8 de enero 2004 - 00:00

Lo que Bush le dirá a Kirchner el martes

Si la reunión de George W. Bush con Néstor Kirchner estuviera destinada a fracasar, en vez de realizarse, se suspendería. Este es el criterio general que siguió ayer la Casa Blanca para confirmar el encuentro que ambos presidentes mantendrán en Monterrey, el martes que viene. Más allá de que los viejos expertos en la relación con la Argentina hablaban ayer, irónicamente, de una especie de «galtierización» de Kirchner. Se referían, claro, a su pronóstico acerca de que «en la reunión con Bush ganaremos por nocaut», que comparaban con aquel «que manden al Pincipito» de Leopoldo Fortunato Galtieri durante la guerra de las Malvinas.

La entrevista se prepara en la Casa Blanca, con auxilio del Departamento de Estado. La agenda se estaba negociando en Buenos Aires, entre el canciller Rafael Bielsa y el embajador norteamericano Lino Gutiérrez, el martes a las 15, exactamente en el momento en que el secretario de Estado adjunto para el Hemisferio Occidental, Roger Noriega, manifestaba en Nueva York su decepción por la política argentina en relación con Cuba. Ayer no hubo contacto alguno entre Bielsa y Gutiérrez; entre otras cosas, para evitar referencias a las expresiones de Kirchner, tan poco amistosas.

Sin embargo, el tono que la Casa Blanca piensa imprimirle a la entrevista del martes tal vez no sea amistoso, pero sí cordial y apacible. Este diario accedió ayer a un borrador elaborado por el equipo de funcionarios norteamericanos que fija la política de Bush hacia Latinoamérica, que encabeza Noriega y que integran también John Maisto (embajador ante la OEA, que antes fue segundo de Condoleeza Rice para asuntos regionales en el Consejo Nacional de Seguridad), Mel Martinez (secretario de Vivienda, representante del presidente en la asunción de Kirchner y hombre de consulta diaria para la relación con América latina) y Otto Reich (antecesor de Noriega y asesor de Bush en la misma materia).

En ese memo reservado, están contenidos los principales mensajes que se propuso transmitir el presidente de los Estados Unidos a su colega argentino, uno de los tres mandatarios del continente con los que se entrevistará durante la cumbre de Monterrey, que durará 15 minutos, según lo que prevé hasta ahora el protocolo. Las frases de ese documento están redactadas en primera persona, como si las hubiera formulado el propio Bush y son las siguientes:

• «En nuestra primera reunión advertí su fuerte carácter de liderazgo. Me gustó su franqueza y también su decisión de luchar por los derechos humanos y contra la corrupción. Sigo de cerca las modificaciones positivas que está haciendo en su país».

• «Al conocer sus convicciones, su decisión de defender los principios, aunque le hayan costado la prisión, me pregunto qué lo lleva a ser contemplativo con Fidel Castro y sus políticas en materia de derechos humanos.»

• «Bolivia es un tema que hace a la seguridad nacional tanto de los Estados Unidos como de la Argentina. Ambos tenemos que trabajar juntos para asegurar la democracia en Bolivia. Si fracasamos en nuestra acción conjunta, Bolivia será un problema para ambos. Quizá nuestros dos países prefieran expresar su preocupación por el futuro de Bolivia de manera diferente, pero debemos actuar juntos en lo sustancial.»

• «Estados Unidos quiere que a la Argentina le vaya muy bien y quiere que a usted le vaya muy bien. Estamos dispuestos a demostrar nuestra amistad. Nosotros estamos orgullosos de poder ser sus aliados en la lucha contra la corrupción, el terrorismo y la defensa de la democracia y los derechos humanos.»

En el mismo borrador, se indica que Bush hará preguntas sobre la situación económica de la Argentina y, más específicamente, sobre la negociación de la deuda pública. Pero no hará comentarios cuando escuche las respuestas que le brinden.

En la Casa Blanca existe una gran sensibilidad respecto del modo en que el gobierno argentino transmita el contenido del encuentro ante la prensa. Sobre todo, por la experiencia de la primera entrevista, en Washington, oportunidad en que los voceros de Kirchner enfatizaron el consejo de Bush sobre una negociación fuerte con el Fondo Monetario Internacional y los acreedores, como si estuviera recomendando una actitud conflictiva o remisa a cumplir con los compromisos financieros.

Del lado argentino, más allá de la bravuconada de ayer -o, mejor dicho, mucho más después de ella-, los funcionarios pretenden devolverles a las tratativas el clima menos excitante que tenían antes de los dichos de Noriega. La primera señal de moderación la conocerá hoy el presidente de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, Dennis Harstet, quien será recibido a las 10 por Kirchner en la Casa Rosada. Harstet, diputado por el estado de Illinois, es el tercero en jerarquía entre las autoridades electas de los Estados Unidos. Al mismo tiempo, en el Senado, el vice-presidente Daniel Scioli y los senadores Miguel Pichetto y Mario Daniele recibirán a cuatro senadores estadounidenses que acompañan a Harstet en su gira sudamericana. Son Thad Cochran, Mike Dewine, Patrick Leahy y Pat Roberts. Los cuatro forman parte de la comisión de asuntos agrícolas, pero hay que prestarle atención a uno de ellos: Roberts, quien fue diputado por varios períodos, va por su segundo mandato como senador por Kansas y preside la comisión de Inteligencia del Senado, lo que lo convierte en un candidato a ocupar la dirección de la CIA si se releva allí a George Tenet.

• Ensayo doméstico

El encuentro de Kirchner y de Scioli con estos congresales era preparado ayer como un ensayo general, doméstico, de la entrevista con Bush del martes por la mañana. Es decir, para enfrentar a estos viajeros se recabaron informaciones y se pulieron argumentos, sobre todo en la Cancillería. El cuadro general que arrojó ese trabajo podría sintetizarse así:

• El marco amplio en que se desarrolla la relación entre Estados Unidos y la Argentina beneficia hoy a Kirchner. En primer lugar, porque en Washington existe un gran temor por la inestabilidad de los países de la región y eso vuelve al gobierno norteamericano más tolerante frente a posiciones antipáticas de los gobiernos. Respecto de la Argentina, existe, además, un sentimiento de culpa peculiar: aturdida por el ataque terrorista contra las Torres Gemelas, la administración no prestó demasiada atención al derrumbe del gobierno de Fernando de la Rúa, al que aisló en términos de financiamiento.

• Desde esta perspectiva, la caída del gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada agrega valor a la estabilidad política que se verifica en el país, donde Kirchner puede presentarse como un gobernante de la Constitución que preside un gobierno con juego institucional pleno. Pero también por la importancia que le concede Washington a la situación de Bolivia en términos de estabilidad subcontinental. Sólo puede entenderse la dimensión de este desvelo si se advierte que el Departamento de Estado y la CIA están dominados por la hipótesis de que un avance de los cocaleros en Bolivia podría servir para que la guerrilla colombiana de las FARC ensaye una expansión hacia el Sur. En este contexto, la suspensión de ejercicios militares conjuntos que provocó el gobierno argentino luce en toda su gravedad.

• En el gobierno de Kirchner -lo conversó ayer Bielsa con el Presidente durante una reunión a solas-, están convencidos de que el problema de la gobernabilidad boliviana es más importante para Washington que la mayor o menor simpatía que pueda haber entre el gobierno argentino y el régimen de Fidel Castro. Sobre todo, porque la votación sobre la situación de los derechos humanos en Cuba, en la ONU, tendrá lugar recién en abril. Es cierto, la dictadura de Castro es un tema de campaña para el gobierno de Bush, que aspira a conseguir en el voto latino de Florida la diferencia que le permita retener el poder en las elecciones de noviembre.

• Respecto de la deuda, si Bush quiere endurecer su posición, le basta con no hablar del tema. Es decir, abandonar su papel de abogado delante del Fondo. El reloj corre en contra de las necesidades de Kirchner y, sobre todo, de Roberto Lavagna, quien también se entrevistará hoy, junto con el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, con Harstet, el presidente de la Cámara de Representantes. Ayer, el ministro de Economía creyó necesario justificar su estrategia de negociación externa con una nota en el diario «La Nación». A fin de mes, el juez norteamericano Thomas Griesa acaso decida un embargo contra la Argentina; el magistrado ya hizo lugar a una «acción de clase» en favor de un grupo de acreedores. En febrero, además, se habrá de dirimir el primer arbitraje en el CIADI (tribunal del Banco Mundial) por ruptura de un contrato con una empresa norteamericana (Azurix), y en marzo, el Fondo resolverá si renueva o no el acuerdo con la Argentina, algo que no está asegurado, como comenzó a insinuar ayer el propio Lavagna. El silencio de Bush sobre todos estos temas no es una buena noticia para Kirchner.

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