18 de diciembre 2003 - 00:00

Pontaquarto, el hombre que se creyó senador 73

Mario Tato Pontaquarto tiene más de un punto de contacto con Carlos Chacho Alvarez en su historia dentro de la política. Pocos recuerdan, por ejemplo, que fue un hijo dilecto del Molino, el acuerdo que sellaron Chacho Alvarez, Federico Storani y Octavio Bordón, germen del Frepaso y antecedente directo de la Alianza. Pontaquarto llegó allí después de haberse hecho famoso de la mano de Storani.

La relación se hizo más estrecha, como es obvio, cuando Chacho ocupó la presidencia del Senado. Todos recuerdan el ambiente de broma que se vivió en la reunión de Labor Parlamentaria del 15 de agosto de 2000, cuando Alvarez leyó por primera vez el famoso anónimo que fuera enviado al fax de la sala de periodistas ese mismo día a las 13.05. «Me dijeron que anda circulando un anónimo», dijo Chacho y enseguida los senadores enviaron a buscar esa pieza.

En medio de carcajadas, el entonces vicepresidente lo leyó y preguntó: «Che 'Tato', ¿vos tenés un 406?», auto que ya se mencionaba como el móvil utilizado por Pontaquarto para retirar el dinero de las supuestas coimas de la SIDE, versión repetida ahora por el ex funcionario arrepentido.

Toda esa algarabía terminó en la reunión cuando el veterano del Frente Cívico y Social Pedro Villarruel dictaminó: «Ese anónimo en un asco, hay que romperlo».

La historia de Pontaquarto, y su cercanía casi familiar con senadores de todos los partidos, había comenzado unos años antes. Ingresó en el Senado el 1 de diciembre de 1983, dentro de la avalancha de nombramientos que firmó el radicalismo para cubrir los cargos que exigía un Congreso que venía de funcionar sólo como ámbito de la CAL, con una dotación baja.

La carrera siguió, y ya en 1987 era subdirector de Salones y Recinto Parlamentario.

No tuvo demasiados senadores como jefes en su carrera, si se lo compara con otros empleados que habitaron el palacio desde 1983. En 1989, pasó a depender del entrerriano
Luis Brasesco y en el '95 el mendocino José Genoud lo toma y le da la categoría 4 (una categoría intermedia).

Pero el poder dentro del Senado y la relación, casi de igual a igual, con los senadores de todos los partidos los alcanza en 1996 cuando, por el clásico acuerdo de división de cargos en la alternancia radical-peronista, lo pone como prosecretario parlamentario, con el consiguiente aumento de status político y de sueldo.

De esa época lo debe recordar bien
Matilde Guerrero, la secretaria administrativa que terminó perdiendo su cargo después de una auditoría que le ordena Carlos Ruckauf sobre la compra de los autos del Senado que, si bien no terminó demostrando sobreprecios en la operación, minó la confianza del presidente de la Cámara en la funcionaria.

Desde que tuvo a su cargo también la dirección de la DAS, cobertura médica de los legisladores y empleados, consiguió aun más acceso todavía a los senadores y los favores que éstos le pedían, sobre todo porque esa obra social iba de mal en peor -hasta convertirse en un gran dolor de cabeza al borde de la quiebra- y los legisladores pedían continuamente excepciones en las reglas de contratación y reintegros por servicios tomados por afuera.

No hay ningún senador que pueda olvidarse de
Pontaquarto en esa época. Se paseaba por el palacio como un legislador más, y era común verlo en la sala de periodistas, siempre con mucha amabilidad, explicando la estrategia de cada sesión. Allí fue donde intimó con Augusto Alasino, por ejemplo, o Ruckauf.

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