Las recientes elecciones parlamentarias japonesas enfrentaron a los líderes circunstanciales de dos partidos políticos que, curiosamente, no tienen demasiadas diferencias en cuanto a sus propuestas de acción.
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En efecto, las dos «K» japonesas, esto es tanto el premier Junichiro Koizumi, del tradicional Partido Liberal Democrático; como Naoto Kan, que encabeza el Partido Demócrata del Japón, tienen como enemigo declarado a las estructuras feudales de la política (y a sus señores) que han dominado la escena japonesa desde la segunda posguerra. Con una única -y breve- interrupción de once meses, durante la cual el socialismo japonés logró acceder al poder.
Koizumi, en aparente paralelo con nuestro «K» vernáculo, procura destronar -desde adentro- a los «caudillos-gerontes» de su propio partido que históricamente lo han regenteado a voluntad. Para hacerlo -dice- más abierto y transparente. O sea, para ponerlo, realmente, al servicio de la gente y no de los propios políticos y sus consabidos cortesanos.
Kan quiere lo mismo, desde afuera obviamente. Después de absorber al Partido Liberal, los demócratas se han transformado en la segunda fuerza política -indiscutida- del Japón. No obstante, para que esto sea -y se vea-como algo estructural y permanente, el Partido Demócrata deberá mantener, en elecciones futuras, la importante posición relativa obtenida en las recientes elecciones.
Por ahora, en una dieta de 480 legisladores, el Partido Liberal Democrático de Koizumi tiene (con sus dos aliados en la coalición de gobierno: el partido budista, llamado Komeito; y los Nuevos Conservadores) 275 bancas. De ellas, 237 son propias; 34, del Komeito; y sólo 4, de los Nuevos Conservadores. Una mayoría cómoda, entonces. La que seguramente va a crecer por el aporte de «independientes» que se sumen (como es frecuente en Japón) a la coalición de gobierno. Tres de ellos ya lo han hecho.
El Partido Demócrata, por su parte, obtuvo 177 bancas. Nada menos que cuarenta más que en la última elección. De allí que hoy encarne una oposición que comienza a lucir como el partido de alternancia, en un esquema político que pronto podría resultar bipartidario.
Los grandes perdedores, como cabía esperar, fueron los comunistas y los socialistas. Entre ambos tenían 38 bancas parlamentarias y sólo lograron retener 15. Menos de la mitad, entonces. Los dos partidos mencionados están en franco proceso de extinción, el que podría acelerarse si -como parece- la economía japonesa empieza a salir de una larguísima y deprimente recesión. En un clima de resentimientos, esas dos fuerzas políticas crecen, alimentadas siempre por el rencor y la envidia. En momentos de bienestar, en cambio, la esperanza de un futuro mejor para todos las erosiona rápidamente. Este «ciclo» ciertamente está confirmado -una y otra vez- por la historia.
La segunda economía del mundo -y una notable sociedad que goza de un ingreso per cápita promedio de más 28 mil dólares anuales- comienza lo que puede ser una transición política hasta ahora demorada, por obra solapada del matrimonio incestuoso entre «la vieja política» japonesa, que se resiste a morir, y los burócratas de turno.
(*) Ex representante de la República Argentina ante la ONU.
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