Remes contó al gabinete cómo piensa convencer al Fondo
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La discusión entre el gobierno central y las provincias, se conjeturaba ayer en el gabinete, será apasionante. Los gobernadores deberán vérselas con Oscar Lamberto, secretario de Hacienda que hasta hace pocos días asesoraba a los gobiernos del interior sobre cómo conseguir más ventajas fiscales de la Nación. Lamberto sabe, por ejemplo, que Cavallo y Jorge Baldrich se comprometieron con los mandatarios provinciales en $ 2.000 millones anuales más que los previstos.
Cuando escuchó hablar de renegociaciones de deudas, José Ignacio «Bocha» de Mendiguren sintió que lo llamaban. No contento con la devaluación (que tanto beneficia a quienes lo sostuvieron como presidente de la UIA y director del Banco Nación), pidió que se tuviera en cuenta la dificultad de las compañías endeudadas en dólares. Aconsejó darles un tratamiento especial, cualquiera sea su dimensión. Después pasó a la política exterior y, mirando fijo a Carlos Ruckauf, le recomendó ser duro con Brasil: «Hemos tenido pésimos negociadores en los últimos años y han cometido el error de estar desvinculados del empresariado. Con los brasileños hay que ser duros» instruyó. Todavía estaba hablando y Duhalde, cuya imaginación había abandonado la sala hacía rato, interrumpió a De Mendiguren: «El otro día hablé con (José María) Aznar que se me quejó por la situación de las empresas españolas. Yo le contesté que las tarifas que cobran aquí son muy superiores a las que cobran en España y que, por lo tanto, nuestros negociadores habían sido muy malos, los de las empresas muy buenos o ambos muy corruptos». Le gustó a todos el aforismo, casi zen, pero el futuro ministro de la Producción no llegó a entender que Duhalde lo había cortado porque ya no soportaba su largo sermón. El resto sí aprendió la lección: de ahora en adelante sólo explicaciones breves, concretas, para agradar al Presidente.
Ruckauf, que a pesar de los porrazos conserva algunos reflejos, les dijo a todos que viajaría a Brasilia a entrevistarse con su colega Celso Lafer y que la gestión de Adalberto Rodríguez Giavarini le parecía impecable. A diferencia de De Mendiguren, el ex gobernador advirtió lo obvio: en el cónclave estaba Horacio Jaunarena, cuyo eterno aire de espía combina ahora más con su función. Inevitablemente informaría a su íntimo amigo Giavarini sobre las diatribas de De Mendiguren. A la salida de la reunión varios ministros hicieron escarnio de la falta de picardía de este industrial. «Es nuestro David Expósito» dijo uno de ellos, por la corta duración que promete su paso por el oficialismo, debido a su incontinencia verbal. «El día que tengamos que hacer un gesto agradable al sector más ortodoxo de la economía le vamos a tener que cortar la cabeza, pobre 'Bocha'...», reflexionó el mismo funcionario, mientras perdía la vista en el Patio de las Palmeras.
Ruckauf dio algunas precisiones sobre su traslado. Comentó que se haría acompañar por Jorge Hugo Herrera Vegas, ex embajador en Brasil y acaso el argentino más calificado para negociar con Itamaraty. El canciller dijo, además, que se propone importar insulina desde Brasil para inducir a la baja del precio en el mercado local. Nadie hubiera creído en este gesto hace dos años, cuando casi quema la bandera verde y amarilla en la provincia de Buenos Aires.
• Negociación
Las inquietudes de De Mendiguren por las empresas endeudadas llevó a otro asunto espinoso: la negociación con las petroleras. Entre Capitanich, principal negociador de la retención que se pensaba aplicar, y Remes, informaron sobre el estado de la cuestión. Al parecer se les pedirá la suscripción de un bono o que dispongan de sus exportaciones para garantizar un préstamo internacional. «Hay un error de cálculo si pensamos que todo el dinero que necesitamos para compensar a los bancos por la pesificación lo vamos a sacar de un solo sector exportador, aunque sea el más rico» dijo uno de ellos.
Todos se adormecían a esta altura, pero los despabiló la voz de Chiche de Duhalde, quien cerró la reunión explicando su programa de acción social. Mientras los ministros tomaban nota, les expuso su intención de confeccionar un padrón nacional de asistencia que consigne todas las prestaciones sociales, siguiendo el ejemplo del que ya se hizo en la provincia de Buenos Aires en materia de trabajo. Relativizó la idea de nacionalizar a las manzaneras, pero adelantó que daría participación a Cáritas y a su titular Jorge Cassaretto en la distribución de los recursos aunque no en su auditoría. Después se informó que la cartera de Salud se unificaría con la de Acción Social. A nadie le pareció necesario conocer la identidad de quien maneje esa suculenta masa de recursos y de poder: sea quien fuere el ministro, acababa de quedar claro a quién debería subordinarse.




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