21 de agosto 2020 - 00:00

El problema de la recuperación es que será lenta

dólares

En toda carrera de economía los aspirantes a economistas antes de transitar por las grandes materias relacionadas con la macroeconomía reciben un curso de Cuentas Nacionales, o sea acerca de cómo se contabilizan los grandes agregados. Puede parecer un requisito prescindible a quien no está familiarizado con la carrera, sin embargo es fundamental. Nada puede saberse a ciencia cierta de economía si no se está bien entrenado en el manejo de las Cuentas Nacionales. Más aún: no se puede ser un buen economista si no se conoce esta materia en profundidad. Vayamos al punto de las Cuentas Nacionales sobre el cual gira esta nota. Es siempre una equivalencia, guste o no, se intente cambiarlo o no, que la suma de la diferencia entre la inversión y el ahorro privado más el superávit fiscal equivale al resultado que arroja la cuenta corriente del sector externo.

O sea, el resultado de la balanza de pagos iguala a la suma del superávit o déficit fiscal más la diferencia entre lo que los privados invierten en la economía real deducido los ahorros generados en el período en cuestión. Nadie puede escapar a esa regla. Ningún país, en ningún momento del tiempo. Por más moneda que se emita, déficit fiscal que se tenga o incluso medidas compulsivas que se tome con el ahorro de la gente, esa igualdad se mantiene. La misma puede parecer a muchos una verdad oculta, a la que, para arribar a su enunciación fue necesaria la aparición de algún Einstein en materia económica. Y no. La realidad es que no: es una simple cuestión contable. Casi podríamos decir una convención.

¿Cómo da esa ecuación hoy para la Argentina? Veamos: hoy el sector externo viene a una velocidad de crucero de u$s18.000 millones anuales. Tal es el superávit de balanza de pagos en el que la economía argentina transita. Ese es el tanque de oxígeno. El resultado de balanza de pagos siempre es el tanque de oxígeno porque marca hasta donde hay forma de incrementar la inversión, el consumo o el gasto estatal (o de los privados) sin recurrir al endeudamiento externo que hoy también opera como limitante. Del otro lado de la ecuación tenemos un gasto público superando a la recaudación de impuestos por alrededor del 10% del PBI, en buena medida a consecuencia de la pandemia. Vale decir que el déficit fiscal es, a ojo de buen cubero, de u$s35.000 millones. Lo que resta conocer es la diferencia entre inversión privada y ahorro privado. Al determinar esto, también estamos determinando el consumo privado que no figura en nuestra ecuación de Cuentas Nacionales.

Vale decir entonces que la economía argentina funciona hoy con un muy agudo desbalance entre la inversión y el ahorro. Para que las demás cifras sean materialmente posibles, como en realidad lo son, es necesario que el ahorro privado supere a la inversión privada por la suma del superávit de cuenta corriente más el resultado fiscal. Cabe decir que hoy el ahorro privado es del orden de la friolera de u$s53.000 millones superior a la inversión. Como normalmente en países normales -y también en muchos que no lo son– tanto la inversión como el ahorro son solo alrededor del 20% del PBI, eso quiere decir que hoy la economía argentina está funcionando con una tasa de inversión bajísima, quizás basada preponderantemente en acumulación de inventarios en muchos sectores. Quizás la tasa de inversión más baja de la historia. Y una tasa de ahorro altísima, sideral para estándares argentinos, donde siempre cuesta llegar al promedio mundial del 20% del PBI porque los salarios no alcanzan para poder ahorrar el 20% de los mismos. Pero hoy es prácticamente seguro que tenemos una tasa de ahorro muy alta porque, también por la pandemia, la gente ahorra todo lo que puede por motivos precautorios, cosa que se produce casi sin esfuerzo porque todavía existe una considerable cantidad de bienes y servicios en los que no es posible gastar porque su oferta aún es inexistente.

¿Qué podemos concluir entonces? Cuatro cosas al menos. La primera es que hay una enorme potencialidad de crecimiento para la economía argentina. Quizás como nunca la haya habido a consecuencia, en importante medida, de la contracción económica que produjo la pandemia y a que se despejan casi todos los pagos de intereses (y capital) de la deuda durante largos años, si suponemos que los intereses con organismos internacionales también son refinanciables. ¿A cuánto equivale ese potencial? A esos u$s53.000 millones excedentes entre la inversión privada y el ahorro privado.

La segunda conclusión que podemos sacar es que una parte considerable de ese excedente de ahorro va a tener que ser compensado con un mayor equilibrio fiscal porque va a resultar muy limitada la posibilidad de continuar con déficits fiscales tan elevados como los actuales. Ahora bien, si podemos suponer que bajamos el déficit a la mitad en un año, o sea al 5% del PBI aún así queda un “potencial de crecimiento” entre consumo privado e inversión privada por unos u$s35.500 millones. Esa es la tercera conclusión. Y la cuarta es que muy posiblemente no se pueda aprovechar más que una pequeña parte de esos u$s35.500 millones de potencial de consumo e inversión privados. ¿Por qué? Porque los patrones de comportamiento del ahorro, la inversión y el consumo del sector privado pueden cambiar de sentido, en un inicio, con mucha mayor lentitud que los patrones de ahorro (los impuestos), la inversión y el consumo del Estado. Es muy fácil comprenderlo: un plan de inversión pública se puede idear en meses y lanzar antes del año. Una suba en el pago a jubilados y a personal del Estado puede decidirse en un fin de semana. Un aumento en los impuestos también puede tomar únicamente el tiempo que tarda en ser aprobado por el Congreso. Vale decir menos de 60 días. ¿Qué es lo que probablemente ocurra entonces? Lamentablemente que la recuperación sea bastante lenta y que el excedente que no se utilice de esos u$s35.500 millones potenciales para incrementar el gasto privado se acumulen en forma de superávit de cuenta corriente de la balanza de pagos un largo período otorgando un “premio consuelo” más que importante para la actual coyuntura que vive la Argentina: la posibilidad material -y no quimérica- de ganar reservas en el Banco Central. Decimos la posibilidad y no la seguridad porque en el medio pueden pasar muchas cosas, como por ejemplo que se intente seguir un buen tiempo con un déficit fiscal más alto de lo prudente en cuyo caso el superávit de balanza de pagos se iría perdiendo sin poder ganar esas reservas.Eso puede pasar porque el déficit fiscal debería contraerse a un ritmo bastante más veloz que la corrección en la cuenta ahorro-inversión.

Recapitulemos: la potencialidad para crecer está ahí, al alcance de la mano. Seguro que la hay. La posibilidad de hacerlo rápido es escasa, pero a cambio está la posibilidad real de ganar reservas y salir de la típica angustia argentina de tener que vérselas en figurillas cada tanto para poder hacer pagos en dólares. El Gobierno no debe ser vencido por la ansiedad típica de quien no quiere demorar la reactivación. Debe recordar que tanto el consumo como la inversión privados empiezan creciendo con bastante morosidad, pero transcurrido el tiempo, si las coordenadas macroeconómicas generales son las correctas, tanto uno como otro se aceleran mucho más rápidamente de lo pensado.

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Walter Graziano y Asociados

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