Lo más interesante del proceso que rodea la salida de Dick Grasso del NYSE es el escándalo que se ha armado y la lucha de poderes que esto disparó. Lo que no debiera haber sido más que una cuestión meramente interna -un empleado que se abusó de su puesto, tal vez con alguna ayuda de parte de la dirigencia- ha puesto en jaque el destino del NYSE. Es como si de repente, con la salida del ítalo-norteamericano, el mayor mercado bursátil del mundo se hubiera dando cuenta de que "está desnudo". Que sin alguien que sea capaz de unificar los intereses y lograr los acuerdos que hagan falta, el contrato que une los operadores carece de sentido. Tanto es así que varias voces hablan de la mayor crisis de la entidad en sus más de doscientos años de historia. Es cierto que "los buitres" están haciendo de las suyas. Inclusive de manera totalmente inusual la SEC se metió en el asunto (no olvidar que el NYSE es una entidad privada que además no cotiza) diciendo que no quiere ver a ninguno de los actuales integrantes del directorio tomando la presidencia ejecutiva. El asunto, aunque pueda parecer trivial, es importante porque si el NYSE pierde la autorregulación (o se ve obligado a cederla), esto puede desencadenar un efecto dominó que llegue a lugares tan alejados como Buenos Aires o Ulan Bator. Francamente no importa demasiado quién reemplaza a Grasso. Como suele ocurrir en estos casos, los operadores buscan alguien con "peso político" para poder frenar cualquier ataque. El problema es que esto también implica frenar las reformas que "sí" son necesarias. Ante todo esto, 1,19% que ganó el promedio industrial al cerrar en 9.659,13 puntos importó poco, y a pocos. Esperemos volver pronto a la normalidad.
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