Irritado, poco tolerante, se mostró ayer Roberto Lavagna con un periodista de este diario. Simplemente, porque hizo una pregunta. A propósito del incremento de 200 pesos impuesto por el gobierno a los empleados privados con relación de dependencia, el cronista interrogó: «Suponiendo que los datos de recuperación económica sean ciertos -cuestión que objeta la UIA, CAME y otras entidades empresarias-, ¿qué pasa con las empresas que no están en condiciones de dar el aumento? Respondió con solvencia la ministra de Trabajo, Graciela Camaño, señalando que había mecanismos de crisis en su cartera para enfrentar estas cuestiones. Pero a su colega de Economía no le alcanzó la respuesta, quiso agregar más y, enojándose hasta con el micrófono, tomó la palabra y sostuvo que la inquietud periodística no era válida porque «provenía de un medio (Ambito Financiero) que trabajaba para un candidato». No le alcanzó a Lavagna con el agravio, al diario y al periodista, sino que no permitió luego una réplica del asombrado hombre de prensa. De ciertas formas autoritarias no se vuelve.
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