Transnoa). ¿Qué es lo que pesa en el alma del Kirchner menoscabado por la mirada del FMI? Explicó en la mañana de ayer que el organismo,más allá de sus responsabilidades en el pasado, es un lastre para su administración actual por dos razones. La primera porque cree que cualquier opinión que emita el FMI a través de sus voceros o, si las hubiera, de sus misiones, es una perturbación para la economía. Pagar es quitarle el rol de vigilancia, deslegitimar al FMI como calificación del día a día de la economía del país. La segunda razón por la cual el FMI es un lastre, es porque le reclama reformas estructurales a la Argentina que son irrealizables o inconvenientes. Entre las primeras incluye el pedido en todas las cartas de intención de que se vote una nueva Ley de Coparticipación Federal de Impuestos. Esa ley es invotable en la Argentina, insiste-Kirchner, y quien no lo entienda no entiende a la Argentina.
Entre los reclamos inconvenientes está el pedido del FMI de que se deje flotar el tipo de cambio como una manera de evitar el riesgo de la inflación. Eso, insisten en la Casa de Gobierno, es no entender la inflación en la Argentina ni el programa «productivo» de que se precia tanto el gobierno.
En ninguna de estas consideraciones hubo un examen técnico, algo que sobrevendrá cuando se trate en el Congreso la ley para este pago -o la aprobación del Decreto de Necesidad y Urgencia, si se decide esta vía.
Interesó sólo el impulso político de mostrar a un presidente libre de estas vigilancias humillantes y que puede adelgazar sin Cormillot. Desesperado por crear imágenes que encandilen más allá de los hechos, Kirchner dice encontrar inspiración en el pasado, más concretamente en el acta de la independencia económica anunciada por Juan Perón en Tucumán el 9 de julio de 1947. En aquella oportunidad, el fundador del peronismo dijo que se iniciaba una nueva era porque la Argentina había satisfecho el último pago del préstamo contraído en 1924 con la casa inglesa Baring Brothers.
Su ministro, Miguel Miranda, había cerrado la conciliación de cuentas con Gran Bretaña y pagaba con las libras inconvertibles las deudas que habían adquirido con la Argentina por provisión durante la guerra y que no había otra forma de cobrar si no era cerrando cuentas viejas o comprando trenes también viejos. ¿Resistirá este gesto de Kirchner una dosis de revisionismo como la que trajo aquella altisonante declaración de Perón en otra algarada de campaña?
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